Metáfora en Chipilo

Ahí frente a los volcanes, como escondido, en mitad de la carretera libre que lleva a Atlixco, está desde que se fundó a fines del siglo XIX un lugar llamado Chipilo. Por fortuna a nadie se le ha ocurrido decretar que es un pueblo mágico porque su magia no tiene el folklore ruidoso de otros lugares. Su magia es la tranquilidad, la vida diaria de sus calles lo mismo que una extensión natural de la vida en las casas. Sencilla y campesina como la índole de sus fundadores. Chipilo es un pueblo de migrantes italianos. En 1882 recibieron, para asentarse con el deseo de olvidar la pobreza que entonces sufría su país, la tierra más dura y menos fértil del nuestro, un lugar en el que vivir con lo que sabían hacer. Ordeñar vacas, sembrar alfalfa para alimentarlas, hacer quesos. El gobierno de entonces promovía la inmigración europea. Los colonos que llegaron a Chipilo salieron del Véneto empujados por una pobreza que ahora no podemos imaginar. México les ofrecía una ayuda al principio y la promesa de que podrían conservar su lengua y sus costumbres. El Véneto tiene ahora las más bellas y relucientes carreteras, pueblos brillantes que parecen museos vivos. Está en el ombligo de uno de los más ricos territorios del mundo pero entonces era tan pobre que sus habitantes tenían que imaginarse la vida en otra parte. De aquel Véneto vinieron esos italianos cuyos descendientes, más de un siglo y medio después, siguen hablando su lengua original. Un dialecto que ya no se habla ni en Italia. Y aún después de tantos años, andar por ahí es como irse de viaje a un tiempo remoto que marca, por ejemplo, la tienda de Blanquita, una mujer alegre y suave en donde se venden quesos, pan, buñuelos, jamón, ravioles. Puras cosas salidas de su horno y su establo. En las paredes hay las fotos de sus antepasados, unos bisabuelos que ya me resultan más cercanos de lo que habrán sido quizás los padres de mi abuelo italiano, a quienes yo no vi nunca. De ese mundo me estoy sintiendo parte desde que puse los cimientos de una casa ahí cerca, para mirar los volcanes siempre rodeados de un cielo distinto.

Daniel Mastretta

Junto a esos cimientos que han ido creciendo, ha estado desde hace 35 años otro lugar fundacional. En mi última visita supe una historia que no puedo sino considerar un buen augurio.

Se llama Leona, tiene 14 años y camina con el tesón de quien ha visto tanto que no quiere perderse lo que sigue. A pesar de cuanto se dice que estorba, que se atraviesa, que ya no oye nada, que hay que buscarle los ojos y ponerle un trozo de jamón frente a la nariz para que de algo se entere, yo veo en su andar de vieja un impulso joven.

Se habla de su nombre como el único remanente de una época dorada a la que ya no se puede ni se quiere volver. Los años en que el patio de esa casa ante el volcán se dejaba atravesar por la existencia de seis o siete perros al mismo tiempo. Unos finos, otros corrientes, unos grandes, otros chicos, unos con pedigree y otros abanicándose con su cola de plumero de barrio. No una manada sino más bien una parvada de perros a los que alimentar y con quienes condescender; se le sumaban, según las fechas, desde la inaudita presencia de unos avestruces hasta la de varios caballos, sesenta borregos, una burra, una vaca y quince gallinas con su correspondiente y compartido gallo. Parece que todo sucedió hace muchísimo tiempo, pero ¿qué son quince años?

