Antes de los “hechos alternativos” del trumpismo, nosotros escuchamos la invocación de los “otros datos”. Si una institución oficial, si un órgano independiente mostraba cifras que señalaban un problema, el patriarca anunciaba que tenía cifras de aliento. Lo que dice una dependencia gubernamental no debe ser tomado en serio. Lo que importa sólo puede venir de la boca del presidente. “Yo tengo otros datos”. Por supuesto, esos “otros datos” solían permanecer en el misterio. El señor del palacio no se tomaba la molestia de compartir los números en los que fundaba su optimismo, pero insistía una y otra vez que todo dato negativo era, simplemente, el prejuicio de sus enemigos. Cada quien tenía sus datos porque éstos no eran portadores de una objetividad esencial, eran la reiteración de la parcialidad.

El mundo de la posverdad no es la prevalencia de la mentira. Bueno fuera. Es algo mucho más grave. Es la picadura en la balsa que nos mantiene a flote. Es cierto que, como dijo Hannah Arendt en un ensayo clásico, las relaciones entre la política y la verdad siempre han sido complicadas. Una política de pura verdad no solamente sería imposible sino, sobre todo, indeseable. Implicaría una intolerable fiscalía de palabras. Arendt no era ninguna ingenua. Sabía que la ciudad no se fundaba en un estricto compromiso de veracidad sino en un pacto del diálogo. La politóloga española Máriam Martínez-Bascuñán ha publicado un largo ensayo en diálogo con Arendt sobre ese régimen de los hechos y los datos dóciles.
Al borrarse la frontera entre verdad y mentira, al renunciar a un marco mínimo de objetividad, al trivializar la farsa aniquilamos la brújula que nos permite orientarnos en el mundo. Lo más grave no es que la mentira se imponga y sea tomada como verdad. Es que abdiquemos del deber de evaluar el fundamento de lo que escuchamos, es que nos volvamos agentes del desconcierto, es que renunciemos al compromiso de distinguir el hecho y la opinión. El descrédito de la verdad aniquila la confianza que es indispensable para la convivencia. De ahí el tino en el título del ensayo de Martínez-Bascuñán: El fin del mundo común. Ésa es la dimensión de la catástrofe contemporánea. Si hoy es jueves, pero para mí es sábado; si la inflación sube, pero yo pienso que baja, si cada uno da a las palabras el significado que se le antoja a cada instante, no hay posibilidad de encuentro. Hemos regresado a la selva, al paraíso de los predadores.
La columnista de El País no va a la búsqueda de verdades objetivas para restaurar el orden de la conversación democrática. Sabe bien que el despotismo de la posverdad no se combate con datos. La fabricación de conspiraciones no se enfrenta con regaños a quienes resultan seducidos por el encanto de la conjura. Apostar por guardianes de la verdad sería infructuoso y profundamente antidemocrático. Que callen los ignorantes, exigen estos autócratas de la opinión. Déjennos a nosotros hablar de lo que solamente nosotros entendemos. Lo veía claramente Arendt en su tiempo y nos lo recuerda Martínez-Bascuñán ahora: la verdad que necesita la política no es la verdad de las sumas y las restas. Por eso no puede imponerse como dictado de pizarrón.
El diálogo democrático exige una sensibilidad que ha estado ausente en el discurso liberal, detenido como ha estado en la denuncia de los falsificadores y del uso de las nuevas herramientas de la manipulación. No ha sido exigente con los participantes en la conversación pública. Más que verificadores de datos que supriman falsedades, hacen falta relatos razonables y persuasivos.
Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es La casa de la contradicción.