Eran los años setenta. El ambiente político-intelectual en la izquierda estaba marcado por una enorme rabia producto de la atroz represión al movimiento estudiantil. No era, sin embargo, una rabia paralizadora. Todo lo contrario. Junto a ella o por ella se desplegaban múltiples esfuerzos transformadores. En las universidades, el campo, en sindicatos y colonias populares se construían organizaciones y aparecían reclamos de todo tipo. Nuevas publicaciones y partidos intentaban irradiar diagnósticos y propuestas. Y una idea rectora, hegemónica, potente, presidía ese rosario de esfuerzos: en el horizonte se ensoñaba una nueva revolución.

Una constelación de agrupamientos era el eco de aquellas masivas movilizaciones de 1968. Los estudiantes de la enseñanza superior habían desatado un potente movimiento pacífico, cívico, amparado en la Constitución, reclamando un clima de respeto a las libertades, la disidencia, en contra de los usos y costumbres autoritarios, capaz de permitir la coexistencia de la diversidad que palpitaba en el país. Una movilización con un contundente sentido democratizador, que había recibido una respuesta criminal, pero no definitiva, porque la sociedad mexicana modernizada, de manera contrahecha, ya no cabía ni quería hacerlo bajo el manto de un solo discurso, un solo partido, un solo liderazgo (el del presidente en turno, durante décadas, Guía y Preceptor de la Nación).

Ilustración: Alberto Caudillo

De tal suerte que si para el oficialismo su fuente de legitimidad se encontraba en una revolución lejana en el tiempo y cada vez con menos significado para las franjas emergentes de la sociedad, para la izquierda la revolución se encontraba en el futuro. No obstante, salvo las agrupaciones guerrilleras, la práctica de la inmensa mayoría de la izquierda social y partidaria era reformista. Se desplegaba a la luz del día, ejerciendo los derechos que amparaba la Constitución (aunque el autoritarismo en boga los cercenaba de manera recurrente), de forma pacífica y buscando incrementar la participación del polo “popular” de la sociedad.

Pero tanto desde el oficialismo como desde la contestación de izquierda la idea revolucionaria modelaba las fantasías: o tú o yo. Porque en el código revolucionario no existe espacio para la diversidad, todo debe ser para el ganador, y los ejemplos de revoluciones triunfantes que segregan, persiguen, acorralan y liquidan a sus adversarios y luego a sus propios compañeros sobran.

En ese ambiente intelectual, sin embargo, se abrió paso la aspiración democrática. Quizá más por necesidad que por virtud. Pero la aguda conflictividad de los setenta abrió paso a la necesidad de buscar fórmulas de convivencia y competencia de esa diversidad política e ideológica que ningún exorcista podría erradicar. Se produjo una reforma para integrar al mundo institucional electoral a quienes se les mantenía artificialmente marginados (1977). Uno a uno diferentes partidos y organizaciones se acercaron y entraron al espacio electoral. Muchos con reservas, rechinando los dientes, pensando que los comicios los alejaban de sus tareas revolucionarias, pero en 1988, con la candidatura presidencial de Cárdenas la inmensa mayoría de las agrupaciones de izquierda concurrieron a esos comicios. La esperanza fue defraudada, pero al mismo tiempo fue clara la potencialidad que portaba el expediente electoral. La izquierda se encontraba, como todo el país, en un curso intensivo sobre los valores, principios y prácticas que ofrecen sentido a la democracia. Y la izquierda se convirtió en un acicate y en usufructuaria del cambio democratizador que siguió.

Paulatinamente, tanto por la fuerza de los acontecimientos como por importantes y estratégicas elaboraciones intelectuales, la izquierda empezó a asumir un compromiso con la democracia. Era una necesidad para un país de las dimensiones y la diversidad política de México; era un ideal, porque sería el régimen que permitiera el más amplio ejercicio de las libertades y la coexistencia pacífica de la pluralidad; y era un compromiso porque no se trataba ya de una apuesta táctica, “mientras se forjaban las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución”, sino una fórmula de gobierno buena para el momento y para el futuro.

El triunfo de Morena en las elecciones de 2018, sin embargo, parece que desató las viejas pulsiones de una izquierda predemocrática, que piensa su victoria —electoral— en los añejos códigos de la revolución. Y si a ello sumamos la aportación de los destacamentos escindidos tardíamente del PRI que nunca aceptaron cabalmente el pluralismo quizá podamos comprender un poco mejor lo que está sucediendo. Todo parecería indicar que el ensueño del presidente y su amplia coalición es la de reconstruir un sistema monopartidista (ya que sólo ellos expresan y representan al pueblo), sin aprecio ni respeto por los otros partidos (todos son conservadores), sin medios de comunicación críticos del poder (son fifís), con los demás poderes constitucionales subordinados (sin rubor se pasó por encima de disposiciones constitucionales que intentan impedir la sobrerrepresentación en el Congreso), sin molestos órganos autónomos (el ejemplo de la CNDH es más que elocuente) y con un desprecio ni siquiera disimulado por las agrupaciones de la sociedad civil. Como si otra vez, la diferenciada, compleja y contradictoria sociedad mexicana pudiera ser representada por una sola voz.

Creo que se equivocan y que el pluralismo que late en México difícilmente podrá ser sometido. Y ojalá el equivocado no sea yo.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

Un comentario en “El frágil compromiso democrático

  1. Excelsa reflexión; esperemos que la pluralidad y las voces de toda la ciudadanía efectivamente se escuche y de ahí se construya la agenda pública!