El ensayo corto es una expresión de cortesía. Rechaza la vanidad de decir la última palabra. Ahuyenta la tentación de exprimir un tema como si uno pudiera beber completa toda la savia de un asunto. Respeta el tiempo del otro. El guiño de sus puntos suspensivos invita a la imaginación de quien lee. Nadie lo entendió tan claramente entre nosotros como Julio Torri. Ahí radica su arte: el desinterés en el esclarecimiento detallado resalta los aromas de la levedad, afina la silueta de las impresiones fugaces. El esbozo que queda sin desarrollo hormiguea en la inteligencia del lector, como jamás lo lograría el orden de los sistemáticos. “Mientras menos acentuada sea la pauta que se impone a la corriente loca de nuestros pensamientos, más rica y de más vivos colores será la visión que urdan nuestras facultades imaginativas”.

Ilustración: José María Martínez

Torri prefiere el salto al puente. Al soporífero profesor no le tienta el desarrollo que lleva al alumno de la a a la zeta. La condescendencia del didactista es, para él, una forma del desprecio. Torri elige el brinco, como lo hace en un aforismo, de una emoción a un tinte. “La melancolía es el color complementario de la ironía”. Torri da la marometa insospechada y saca el conejo del sombrero. El circo es mi diversión favorita, confiesa. “El horror por las explicaciones y amplificaciones me parece la más preciosa de las virtudes literarias”. ¿Será esa aversión al fárrago también una virtud moral? Ramón Xirau lo piensa así. En un apunte sobre el significado de la brevedad, el filósofo encuentra a un moralista escondido detrás de su timidez. En la literatura inclasificable de Torri subyace una discreta cosmología moral. No es por supuesto desarrollada en postulados y principios ni presentada como una cartilla de mandamientos. Pero puede advertirse una filosofía en la contención del autor, en el reconocimiento de las contradicciones de la vida, en el culto al silencio, en la delicadeza de su humor. El rechazo al sistemático, la resistencia a cualquier afirmación concluyente no son sólo revelación de una estética sino también de una ética.

Un escritor casi a su pesar dejó este dardo en sus “Lucubraciones de medianoche”:

El gozo irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir.

Si seguimos la pista de una de sus migajas, Torri fue una planta más de sombra que de sol. Hecho de reconditez, de anonimato, de intimidad, de perezoso aislamiento. Su literatura se atisba entre todas estas renuencias a la fama, a la acción y a la doctrina. El ensayo es arte de la huida.

Torri no sintió “sed de explicaciones”. En un párrafo recogido en su De fusilamientos habla de la aridez del pensamiento conclusivo. Concluir es liquidar. La sabiduría del ensayista radica en la potencia de sus alusiones, en su capacidad para resistir la tentación de decirlo todo. No dar el último paso. “A semejanza del minero es el escritor: explota cada intuición como una cantera. A menudo dejará la dura faena pronto, pues la veta no es profunda. Otras veces dará con rico yacimiento del mejor metal, de oro más esperado. ¡Qué penoso espectáculo cuando seguimos ocupándonos en un manto que acabó ha mucho! En cambio, ¡qué fuerza la del pensador que no llega ávidamente hasta colegir la última conclusión posible de su verdad, esterilizándola; sino que se complace en mostrarnos que es ante todo un descubridor de filones y no un mísero barretero al servicio de codiciosos accionistas!”. Descubridor de filones que no explota el yacimiento hasta agotarlo.

¿Quién más podría elogiar como él lo hizo al arte de no escribir? Torri rinde homenaje al ingenio estéril. Admira esa obra que se proyectó y que no se ejecutó. Esa literatura que nació en una noche de insomnio y que murió al amanecer. En los basureros reposan los mayores tesoros literarios. Nunca escribió una novela, pero redactó su prólogo. Eso recomendaba a sus amigos: escribe el prólogo y ya no pierdas el tiempo escribiendo el libro.

El mundo de Torri encuentra sentido porque es incoherente y, sobre todo, incompleto. Espacio de posibilidades, no de acontecimientos. No lo mueve, como a los botánicos, el deseo de encontrarle a la vida regularidad taxonómica. Su deleite es la fecundidad de la ironía. Por eso la timidez de ese escultor de brevedades es una expresión de inteligencia y, al mismo tiempo, un ejemplo de cortesía. Así lo explica Xirau: “Escribir poco es un acto de atención, un acto de respeto, un rechazo al pecado capital que consiste en querer sistematizar el universo y encasillar o encastillar la existencia”. ¿Qué pedía de nosotros cuando nos llamaba a matar al cuáquero que llevábamos dentro?

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.

 

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