El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es el segundo libro en el mundo con la mayor cantidad de traducciones después de la Biblia. Hasta un país tan lejano del mundo hispanohablante como Rusia tiene varias traducciones, pero su aparición no fue ni fácil ni rápida.

La novela llega a Moscú en el siglo XVII, pero en aquel momento sólo existe en la traducción al inglés o francés en las casas de los comerciantes europeos. Luego la nobleza rusa leyó la novela en la traducción al francés hecha por César Oudin todavía en 1614. Parece increíble pero el emperador ruso Pedro Primero, según las memorias de sus cortesanos, mencionó a don Quijote al ver los molinos en Europa.

Los lectores rusos sólo conocían la versión francesa de la novela hasta 1769, cuando el profesor de alemán, escritor y traductor Ignatiy Thales publicó La gloriosa historia del caballero don Quixote de la Mancha. Esta traducción fue hecha a base de la redacción por Filleau de Saint-Martin y sólo llegó al capítulo XXVII, así que no se puede considerar una traducción completa al ruso.

El siguiente intento fue realizado en 1791 por Nikolai Osipov, quien tituló su traducción El extraño taumaturgo, o las extraordinarias y sorprendentes hazañas y aventuras del valiente y famoso caballero don Kixot, basada en la traducción de 1746. En la traducción de Osipov, don Quijote está curado de su locura al final de la novela, un final que los lectores esperaban en aquella época.

En 1806 cuando apareció la traducción del ilustre literato ruso Vasili Zukovski se produjo un nuevo giro en el aprendizaje de la novela española por los lectores rusos. El poeta no hablaba español, pero conoció la obra de Cervantes en la traducción de 1799 del popular escritor francés Jean-Pierre Claris de Florian. En la traducción de Florian y por lo tanto de Zukovski faltan algunos capítulos. En general la traducción es muy sentimentalista.

Ilustración: Belén García Monroy

La primera traducción de Don Quijote del español al ruso fue realizada por Konstantin Masalski en 1838. Este novelista, poeta y traductor presentó a los lectores una reproducción precisa y formal del texto que, sin embargo, no ganó la popularidad del público. Por este rechazo la traducción quedó inacabada: Masalski sólo abarcó los 27 primeros capítulos.

En la segunda mitad del siglo XIX los traductores piensan en la necesidad de transmitir el carácter artístico del Quijote y en que la traducción debe producir un efecto parecido al del original. Se propone preservar el carácter nacional e individual de la novela. Junto con el rechazo de la traducción literal, incapaz de transmitir esa peculiaridad, viene otro método: la traducción libre que contribuye a lograr esa impresión.

En 1866 apareció una nueva traducción de la novela realizada por el periodista Vladimir Karelin. Era la primera traducción completa del español al ruso. Los lectores y los críticos la recibieron mucho mejor que a la de Masalski y se reeditó cinco veces (1866, 1873, 1881, 1901, 1910). Ya en el siglo XX los investigadores señalaron las inexactitudes y errores de Karelin por la falta de comprensión del texto español. Además Karelin omitió todo lo que consideró grosero y no tradujo el prólogo y una breve descripción de los capítulos. El traductor decidió mejorar el texto de Cervantes y anular el cambio de la imagen del protagonista del primer volumen al segundo: en la traducción de Karelin, don Quijote aparece como Cervantes lo hizo sólo en el segundo volumen. La traducción de Karelin es un producto cualitativo de su época; permanecerá en la historia de la cervantística rusa como la primera traducción completa de Don Quijote del español al ruso. Es el texto al que se dirigen todos los traductores posteriores de la novela, y su importancia no ha disminuido a lo largo de los años.

En el umbral del siglo XX, en vísperas del trigésimo aniversario de la publicación de la primera edición de la novela, empezaron a aparecer numerosas traducciones de don Quijote del español al ruso. Entre ellas se destaca una realizada por María Watson en 1907. La traducción directa y casi literal de Watson fue buena para los investigadores de la novela, pero no pudo alcanzar la perfección lingüística del original.

La Revolución de 1917 en Rusia provocó cambios en todos los campos, incluso en la traducción. La cultura y literatura empezaron a popularizarse y la gente nueva soviética necesitaba traducciones de literatura extranjera al día.

