Leo nuevamente la biografía de Virginia Woolf de Hermione Lee y aunque responde muy bien a lo que una espera de obras de este tipo, se queda corta en la explicación de por qué una mujer que vivía en circunstancias sociales y psicológicas restrictivas, fue capaz de escribir grandes novelas y memorables ensayos; de crear otros mundos, de construir personajes creíbles y armar con claridad historias complicadas. La biografía de una mujer enferma, vulnerable, dada a crisis nerviosas no permite adivinar el destino de una gran escritora.

No sé si se trata de una condición exclusiva de las inglesas, que bajo la apariencia de un iglú esconden un volcán en erupción, pero no deja de sorprenderme el contraste entre biografías autocontenidas, personalidades aparentemente frías y emociones de violencia huracanada. La misma curiosidad me provocan otras escritoras inglesas como Jane Austen o las hermanas Brontë, que vivían aisladas en una casa parroquial austera y helada, difícilmente trataban a los vecinos y, sin embargo, escribieron unas novelas tormentosas, cargadas de pasión y de desesperación, como Cumbres borrascosas. Me pregunto, qué tenían estas mujeres en el corazón, en la cabeza  para escribir esas cosas. Sus novelas no hablan directamente de la libertad de las mujeres, pero el solo hecho de que las hayan escrito fue un acto de libertad.

Ilustración: David Peón

Woolf ocupa un lugar central en la iconografía del feminismo contemporáneo. Vista de cerca es una figura paradójica porque es símbolo de la autonomía y de la autosuficiencia de las mujeres, pero dependía del apoyo de su hermana, de sus tías, de amigas muy queridas y de su marido para llevar a cabo las rutinas diarias, desde vestirse por la mañana hasta bañarse o comer. Era una inválida limitada por “sus nervios”, como sus hermanos y amigos más cercanos se referían a los episodios de franca locura que oscurecían sus días, cuando la perseguían seres monstruosos y amenazantes. Eran momentos de pánico en los que se negaba a comer y, sometida a curas de sueño pasaba  hasta seis semanas en cama. Virginia Woolf no fue libre sino hasta el día en que se suicidó.

Nació, creció y vivió en un mundo real muy pequeño, habitado por las mismas personas que empezaron a construirlo en 1906, el año en que su hermano Thoby entró a la universidad, y se mantuvo hasta 1944, antes de convertirse en un sitio turístico. La mayor parte de la educación de Virginia Woolf tuvo lugar en su casa, en el seno de una familia cuyas relaciones eran complejas. Estaba compuesta por medios hermanos producto de diferentes matrimonios de sus padres, pero tuvo tres hermanos completos, con quienes formó vínculos muy estrechos, emotivos e intelectuales. Nunca fue a la universidad; viajó poco; y sus amigos fueron los antiguos compañeros de Thoby en Cambridge; sus relaciones sociales se reducían a esos cuantos, aunque tuvo grandes amigas como Violet Dickinson y Vita Sackville-West, con quien sostuvo un apasionado romance.

Sólo cuando se casó con Leonard Woolf, Virginia se aventuró a un medio social muy diferente; pero su vida transcurrió en el mundo relativamente marginal que formó el pequeño grupo de intelectuales y artistas de origen burgués y aristócrata que ha pasado a la historia con el nombre de Bloomsbury, así llamado por el vecindario londinense en el que compartían domicilio y amores. En este grupo narcisista y esnob, Virginia encontró el escudo protector que la defendió en lo personal del impacto destructivo del cambio social acelerado que ocurría a su alrededor. Su obra contribuyó a la transformación de valores que favoreció la condición de la mujer, pero no fue la menor de sus contradicciones que se aferrara a los restos de la sociedad edwardiana.

Sin embargo, gracias a su imaginación y a un gran talento creativo supo llevar a las páginas de sus novelas y la rebeldía contra el orden patriarcal que regía la vida familiar, aspiraba a la libertad, porque nunca fue libre, hasta el final de su vida fue prisionera de su infancia —a veces escribe como si fuera el Proust inglés— y la torturó la locura. ¿Cómo no admirar a una mujer que fue capaz de imponerse a sus debilidades y enseñarnos a leer el corazón, el nuestro y el de aquéllos que más queremos?

Hace unos años, Angelica Garnett, hija de Vanessa Bell y de Duncan Grant, publicó una memoria cuyo título es más que elocuente Deceived with Kindness, o “Engañada con gentileza”. En este doloroso relato, la autora describe un Bloomsbury que no tiene nada que ver con las descripciones de sesiones interminables de discusión filosófica o estética, bailes carnavalescos. Garnett, en cambio, relata numerosas fiestas y reuniones donde se bebía en exceso; pero sobre todo, expone el egocentrismo de los personajes, su indiferencia disfrazada de respeto a la libertad, la distancia emotiva que los separaba a unos de otros. Entonces aparece una Virginia distinta, aguda y burlona, propensa a súbitas explosiones de carcajadas, saboreaba los chismes de la temporada, pero era también insegura de la calidad de su trabajo. Esa Virginia no es un ícono, pero lo complementa con una dimensión que la hace más entrañable y verdadera que muchas de las Virginias que nos receta la propaganda.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.