En la construcción de un relato histórico contrahegemónico los intelectuales orgánicos del nuevo régimen tienen una ambiciosa meta: desterrar del imaginario popular la idea de que antes de 2018 hubo en México una democracia. Combaten una periodización que reconoce una etapa denominada como la “transición” (que normalmente se ubica entre 1968 y 1997 o 2000) y otra, la “democracia” o “consolidación”, que dura hasta la actualidad. Esta interpretación, aceptada hasta hace poco por tirios y troyanos, representa un claro obstáculo al relato de que la democracia plena no arribó al país sino hasta 2018 con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Esa épica requiere un páramo político como su preámbulo. El escamoteo de la democracia es una operación ideológica multinivel. Se trata de poner en duda su existencia misma. No podía ser de otra manera, porque la retórica del “cambio de régimen” impone negar orwellianamente la historia reciente. Lo que se deja atrás no puede ser, por definición, una democracia. De otra forma, los ideólogos tendrían que reconocer que el cambio consiste en abandonar un régimen democrático para instaurar otro de naturaleza distinta. Cosa muy diferente es reconocer las fallas y precariedades del orden democrático existente. Sin embargo, de lo que se trata es de negar que la democracia permitió el arribo de López Obrador al poder. Así, en el relato oficial desparecen o se minimizan los hitos del largo proceso de cambio político que transformó al país en los últimos treinta años: la creación de una autoridad electoral autónoma y confiable, el fin de la era de partido hegemónico, la alternancia en la presidencia y la competencia pluralista en los estados, entre otros. En realidad, aducen, la “democracia” no fue sino un peculiar tipo de autoritarismo “pluralista” que reemplazó al de partido único.

Ilustración: Belén García Monroy

El alegato tiene dos pies. El primero, de larga data, consiste en definir a la democracia como el logro de diversos bienes sustantivos (justicia económica, igualdad social, honestidad, etcétera). El segundo consiste en intentar negar que, aun considerada en su vertiente procedimental, haya habido una democracia en México. Desde los años cuarenta del siglo pasado se debatió vigorosamente el concepto de democracia, como lo ha estudiado Javier Contreras Alcántara.1 En el 2006 ya estaba presente en el discurso político del entonces candidato López Obrador, aunque sin mucho éxito, la idea de que la democracia era justicia social. También lo estaba, es necesario decirlo, en el imaginario público, pues la gente identifica a la democracia con el bienestar económico y muchas otras cosas, como la ausencia de corrupción. Esta es una línea argumentativa que los intelectuales del régimen recuperan, aunque más bien tímidamente. Sobre todo, quieren negar que, en términos convencionales, se pueda caracterizar al periodo 2000-2018 como democrático. Quieren comerse las dos tortas.

El relato oficial busca borrar el registro histórico. Quien controla el pasado, afirmó Orwell, controla el futuro. La disputa no es historiográfica o sociológica, sino estrictamente política. El argumento procede de la siguiente forma: se dice que en las democracias hay libertades, como la de expresión. ¿Puede haber democracia con tantos periodistas asesinados? En el México “democrático” se mataban más periodistas que en el “autoritario”. En consecuencia ese periodo no puede ser, por definición, democrático. La eficacia del sofisma está en negar los matices. El aumento en los asesinatos de periodistas varía positivamente con la explosión de homicidios en general que se observó en el país a partir de 2006, (entre 2000 y 2006 asesinaron a 21 periodistas mientras que entre 2006 y 2012, a 71). Un régimen autoritario restringe deliberadamente la libertad de expresión. ¿Hay menos libertad donde se matan más periodistas? Es muy probable, pero importa saber quién los mata y por qué. Hay una diferencia cualitativa entre un régimen en el cual el gobierno asesina sistemáticamente a periodistas y otro en el cual lo hace el crimen organizado. En ambos casos hay una pérdida de libertad, pero sus implicaciones son distintas. En las democracias los gobiernos no reprimen sistemáticamente a los periodistas. (En el 2019 asesinaron a trece periodistas). Hay democracias bárbaras, como la nuestra. El hecho, duro y crudo, es que en México se instauró una democracia en un estado débil y pobre, donde el Estado de derecho no es una realidad. ¿Esto implica que la democracia no existe ahí? No. Quiere decir que la cuestión de la construcción estatal no se reduce a la democracia. Reducido al absurdo, tendríamos que decir que una democracia es un régimen que requiere de un Estado y de gobierno para existir. También es cierto que en muchos países la corrupción y la democracia conviven alegremente, a menudo en contubernio. La democracia, como afirma Adam Przeworski, es un método político en el cual los políticos pierden elecciones, aceptan su derrota y se van a su casa. Ese método no da muchas cosas, pero sí ofrece algo muy valioso: que la lucha por el poder sea pacífica. La “democracia” de la Cuarta Transformación se parece mucho al autoritarismo pluralista de ayer.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE y autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Contreras Alcántara, Javier. La experiencia de la democracia. Cambio político y conceptual en el México contemporáneo, San Luis, El Colegio de San Luis, 2014.

 

Un comentario en “Escamotear la democracia

  1. El reto es dejar atrás la democracia corporativa de electores-validadores (masas) y pasar a una democracia de ciudadanos-actores-decisores, a partir de la premisa de un Gobierno al servicio del ESTADO y desaparecer al Gobierno suplantador del Estado.