No sé qué recordará la Leona de todo esto. Hay quien asegura que los perros no piensan, yo creo que sí. En desorden, como destellos, así, como pienso yo. A los perros algo se les ocurre cuando nos miran y se equivocan creyendo que sabemos más de lo que ellos intuyen. Me conmueve Leona revisando el suelo que pisa mientras sigue a tientas a la bravía mujer que la compró con la promesa de que sería un perro de raza conocida porque así se lo vendió doña Wiges, una matrona cuya propiedad reina en una calle de Chipilo y que lo mismo vende chinchetas que tractores en su tienda de puerta pequeña desde la que se mira un corredor inescrutable. De él pueden salir desde unas pantuflas, un traje de princesa, un bicolor hasta un muñeco de nieve, un coche o un perico. Tiene todo. Alguien la llama el Ámazon de Chipilo. Con la diferencia de que ella tiene amarrado a la cintura un delantal con monedas, porque en Chipilo aún se usa casi siempre el dinero corriente. De ahí salió la Leona a ganarse un lugar en la “parvada”.

Pasó el intrépido tiempo con sus cambios y sus derrotas. Ya se habían ido yendo todos los demás perros a la cuna bajo el guayabo en que los entierran. Una noche, tras no verla en todo el día no quedó más remedio que imaginar a la vieja Leona muerta bajo algún pino. Ya no ladra, ya no corre, ya no defiende el suelo ajeno aunque aún puede resistirse cuando alguien quiere levantarla del piso para evitarle un tropiezo. La buscaron esa noche, la vocearon a la mañana siguiente y a la siguiente tarde. Hasta que apareció Juan, quien resuelve cuanta cosa sea necesaria, con su condición de indescifrable observador de todo, y avisó que la habían encontrado. Estaba al fondo de la fosa en que se hace la composta. Un hoyo de quince metros de profundidad al que se van echando los restos de toda la basura orgánica que existe desde hace 35 años en que la tierra tiesa y seca de esa propiedad empezó a ser trabajada con esperanza hasta volverse un oasis. Era tiempo de aguas cuando Leona se cayó a ese barranco lleno de noble podredumbre, pestilente por más biodegradable que sea. La encontraron ahí, tirada, como la cáscara de una fruta impertérrita. Y la dieron por muerta todos menos Lorena, la niña de la casa confiada en la gente como ya nadie quiere confiar. Llamó a los bomberos y como no pudieron ir fue buscando ayuda hasta encontrarla en la oficina de Protección Civil del pueblo cercano. Se presentaron en la casa dos muchachos dispuestos a todo aunque supieran que todo parecía imposible. Si estaba viva, lo que no podía saberse, Leona tendría rotas las costillas, las patas o el cuello. No había una escalera con esa profundidad y no quedó más remedio que echar una cuerda al fondo, y tratar de lazar a la viejita. La cuerda le ató el cuello y la subieron seguros de que el rescate sólo serviría para llevarla muerta al guayabo con la solemnidad del caso. La última de un largo linaje. Si se rompía la cuerda, su tumba iba a ser el basurero porque a los muchachos de Protección Civil ya los llamaban de urgencia por un señor viejito que no podía bajar de su azotea. Poco a poco la fueron subiendo, desmayada. Cuando llegó a lo alto la pusieron sobre la tierra húmeda. Viéndola inmóvil, soltando al aire un aroma podrido, uno de los muchachos se atrevió a ponerla patas arriba y sobarla, para ver qué pasaba. Había llegado el veterinario para dormirla en cuanto estuviera afuera del hoyo chillando su desesperanza. Para sorpresa de todos Leona se levantó como si la hubiera jalado un cometa, sacudió su esqueleto y le movió la cola a la preocupada tertulia. ¿Y de morirse? Nada. La bañaron cinco veces durante los siguientes tres días hasta quitarle el olor a escarcha de sus noches pasadas en el limbo.

Cuatro meses más tarde se acabaron las lluvias y es mitad del invierno. Leona sigue viva, cada vez más flaca y más sorda pero siempre dispuesta a levantar su cara de vieja escéptica que deja de serlo si se le acerca una galleta. Una metáfora en Chipilo. ¿Cómo no ver mi futuro en esa vejez aún ávida?

Ángeles Mastretta

Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos

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Publicado en: 2026 Febrero, Puerto libre

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