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En uno de sus ensayos sobre la ciencia y el arte de ver, el patólogo Francisco González Crussí comenta la existencia de un templo en Mesopotamia dedicado al ojo. En lo que hoy es el noreste de Siria, se levantó, hace miles de años, un santuario de la mirada. A los pies de una construcción de la que quedan sólo ruinas, fueron descubiertas miles de estatuillas que registran el poder de la vista. Las pequeñas esculturas son abstracciones del cuerpo humano que tienen ojos por cabeza. Torsos que culminan en dos elipses vigilantes. Sobre el cuello, dos ojos bien despiertos. Estos mirones no tienen nariz ni boca. No tienen brazos ni orejas ni cachetes. Les bastan los ojos que nos ven. ¿Dioses de la visión? ¿Amuletos para la agudeza? ¿Ofrendas a una deidad que nos regala las formas y los colores?

Ilustración: José María Martínez

Lo que resguardan los párpados no son receptores inocentes del paisaje exterior. Así imaginamos, seguramente, a nuestros ojos: la más confiable ventana a la realidad, los órganos puros de la percepción: pantallas que recogen el baño de la luz. Pero si el ojo no miente, acomoda. Sus lentes colorean, mezclan, destacan elementos para formar, en nuestra mente, un lienzo que tenga sentido. La historia, nos cuenta González Crussí, gobierna a la retina. Los recuerdos y la imaginación, los símbolos y los significados de la tribu son la aduana de nuestra mirada. Ver, escribe en un bellísimo ensayo sobre los modos de observar el cuerpo, no es sólo el tránsito de la luz hacia el ojo, sino también una flecha del ojo a las cosas vistas. Ver es proyectarse sobre el mundo. La mirada lanza miles de alfileres hacia los objetos que contemplamos. El ojo no es entonces la pantalla que recibe la estampa del mundo, es un arpón que se dispara a todas las direcciones para atrapar su imagen. De ahí, tal vez, la leyenda de su embrujo, de su poder mortífero.

Sabemos desde el primer momento que en este mundo traidor nada es verdad ni es mentira, que todo es según el color del cristal con que se mira. González Crussí sostiene que no hay demostración más dramática de este dicho que la manera en que vemos el cuerpo humano… o la forma en que se nos oculta. Cada cultura lo ha visto a su manera. No solamente porque ha proyectado hacia él sus ideas caprichosas sobre la belleza o la salud, sino porque registra entidades distintas. Hay sociedades indispuestas a enfocarlo tal y como lo hacemos nosotros, fijando la vista en eso que la piel envuelve; entendiendo que cada cuerpo es depósito de una vida única, irrepetible y que dentro del empaque están los secretos de la vida. Cuenta que alguno de los pueblos de Melanesia usa un lenguaje vegetal para describir el cuerpo humano. La misma palabra para la piel y la corteza de los árboles; otra para los músculos y las frutas, los intestinos y las enredaderas, el esqueleto y el tronco. No se trata de una mera coincidencia léxica, de un simple recurso metafórico. Es el testimonio de una concepción del mundo o, más bien, de una imagen del mundo. El cuerpo es parte de la selva. No hay una noción clara del cuerpo como principio de individualidad. Todo lo contrario: el ser humano, una hiedra que camina. Si las fronteras entre lo humano y lo natural son borrosas, el cuerpo humano se observa como una liana entre arbustos.

Los anatomistas de la antigua China habrán visto también otro cuerpo porque veían en el depósito de nuestros órganos un reflejo del cosmos. Las extremidades, un eco de las estaciones del año, las venas, réplicas de los grandes ríos del imperio. Por eso habría sido absurdo para los médicos de entonces, practicar autopsias. No porque chocara con sus convicciones religiosas, porque lo consideraran la intervención del bisturí como un acto sacrílego. No habrían tenido razón para hurgar en el cuerpo humano, porque no habría nada que ver ahí. Para ellos, ver el cuerpo humano era vislumbrar aquellas resonancias cósmicas. Si todo se entrelaza, si en nuestros músculos y tripas vibran las estrellas, los mares, las cordilleras, los helechos y los insectos, veremos en nuestra fisonomía las señales de esa comunión. No la cápsula que encierra nuestra relojería de músculos y huesos, sino un eco. Es que ver, insiste González Crussí, no es proceso automático. La luz, al impactar la retina, pinta la mitad de la mirada. La otra mitad, tal vez un poco más que la mitad, la pintamos nosotros.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

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