
Del poder
A Germán Mujica que,
sin saberlo, me dictó este libro en conversaciones de dormitorio
Un objeto particular (problemas de definición)
Sobre pocas cosas se ha escrito tanto y concluido tan poco como sobre el poder. Pareciera el poder ser una cosa que habría que afrontar de soslayo; como temiendo el enfrentarse con lo inevitable, con lo que precisamente constituye uno de los rasgos capitales del poder: esa indubitabilidad; ese sentir fatal que se impone cuando el poder opera.
Aceptemos, entonces, que el estado del arte de investigación sobre el poder está atravesado por el temor que su objeto de estudio inspira. Se habla así del poder a susurros y nunca a gritos, en el pasillo y no en el auditorio; más de medio lado que con la frente en alto. Empero, no quisiera atribuir este hecho al temple moral de los investigadores. Mal que mal, algunos de ellos (Jünger, Maquiavelo) no sólo supieron pensar sobre el poder, sino también de fierros ardientes y cuchillos larguísimos. Prefiero creer que la sinuosidad de los estudios sobre el poder reside más bien en la particular condición de su objeto de estudio.
El poder no aparece —diríase, más bien, que se esconde—, él no puede indicarse; el poder no aparece “en carne y hueso” y, sin embargo, no hay nada más innegable que el poder en su actuar (al punto que se reserva para él el vocablo que da cuenta de lo más determinante, frío, seco, despiadado e inmodificable, a saber, facticidad).
Es el poder, al mismo tiempo, una cosa fáctica e invisible: empiria pura y pura posibilidad; hecho indesmentible, dato duro y también pura virtualidad. Es por esto que he decidido no comenzar este estudio con una fenomenología del poder. La razón es simple: la donación del poder no adopta la forma de fenómeno —“ahí adelante en carne y hueso”, como diría Husserl—, sino que entrelaza estruendo y sigilo, evidencia y enigma, realidad y virtualidad.
Esta dualidad tan propia del poder podría sugerir que el objeto de estudio debiera ser abordado desde un método capaz de sintetizar conceptualmente las contradicciones del objeto. En este sentido, las aproximaciones marxistas al poder han subrayado la fecundidad que podría esconder una dialéctica del poder. Por desgracia, la insistencia en la naturaleza exclusivamente económica del poder le ha impedido al enfoque marxista entregar los frutos esperables de una dialéctica del poder.
Con todo, creo que una mirada dialéctica tendría que destacar necesariamente tres contradicciones inherentes al poder:
- Fragilidad/performatividad. Diríase que el poder está siempre disgregándose, desperdigándose, difuminándose, periclitando; extinguiéndose; cambiando de lugar y de manos, el poder vive en una perenne lucha por su propia supervivencia. Y, a la vez, él siempre encuentra la forma de operar; su rendimiento pareciera ser inagotable, y sobre todo, incomparable. “At the end of the day, power always delivers”, dirían los americanos. Y es que, en el tráfago de cuestionamientos y diatribas, de situaciones y de obstáculos, de voluntades y de negativas, de incredulidades y de reticencias; el poder siempre puede.
- Sutilidad/brutalidad. Todo en relación al poder se desenvuelve con cuidado y prudencia. Dirigirse a o hablar de alguien poderoso pareciera de encomios y halagos, de reverencias y lisonjas. Sin embargo, nada es más brutal y explícito; nada es más evidente y escandaloso que el ejercicio del poder. Entre la vehemencia de su operación y la delicadeza de su posesión; pareciera resonar en el canto secreto del poder el salvaje final de una sinfonía pastoral.
- Estaticidad/dinamismo. El poder está ahí —¡qué duda cabe!—. Tan es así que las palabras “ser”, “Estado” y “presidente”; derivan del latín Sidere, vale decir, “sentarse”. Sólo el rey podía permanecer sentado: él personificaba lo inmodificable, el a qué atenerse; el estado de la situación. Y es que el poder no sólo está ahí, sino que él define la situación y sus posibilidades; él determina los alcances posibles y las variantes concebibles de la actual circunstancia. Pero, y al mismo tiempo, es el poder un salpicadero de voluntades y de asaltos, de intentonas y de asonadas; de motines y de empellones. Todo hombre que alguna vez haya sido poderoso confesará que lo más difícil de detentar el poder es el esfuerzo por mantenerlo: bajo las tranquilas aguas que señala el Estado, pulula el tropel de tiburones en su perpetua asechanza del trono inamovible.
A pesar de que toda reflexión temporal debiese agotarse en la dimensión formal de un fenómeno, la tercera dicotomía del poder nos permite acercarnos a una de las primeras determinaciones materiales del poder.
