Supe de una niña que no conocía el miedo. Ahora me ha dado por extrañarla. Yo sí tengo miedo. Sin duda me da miedo la calle, miedo la boca de la gente, miedo su paso por la noche y la madrugada.

Por eso he preferido seguir en el confín de un mundo que cabe entre las paredes de mi casa.

Afuera están los muertos. Unos a media ciudad, otros en el suelo de una cárcel, en los pueblos lejanos y aquí cerca. Muertos de la guerra que ya estaban en nuestra alma.

Y ahora los nuevos muertos, los tomados por un mal que los ahogó durante días.

Muchas veces hay paz en este aislamiento sin soledad que ya casi puede llamarse una elección. Se abrieron las puertas y la gente anda cantando en los parques y la calle, con sus niños o sus perros.

Nosotros no iremos a ningún lado, pero seguir en este encierro le abre a mi cerebro túneles y vericuetos que llegan a lugares inverosímiles. A salvo, como me creo, muchas veces lo único que amenaza es el caos. Y mi manera de exorcizarlo es dejándolo entrar.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Desde que amanece le doy la bienvenida. Me pongo un zapato de uno y otro de otro. Luego, para tratarlo como si no supiera de él, tomo las medicinas que son mi orden del día y aseguran que hoy mis pies no han de viajar a lo que Dante describió como “esa parte de la vida más allá de la cual ya no se puede ir con la intención de volver”. Cuatro años después de que lo publicó, ha llegado a mis ojos un texto de Luis Miguel Aguilar en el que habla de la epilepsia del poeta que escribió La divina comedia, ese libro tan venerado como temible. Transfigurazione llamó él a lo que sentía como “desarreglo de los sentidos”. Qué bien dicho, no es otra cosa la epilepsia. Otra suerte de caos. Para consolarme, yo que he vivido con ella, conté la memoria de esa experiencia diciendo que oigo una música inexplicable muy parecida a la serenidad que provoca la contemplación del mar. Casi podría creerse que la deseo. No estaría mal morirse así. Pero como el encierro se trata de quedarnos vivos, mejor dejo entrar al caos de otra manera.

Bajo al desayuno con un par de pequeños aretes en la mano. No me los he puesto porque ya voy tarde, no sé a dónde voy tarde, porque no hay a dónde ir, pero me urge beber una naranja. Antes tomo un vaso de agua sencilla para quitarme la sed que viene de ir amaneciendo como si anocheciera. Tuve un sueño afortunado, pienso mientras levanto el vaso y me echo los aretes a la boca. Voy a dar el trago de agua cuando siento que las pastillas tienen picos. Un reflejo animal me devuelve al mundo. Los aretes no se tragan, las pastillas me las tomé allá arriba, los zapatos desiguales pueden tener su gracia, el jugo de naranja es una gloria, pero ¿el alma? ¿Traigo puesta el alma? Leí anoche que el alma está en el cerebro. ¿En dónde dejé yo el cerebro? No me lo vaya a tragar. Me pondré los aretes. Ni un solo día he dejado pasar sin ponerle los aretes al caos, nada más para matizarlo. En cambio al cerebro creo que paso días sin verlo. Al menos a una parte suya. La racionalidad tiene fama de sabia. Yo confío más en la intuición. Pero lo digo porque me conviene. La uso como algo esencial. Con ella decido, acierto, me equivoco, elijo lo que leo, escribo. Sin duda he ido escogiendo a mis amigos y mis amores, no con razonamientos sino con la emoción que me provocan. Ya sé que he de reírme con ellos, que acompañaré lo que lloren. Oigo a un viejo decir que la intuición es una forma de conocimiento. Y que está en el cerebro. Más revelar un misterio, pero me regala una certeza. No tengo tan perdido al cerebro. Creo que el don de intuir es menos apreciado, pero tan imprescindible como el de razonar. Quien no intuye no es capaz de misericordia. Y si algo necesitamos hoy, ni se diga quienes gobiernan, es dar con el don de la misericordia, que no es otra cosa que la capacidad para imaginar lo que sienten otros y saber acompañarlo. Ahora a todo esto lo llaman empatía. Cuando acepto la comparación, tengo el tenedor en la mano y voy a cucharear mi avena. Dicen que la memoria es un acto creativo. Y que cuando el cerebro está en reposo, sigue trabajando.

Soñé que viajábamos a España y que yo por fin conocía San Sebastián. Pero no llegábamos en avión sino en coche, por una carretera, sobre el mar, que salía del barrio en que estaba mi colegio de niña-sinmiedo y llegaba hasta la casa de Fernando Savater, una tarde naranja. Desperté. ¿Cómo estará Fernando? ¿Cómo España, Italia, el Mediterráneo? Si quisiéramos ir a verlos no nos dejarían entrar, porque los mexicanos traemos la curva atrasada. De todos modos no pensábamos ir. Quién sabe cuándo volveremos a volar sobre el Atlántico. A veces tengo la sensación de que algo se terminó. De ningún modo la vida, pero sí la avidez que me movía. Una lenta, no amarga, paciencia me va enseñando a diario a ver cómo les cambian de color las hojas a mis árboles. Y a veces, cuando veo polvo en los rincones, no me apresuro a quitarlo.