En 1929 la editorial Academia publicó El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha bajo la edición de Boris Krzewsky y Aleksandr Smirnov. El nombre del traductor permaneció en silencio, y durante mucho tiempo se conoció a la traducción como “la de un anónimo de San Petersburgo”. Existía la leyenda de que el traductor era Georgy Lozinsky, que emigró del país. La historia sólo se aclaró en la época postsoviética. La hispanista de San Petersburgo María Tolstaya se puso en contacto con la hija de Georgy Lozinsky y recibió copias de su correspondencia con Smirnov. De ahí se supo que un grupo de traductores realizó el trabajo para ACADEMIA, y Georgy Lozinsky sólo tradujo algunos capítulos. También participó en la traducción otro emigrante, Konstantin Mochulsky. Los hispanistas de Leningrado, los profesores Boris Krzewsky y Alexander Smirnov no sólo eran los editores, sino que también participaron en la traducción colectiva. En cambio, los nombres de los emigrantes Georgy Lozinsky y Konstantin Mochulsky no se mencionaron en las publicaciones soviéticas por razones políticas.

Por desgracia, se desconoce qué capítulos tradujo cada quien. En cuanto a la división de funciones, uno de los editores, Smirnov, escribe sobre eso: “La redacción general es de Krzewsky y mía, y, en primer lugar, yo coordino las traducciones de los individuos estilísticamente, mientras que Krzewsky se aboca a la precisión y, de acuerdo conmigo, establece el texto final”. Esta traducción exacta y completa de la novela ganó respeto en el mundo académico, y todavía lo tiene.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial los autores occidentales modernos se han traducido poco al ruso, tanto por razones ideológicas como jurídicas. Los intérpretes y editores soviéticos volvieron a los clásicos de la literatura mundial.

En 1954 apareció la traducción de Nikolay Lyubimov, un traductor ya muy conocido para aquel entonces. El futuro traductor leyó por primera vez la novela de Cervantes en la escuela, Don Quijote formaba parte del programa de literatura del octavo año escolar. En sus memorias, Lyubimov deja las siguientes líneas: “Y entonces tuve un sueño: aprender español sólo para poder leer el libro de Cervantes en el idioma original. Y luego mi humilde sueño se cambió por el sueño audaz de volver a traducir El Quijote”. Es un trabajo maravilloso, de un escritor sofisticado y de alto nivel artístico. Lyubimov hizo más comprensible a Cervantes para el lector soviético. Se ha editado y reeditado; editores y lectores prefieren aún esa versión.

Históricamente las dos últimas traducciones son casi simultáneas, ya que ambas comparten los años de guerra. Las vemos como un ejemplo de las dos estrategias diferentes de traducción: la traducción para el texto y la traducción para el lector. Optar entre ellas es algo frecuente en la historia de la traducción. En el segundo caso, el texto artístico es sólo una especie de medio, aunque la pietá del traductor al gran texto es indudable. Siempre en el caso concreto, el traductor intenta encontrar un punto medio entre lo riguroso del sentido y los intereses del lector de la otra cultura, pero en los casos más agudos, los intereses del lector prevalecen. El traductor soviético Lyubimov tiene un objetivo cultural muy claro, que se basa en todas sus estrategias: hacer una traducción para un lector soviético en masa que apenas conoce España. Por eso su traducción es adaptativa. No puede esperarse que el texto español entre sin conflicto en la conciencia espiritual rusa, porque es un texto de clima ajeno, con realidades ajenas, otra religión, una visión barroca del mundo. En la traducción de Lyubimov el elemento cómico predomina al aumentar drásticamente el papel de Sancho Panza, y el traductor suele inducir un efecto cómico donde otros traductores no lo transmiten. Esta traducción ha desempeñado un importante papel cultural para generaciones enteras de soviéticos. De modo paralelo existe la traducción de Krzewsky, con la estrategia opuesta: el texto para el texto y no para el lector. Busca la máxima precisión y preservar los significados del texto. Con frecuencia se pierde el efecto cómico, pero con menos frecuencia se pierden los significados cervantinos en el nivel semántico. Un lector ruso común puede pensar que es difícil comprender esa traducción, pero un filólogo hispánico siempre recurre a ella como investigador.

Las dos traducciones de don Quijote tienen un valor cultural y literario muy importante para la literatura rusa. Ambas traducciones se utilizan y no se han olvidado en el siglo XXI aunque, como muestra la historia, cada generación necesita una traducción nueva. Con todo el interés en los círculos científicos y literarios hacia la gran novela de Cervantes, el lector ruso puede esperar que aparezca una nueva traducción, quizá ya liberada de algunos errores previos.

 

Olga Maxímova
Cursó la maestría de literatura extranjera en la Universidad Estatal de San Petesburgo. Es profesora de español y ha publicado varios artículos sobre las obras de Cervantes.