El hecho de que el poder se distinga temporalmente por moverse en torno a la distinción “estabilidad/dinamismo” da cuenta de que el poder toca la dimensión de la seguridad, del refugio, de la sobrevivencia. No habría poder sin vulnerabilidad. La capacidad de ser afectado privativa de la especie humana hace del poder algo diferencialmente humano. No hay poder en el reino animal porque el animal no es consciente de su capacidad de afección (por mucho que la tenga). Para el animal, todo es vigilia o sueño, cara o cruz; vida o muerte: eso es precisamente lo que busca decir en su decir la expresión “ley de la selva”, Por el contrario, el hombre no es inmune al poder porque se sabe, en algún nivel, vulnerable; capaz de ser afectado.
A mi modo de ver, uno de los mayores lastres de los estudios sobre el poder reside en que la mayoría de los grandes teóricos del poder —no se encuentra nada sobre vulnerabilidad en Hobbes o en Schmitt, en Weber o en Foucault, en Luhmann o en Canetti— no establecen una conexión sistemática entre poder y vulnerabilidad. En este sentido, el foco analítico ha estado puesto exclusivamente en la dimensión objetivante y fáctica del poder; en su desnudez, en su arrogancia, en su omnipotencia y en su omnisciencia, en su operatividad al margen de las voluntades y consciencias individuales: el poder así todo lo ilumina y, a la vez, el poder todo lo enceguece.
Con todo, el poder sólo existe —sólo es posible— porque el hombre es un ser vulnerable; por su consciencia relativa de ser afectado. Tal vez aquí se encuentre la explicación de esos extraños casos de jóvenes que acceden temprana y sorpresivamente a posiciones de poder —justamente el ingenuo denuedo que da el no tener consciencia total de hasta qué punto se estaban exponiendo, les permitió atravesar sin forzar; permanecer sin resistir (y es precisamente esto lo que explica la violencia con la que caen o con la que son aplastados).
El poder exige consciencia relativa de ser afectado. Un robot puede ser una excelente herramienta, pero nunca será parte del juego del poder. La razón es simple: un robot —ninguna máquina— cuenta con la dimensión ontológica que hace posible que el vínculo de poder pueda surgir. No por casualidad un robot —lo mismo un avión que un tanque— nunca rechazará una orden: su función en el juego del poder se acaba en ser una herramienta para afectar (nunca para ser afectado).
Sólo hay poder entre humanos y sólo hay poder porque ser humano es ser vulnerable. No por casualidad supo Séneca decirle a Nerón: “Tu poder se basa en mi miedo. Como no te tengo miedo, tú no tienes poder”.
Pero el vínculo privativo entre poder y vulnerabilidad permite entender también la dimensión positiva del poder. La posesión del poder le permite al poderoso sentirse al margen de la vulnerabilidad. El poder vuelve invulnerable: he ahí el porqué del típico fenómeno de personas incompetentes, débiles, mezquinas y temerosas que buscan desesperadamente acceder al poder (o rodearse de poderosos). Mutatis mutandi; toda estrategia para tomarse el poder —o cambiar su equilibrio, o modificar sus condiciones— comienza siempre por encontrar una debilidad (un aspecto vulnerable) entre quienes detentan momentáneamente el poder. Y es precisamente en virtud de esta dimensión ontológica de la vulnerabilidad que, incluso el hombre más poderoso, busca siempre seguir incrementando su poder. En la reversibilidad de poder y vulnerabilidad estriba la explicación de la voracidad inherente al poder.
Si el poder es co-dependiente de la vulnerabilidad humana, él debe ser descrito como vínculo. El poder es una realidad eminentemente relacional; vincular. Por eso he optado por no enfocar el poder como una realidad metafísica —aunque si tenga aspectos metafísicos, como veremos a continuación. En este sentido, una metafísica del poder (como las intentadas por Foucault o Nietzsche) paga el precio —al margen de su genialidad— de perder de vista el registro específicamente vincular del poder.
No hay poder en soledad: incluso Dios necesitó del hombre para saberse poderoso; de igual manera que no se puede padecer el poder. estando solo. El poder requiere de otro. Mejor dicho: el poder requiere de, a lo menos, dos sujetos capaces de ser afectados.
El poder es, así, un vínculo. Hay vínculos originarios y derivados (la filiación y la militancia); hay vínculos simétricos y asimétricos (la pareja y la educación), así como hay vínculos efímeros y duraderos; contingentes y esenciales: necesidad y compromiso; oportunidad y religión. Imperioso es averiguar, entonces, a qué tipo de vínculo pertenece el poder.
- Francisco Mujica, Interpretaciones filosóficas sobre el sentido del poder, la legitimidad, y de la democracia, Ediciones Ibero, 2026.
Francisco Mujica
Es doctor en filosofía por la Université Catholique de Louvain-La-Neuve. Profesor de teoría sociológica y sociología política en distintas universidades chilenas y profesor invitado de filosofía contemporánea en las universidades de Freiburg, Stony Brook (NY) y Copenhague.