Desayuno un huevo frito. Una tortilla. Doy un trago de té, muerdo un pan. Aquí en Tacubaya el cielo se ha puesto de un azul intenso y por un minuto la felicidad cruza el aire. Luego interrumpe el caos.

En el Paseo de la Reforma un comando de sicarios le disparó a la camioneta del jefe de la Policía de Ciudad de México. Murieron dos de sus custodios, se salvó él, pero está herido. Hay temores que no cura el encierro.

¿Cómo no temer a las vivos que se arman para matar, por 100 000 pesos, a gente que no conocen?, ¿a los dueños de esos vivos, que queriendo asesinar a uno mataron a quien fuera? A Gabriela Gómez, esa muchacha dos veces pobre que tuvo el infortunio de ir pasando. No era ni sicaria ni policía, era una niña que tampoco supo del miedo hasta que lo encontró a los 23 años y le destrozó la cabeza. Tenía dos hijos, niños, como mis nietos. Una desgracia más, en el arroyo de nuestros días. La inocente que representa a los que sólo vamos pasando.

Nunca he creído que otro tiempo fue mejor. Si nos asusta este siglo, hay que ver para atrás. Pero no voy a hacerlo. Porque mi quehacer es el de ahora. Sé que buscarse una pasión esencial es conseguir cierta paz. ¿Cuál es la mía? No voy a decir que estoy intentando una obra maestra, para qué presumir, pero me entretengo buscando. Mi pasión principal son los demás. No por altruista, sino por placer. Mis nietos llevan más de tres meses de perfecta felicidad. Dejaron de ir al colegio, sus papás están siempre con ellos. Vienen a jugar al jardín y traen consigo el feliz caos de su desmemoria. Sé que no recordarán cuánto tiempo jugué con ellos en esta su edad y la mía. Pero lo he de recordar yo. “¡Qué bonitos tus zapatos, abu!”, dice uno de ellos mirando mis pantuflas. Siempre que llegan ya tengo puestos los tenis rudos con los que jugamos en el jardín, así que le gustó la variación. “Abu Geles, en el árbol hay un acantilado”, dice el otro. Les gusta subirse a la camioneta y hacer que yo la maneje rumbo a Puebla o Chetumal. En el camino hemos encontrado un volcán que hace erupción, dos dinosaurios, un mar que amenaza con meterse por las ventanas, unos perros que patrullan el cielo para rescatar nunca entiendo a quién. “¿Ya nos bajamos?”, pregunto en un inútil afán por salir al aire. “No, falta ver la lava”, dice uno. “La lava se derrite y se hace agua que quema horrible”, completa el otro. Hace poco aún había que temerle a un desencuentro entre ellos porque se jalaban de los pelos o se rasguñaban y era imposible discernir quién tenía la culpa, porque un error podría ser imperdonable.

Después de cincuenta días sin vernos más que de lejos, su casa y la mía fueron consideradas limpias de todo mal y empezamos a estar cada vez más cerca. Hasta cuando tiene que romperse el encanto porque alguien de una familia pasa varias jornadas fuera. Entonces hay que esperar quince días sin vernos. Luego vuelven. Han visto una caricatura nueva. Me la cuentan, pero entiendo muy poco. Estoy empeñada en que oigan a Cri-Cri. La música de El ratón vaquero me acompaña a correr para que me persigan. Y yo juego a ir aventando mi chal y ellos a atraparme por esa cauda. Cosas así, que pueden durar horas. Hasta que el cansancio nos deja frente a la tele para que yo me entere de cómo unos perros salvan a unos changuitos de morir quemados.

Ahora que cuento esta historia me asusta, pero la vimos entre risas. La felicidad es la falta de miedo. Y también está en el cerebro. Con razón extraño a la niña.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

3 comentarios en “Saber del miedo

  1. También siento que algo se terminó, después de esto será otra vida. No sé cuándo saldré al parque con la gente, seguiré encerrada no sé cuánto más. En enero estando en el Hotel Green Park, en un balcón hacia el parque, recordé tus relatos y asocie que por ahí vivías. Recorrí tu calle de arriba abajo, ese día estaba la TV en tu casa. Eran otros días ..

  2. Tus nietos seguro recordarán siempre estos días que para ellos solo han sido de felicidad. Abu Geles, no te tragues tus aretes pero sigue abrazando tu caos. Un abrazo.

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