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El presidente López Obrador comenzó su presidencia con un gesto dramático: cerrar las obras del aeropuerto. Con esa acción rotunda quiso dejarle en claro a nuestra burguesía que él no es un florero. Esa jugada audaz era también sencilla: cancelar la obra pública más importante del país sería una demostración práctica y duradera de la relevancia de la Presidencia de la República y, a través de ella, del movimiento que abandera el presidente. Así, López Obrador inició su presidencia con una idea urgente: tenía, a toda costa, que abrirla con un gesto fuerte, decisivo, que demostrara sin dejar duda alguna que no había llegado a la presidencia en balde. El fantasma de la insignificancia tenía que ser conjurado. López Obrador tenía que trascender en la historia nacional y para eso era obligatorio demostrar que no sería “un florero”.

Muchas veces nuestros miedos se transforman en destino, y en el caso de López Obrador, el fantasma del florerismo ha comenzado a funcionar como signo trágico, como una de esas profecías que terminan creando las condiciones para ser cumplidas. “Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”, eso dice un refrán, y López Obrador inició su presidencia presumiendo su relevancia. Ha querido ser, como Porfirio Díaz, “el Hombre Indispensable”, pero a 14 meses de asumir la presidencia, se asoma ya cierto florerismo.

Ilustración: Patricio Betteo

La actividad presidencial como gesto ornamental aparece en la medida que el teatro político sustituye la eficacia administrativa, porque la tarea de los gobiernos es, finalmente, administrar las políticas públicas. Y ante retos medulares para este gobierno, como el de la violencia y la inseguridad, por ejemplo, que se suponía que comenzarían a menguar con el nuevo gobierno, pero que se han agravado, los discursos del presidente, en cambio, se vuelven ornamentales. Es decir: llamativos pero ineficaces. Cuando el trabajo no da resultados, el expendio de energía cinética empieza a convertirse en un fin en sí mismo, y el resultado es un mamarracho, un ejemplo de florerismo como signo trágico.

Al tomar posesión, el presidente dijo también que en cuestión de tres años México tendría un sistema de salud comparable al de Canadá. A un año de su administración, la medicina social enfrenta problemas serios, la mayoría de ellos añejos, sin duda, pero también con algunos nuevos, provocados por la austeridad inopinada de este gobierno y por su obsesión monomaníaca con la corrupción. El presidente responde a la ineficacia administrativa de su gobierno no con una política eficaz, sino elevando los derechos a la salud al rango constitucional. Y ahí de nuevo se asoma un dejo de florerismo, porque su gobierno no consigue armar el entramado institucional que se necesita para darle a la población un acceso general a la salud, pero ofrece, en cambio, un derecho (otro derecho más) que en lo previsible existirá solamente en el papel. Las promesas extravagantes están yendo de la mano de un Estado débil, y esa mezcla va haciendo del discurso presidencial una retórica barroca, cuyas contorsiones van aumentando en la medida de su propia ineficacia. El teatro político se convierte así en una ilusión o en una finta, y el anti florerismo no encuentra una ruta de demostración que no sea destructiva: cerrar en lugar de abrir, procesar corruptos sin conseguir mejoras prácticas.

Hay además otra causa del florerismo presidencial, que está en el hábito presidencial de disminuir la labor y las responsabilidades de su gabinete, de ser, como ha escrito Guillermo Sheridan, “el Primer y Único Magistrado”. En este sexenio, el presidente no sólo tiene la última palabra, sino que también, y con demasiada frecuencia, tiene la primera. Así, los miembros del gabinete viven pendientes de las mañaneras para saber lo que deben hacer. El presidente no se siente obligado a escuchar las recomendaciones de sus ministros sino que los instruye constantemente, y se convierte así en una figura rebasada, que se ve obligada a estar atenta a cada una de las crisis cotidianas por las que atraviesa al país. Es el presidente como Bombero Universal. Pero la gimnasia hipercinética del bombero también se vuelve un espectáculo de ineficacia, porque al apagar un incendio, el presidente deja inevitablemente desatendidos decenas de otros. Así, el florerismo del gabinete, que en primera instancia hace parecer infinitamente eficaz al presidente, termina por convertirlo en un gesticulador que pretende lo imposible, que es sustituir con su movimiento perpetuo a la maquinaria descuajeringada de una burocracia que vive atada de manos.

Pero existe todavía una razón más profunda del florerismo como destino presidencial, que es la ilusión que tiene Andrés Manuel López Obrador de que la sociedad mexicana se basta por sí sola, y que la raíz de todo problema social es la corrupción, lo que implica que la honradez lo curaría todo.

Esta idea ha llevado al presidente de México a imaginar que cualquier movimiento que rebase su agenda le es adverso, porque su gobierno “no es igual a los anteriores”. Como corolario, resulta entonces que toda adversidad está, por definición, capitaneada por adversarios. Entonces toda fricción resulta ser “conservadora” porque reduce los márgenes de acción del presidente. De este modo, la militancia antiflorerística de López Obrador ha terminado por colocarlo en una situación equívoca ante tres temas claves de la izquierda: la lucha feminista, la lucha por el desarrollo sustentable y la lucha contra el sometimiento de comunidades a los megaproyectos del desarrollismo.

El presidente de México no es un florero. Su capacidad destructiva ha sido ampliamente demostrada, y hasta nuestros millonarios tienen que tomar atole del dedo presidencial. Con todo, López Obrador presiente su irrelevancia y, como si fuera una figura del barroco, le tiene horror al vacío, por eso actúa de manera siempre enérgica. Quiere trascender, pero cada vez más sus actos terminan siendo gestos.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “Antiflorerismo, obsesión problemática