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—¿Qué hay? —preguntaba con su voz grave y redonda, como quien espera que le regalen un secreto. Y la serenidad de su pregunta llevaba a responderle con la esencia de la historia. Ya luego venían las anécdotas, pero antes lo crucial. ¿Qué abismo, qué esmero, qué disturbio tenía yo que contarle?

Ella coleccionaba secretos. Y yo se los entregué muchas veces con la certeza de que sabría guardarlos como propios. Nunca la oí siquiera murmurar lo ajeno. Igual que una hechicera impávida, oía para resolver. Desde cuánto tiempo habría que dejar el pescado en el horno hasta cómo es imposible quitar el dolor de una pérdida y por eso lo debido es no ir pregonándolo.

Ilustración: Gonzalo Tassier

En esto era ejemplar. Hablaba siempre de sus muertos como si estuvieran vivos. Como si se hubieran quedado alrededor. Igual su hermana que su padre venían a la conversación en la misma agua bendita con que hacía la cascada de sus historias. “Cuando murió mi abuela llegó a mi casa una tía que tardó meses en irse. Ya no sabíamos qué hacer con ella”.

La gracia de sus cuentos es que no pretendían ser asombrosos, eran su pura certidumbre de que el mundo es lo que es. En eso congeniaba con su marido, del que hoy no diré sino que lo era. A él lo penó sin alardes ni predominio. También como si ahí anduviera. Sólo para sí.

La primera vez que descubrí a Mercedes fue en una cena con otros escritores. Uno de esos encuentros que luego repetimos de mil modos y nunca hasta el cansancio. Conversamos. Nadie tuvo una fábula equiparable. Porque todo lo que ella contó estuvo tocado por su espíritu festivo, su destreza verbal y su ironía.

La admiré desde entonces hasta ahora mismo en que la recuerdo con gratitud.

Tenía los ojos de una esfinge que todo lo entiende. Y una boca con cuantas certezas haya en el mundo. Las nimias y las grandes. Tenía, casi por encima de todo, una fidelidad al gozo que nunca la abandonó. Y era valiente. Muchas veces creímos que indestructible.

Hace veinte años, nuestra amiga Pilar y yo queríamos ser como ella. Hacernos de un aplomo como el suyo. Así que seguíamos sus consejos con una disciplina de soldados. Corriendo el riesgo de que no nos avisara el cambio de órdenes.

Cuando diagnosticó que la vitamina E había que tomarla a diario porque era un antioxidante sin paralelo, casi tan perfecta como la fuente de la eterna juventud, nosotras nos adscribimos a su certeza y durante unos años seguimos el deber de la perla diaria que vendían en un frasco transparente y cuadrado. Luego Pilar murió de un cáncer miserable y yo me olvidé de la píldora, pero nunca se lo dije a la Merce.

Años después, hablando de la integridad inteligente de nuestra amiga, compartiendo el enojo de su ausencia temprana, me atreví a contarle una de sus últimas ironías: “Como queda claro, no me sirvió de nada la vitamina E”, me había dicho. “Yo no la tomo más”, respondió Mercedes con la majestad de una reina. “¿Y ahora qué?”, le pregunté. “Ahora nada”, dijo y sacó uno de los muchos cigarros que fumó en su vida.

Mercedes fumaba en el hueco de tiempo que hay entre la sopa y el segundo plato. Fumaba con la íntima y pública convicción de que semejante lujo no hacía daño. Y razones no le faltaban. Tenía una risa inalterable. Sólo al final de la vida le costó respirar bien. Y eso, a cualquiera.

En diciembre fui a oír a su nieto presentar un libro en la FIL de Guadalajara y le mandé el video. “Ya lo tengo”, dijo.

Ella siempre llegaba a tiempo. Y estaba incluso en donde no había estado. Del mismo modo en que bailaba casi quieta: impávida y original en mitad de una alharaca. Siempre ejerció sobre su entorno una fascinación por la índole de sus maneras. Era de una elegancia consustancial. Y lo de ella lo compartía como si fuera el pan diario. Consiguió que sus amigas nos hiciéramos amigas. Alguien hizo un chat para conversar entre nosotras, del cual ella nunca formó parte. “Esas cosas me dan pereza”, me dijo. Y era lógico, sabía todo por la voz de cada una. No necesitaba noticias compartidas.

La evoco a cada rato en imágenes como relámpagos. Igual que la vi o me lo contó. Con los zapatos morados que le regaló Rodrigo, con un chal de flecos rojos, con unos aretes esmeralda, con una minifalda de cuero negro, con un vestido de seda largo, aplaudiendo radiante junto a Gonzalo, con un huipil blanco, con un camisón azul, con la ropa tosca en que las monjas la metían a la regadera para que no se bañara viéndose el cuerpo. Como sea que aparezca en las fotos, en sus recuerdos o en mi cabeza.

Parece que la oigo instruyendo lo que iba a comer en mi casa: “Haz el arroz volado y una de tus sopas”.

Comer bien era para ella parte esencial de su lealtad a la diaria ceremonia de construir una vida intensa. Nunca la vi desairar una delicia. Ni se ponía a dieta ni le importaba que el chile habanero destrozara las entrañas.

La fascinaba el mar, pero para mirarlo mientras conversaba. Vivía con integridad y mesura, al mismo tiempo discreta y categórica. Una de sus tres pasiones en la vida fue, sin duda, la conversación.

Respondía el teléfono con su “¿Qué hay?” y la tele sonando atrás como si la necesitara antes de ponerse a deshebrar el acertijo que estaba esperando.

Siempre era necesario llamar a Mercedes. Para descubrirle a nuestro ánimo la música precisa, para saber la respuesta más clara a la pregunta más ardua, para encontrar un consejo invencible, para informarle algo esencial, para cerciorarse de si era cierto un milagro o una desgracia había que llamarle a Mercedes.

Ahora mismo, nada me parece más urgente que llamarle. Oía para resolver. No puedo ahora apelar a su hechizo y estoy desconcertada como nunca, como el país en que ella eligió vivir y nosotros seguimos viviendo. Estoy triste como tantos, muda como tantos. Y quisiera regalarle un secreto, urgida de la serenidad como la única respuesta que se puede encontrar en medio de todo esto. No bastará por hoy con una de mi sopas, pero sí con la exacta memoria de su entereza y su lealtad a la vida por encima de cualquier afrenta.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

Un comentario en “Mercedes, la hechicera

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