El mes pasado le dediqué mi entrega al recorte presupuestal de 75 % a los rubros de servicios generales y gastos de operación del INAH. Luego recibí un par de llamadas de colegas que estimo grandemente y que me hicieron el favor de corregir algunos errores importantes que traía. En este segundo artículo quiero enmendar esos errores y, al mismo tiempo, profundizar en el análisis de los serios retos que enfrenta esa institución veterana, octogenaria.

Ilustración: Patricio Betteo

La información que había dado pie a mi columna salió de notas periodísticas, así como también de varias entrevistas publicadas con investigadores, preocupados todos por los efectos de una reducción presupuestal extrema, como es lógico. Uno de los errores de mi nota se refiere a un problema que ya había sido resuelto; y el otro es producto de temores bien fundados, pero que serán obviados por la presente administración.

Tuve la buena fortuna de entablar una larga conversación con el maestro Diego Prieto, director del INAH, quien amablemente me compartió además datos presupuestales, que también iré considerando en esta entrega. Pero paso antes a lo urgente, que es reconocer y disculparme por errores que hubo en el artículo anterior.

El primero de ellos es que el Museo Nacional de Antropología ya no tiene goteras. Las tuvo —y muchas— durante los veranos de 2017 y 2018, y pasó grandes dificultades —tanto técnicas como presupuestales— para poderlas eliminar, pero en el otoño de 2019, felizmente, se logró resolver el problema y en la actual temporada de lluvias el museo está seco. El recorte presupuestal de 75 % no nos va a dejar un museo que hace agua.

El segundo error, todavía más importante, es que mi artículo hacía alusión a trabajadores que perderían sus empleos debido al recorte, no porque los fueran a correr, sino porque al estar contratados como temporales (Capítulo 3000) simplemente no se les renovaría el contrato. Esta conjetura se funda en un temor justificado ante un recorte tan profundo. Sin embargo, me informa el director: el INAH ya renovó todos los contratos de los trabajadores que se encuentran en esa situación e, incluso, gracias a una intervención del presidente López Obrador, se les ha dado la base a 250 intendentes de ruinas arqueológicas. Nadie perderá su empleo. Enhorabuena.

Por otra parte, me aseguran mis colegas que muchas de las actividades que el recorte sí afectaría —por ejemplo, las excavaciones; la investigación de campo, de archivo o en biblioteca; o la realización de congresos y exposiciones— se hubieran suspendido de todas maneras por el covid. En este sentido, el recorte vino a refrendar un hecho consumado: este año no se podría hacer investigación de campo ni programar exposiciones por motivos de salud. Cuando terminé de platicar con Diego, me quedé tranquilo porque el INAH no está en peligro inmediato de colapsar. 

Por otra parte, la conversación también me dejó perplejo: ¿qué significa cuando una institución del tamaño del INAH —que tiene casi 900 investigadores, 200 arquitectos, 180 restauradores, 2690 trabajadores técnicos, 160 museos y 1600 proyectos de conservación— pierde el 75 % de su presupuesto para gastos de operación y, al mismo tiempo, aparentemente no pierde gran cosa? ¿Acaso su presupuesto era excesivo? ¿O realmente se puede atribuir al covid la relativa falta de impacto de un recorte así de radical?

La respuesta a ambas preguntas es negativa, me parece, pero hay que excavar datos para entender cómo y por qué, y para eso hay que pasar del problema coyuntural a un mal crónico y de largo aliento. Veamos.

Un recorte de 75 % al gasto de operación es un golpe gravísimo para cualquier institución. Sin embargo, para el INAH parece que no lo fue tanto. Esto se debe en parte al covid, pero en otra a que el presupuesto aprobado no alcanzaba de todas maneras.

El presupuesto aprobado para 2020 (previo al recorte) fue de casi 4 000 millones de pesos ($3 918 082 297), lo que, en apariencia, representaba un aumento de 4.77 % respecto al del año anterior (2019). Sin embargo, el presupuesto ejercido por el INAH en 2019 había sido de $4 974 817 389, es decir, de mil millones más de lo que se le aprobó para el 2020. Poco más de la mitad de la diferencia entre el presupuesto aprobado y el ejercido (577 millones) se cubrieron con ingresos autogenerados —boletos de entrada a museos, venta de libros, etcétera— pero aun así, el presupuesto del INAH para 2020 estaba como 500 millones por debajo del presupuesto real ejercido por la institución. Y eso ha sido así regularmente. El INAH nunca recibe el presupuesto que va a requerir para terminar el año. A ese déficit de mil millones se le restó luego el recorte de 75 % a gastos operativos, que significaron una reducción presupuestal de otros 739 millones. Además, por el covid, habrá pocos recursos autogenerados. De modo que este año, a eso del mes de septiembre, el INAH tendrá que salir a mendigar recursos. Ése es el efecto no únicamente del recorte, sino del presupuesto original de la institución.

Un sistema así de incierto tiene efectos perversos, porque tanto la investigación como la programación cultural requieren de planeación y el déficit presupuestal crónico del INAH la hacen muy difícil. Podemos decir que el recorte del 75 % volvió normativa la falta de planeación (¡prohibido planear!). Hoy, el único rubro seguro que le queda al INAH son los sueldos de sus trabajadores. Todo lo demás se tendrá que negociar en condiciones de emergencia, como siempre.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “Los problemas crónicos del INAH

  1. Tenemos que considerar que un proyecto de investigación interdisciplinario dentro del INAH dependen de convenios inter e intraintitucionales. El recorte, que en investigación es del 82%, es mortal. Estos proyectos tomarán varios años para recuperarse y seguir produciendo avances en múltiples conocimientos.

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