Este semestre cambié mi método de enseñanza un poquito para reconocer la existencia de la inteligencia artificial. Tampoco es que hiciera cambios demasiado importantes —opté por dar exámenes en la clase en lugar de que los estudiantes se los llevaran a casa—, pero el ChatGPT sí me obligó a pensar un poco más sobre en qué consiste el trabajo del maestro.

Hay quien imagina al maestro como un “facilitador”, cuya labor es ayudar al estudiante a resolver sus preguntas, orientándolo en el uso de herramientas, referencias y bibliografías. Es una función útil, desde luego, pero un maestro no es un facilitador; en primer lugar, porque el maestro frecuentemente estorba y, si es bueno, debe estorbar. El maestro es, ante todo, un ejemplo que igual te puede servir para imitarlo que para no imitarlo. Y no por eso será menos maestro.
Yo llegué a la Universidad de Chicago como profesor titular con apenas 36 años y, quizá por mi relativa juventud, resentí mucho el peso de las expectativas. Antes de mí, la cátedra que ahora ocupaba la había desempeñado John Coatsworth, un gran historiador, yo ni siquiera era un historiador (ni grande ni pequeño), ¿cómo podría sustituirlo? El otro profesor jubilado que también estaba relevando era Bernard Cohn, un gigante de la antropología histórica. ¿Cómo podía yo igualarme a él? Mi colega más cercano, por otra parte, era Friedrich Katz, otro extraordinario historiador, a quien tampoco me parecía yo demasiado: ¿esperaba alguien que algún día llegara yo a ser “su sucesor”?
Había también en el Departamento de Antropología varias figuras monumentales —que eran para mí muy cercanas—, pero cuyo ejemplo podía también resultar abrumador: ¿acaso debía alcanzar las alturas de Marshall Sahlins o Nancy Munn? ¿Podía acaso hacer gala de la inteligencia, la erudición o la energía de Jean o John Comaroff? Claro que no. Sabía que no: intentarlo era el camino de Ícaro.
Con todo, aquello me preocupaba, hasta que un día me di cuenta de que, en realidad, nadie me había contratado para que yo fuera nada de eso. Si llegara a resultar que yo no tenía nada que contribuir en aquel sitio, la equivocación no habría sido mía sino de quienes me habían escogido como profesor. ¡Allá ellos si se habían metido la pata! A mí lo que me tocaba era hacer lo que yo pudiera hacer, lo que a mí me interesara, de la mejor manera posible que para eso sí que me habían contratado.
El trabajo del estudiante no es ser el clon de nadie, y el trabajo del profesor no es tampoco producir clones.
Cuando me di cuenta cabal de eso, pude al fin adoptar a cada una de las personas que mencioné como maestras, pues me resultaba tan útil lo que les pudiera emular, como entender mejor qué era lo que yo no podría hacer nunca.
Friedrich Katz, por ejemplo, me enseñó mucha historia, pero me aclaró también por qué no seré nunca un historiador como él lo fue. Esa enseñanza —entender lo que yo no podría repetir nunca— me ayudó a la hora de escribir los dos únicos libros de historia que he escrito, Idea de la muerte en México (2005) y El regreso del Camarada Ricardo Flores Magón (2015). Esos estudios no se parecen ni a los de Katz ni a los de Coatsworth ni a los de Cohn, Munn, Sahlins o Comaroff, pero mi mirada se afinó muchísimo gracias a cada uno de ellos. Fueron, por eso, mis maestros.
Algunas veces alguno de ellos me “facilitaba” alguna cosa, sin duda, pero era más frecuente que me las complicaran. Y rara vez hacían ni una cosa ni la otra de manera intencional. Quisiéranlo o no —y realmente ninguno de ellos quería— cada uno de ellos fue mi maestro. Y no fueron ni los primeros ni los últimos ni los mejores ni los peores que he tenido. Pero, eso sí, fueron mis maestros. Y lo que les debo no lo podré corresponder nunca.
Claudio Lomnitz
Profesor de Antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de El tejido social rasgado, Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía y La nación desdibujada. México en trece ensayos, entre otros libros.