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Cuando Victoria Ocampo recibió en París un ejemplar de Una habitación propia, el gran ensayo de Virginia Woolf sobre la mujer y la escritura, quedó deslumbrada. Ahí estaba lo que ella quería decir sobre las dificultades de la expresión en un mundo masculino. Era 1929, muy poco tiempo después de haber sido publicadas las conferencias de las que proviene el libro. De inmediato, Ocampo busca a la novelista, le escribe cartas, le regala orquídeas, le envía cajas repletas de mariposas, la visita en su casa en Londres. Woolf se siente acosada por la adinerada sudamericana de “ojos de huevo de bacalao fosforescente”, pero permite que un argentino traduzca, para Sur, La habitación y también Orlando. Se llamaba Jorge Luis Borges.

Muchos años después, Borges confesó a Osvaldo Ferrari que, en realidad, había sido su madre la verdadera traductora del ensayo y que él solamente hizo la revisión. Tomaba distancia porque no le parecía un ensayo de gran valor. Lo veía como un alegato elemental por el feminismo y como tal, innecesario. “No necesito alegatos para convencerme del feminismo”, le dijo al entrevistador. Virginia Woolf aparece ahí como misionera y como comparto su propósito, me resulta prescindible. El poeta ponía la novela por encima del ensayo. Admiración por el arte, desprecio de la idea.

Ilustración: José María Martínez

La habitación propia, que por cierto Borges vierte en masculino como El cuarto propio, es todo menos un alegato elemental. Sin duda, uno de los ensayos más valiosos del siglo XX. Uno de los más vigentes y más agudos. Demoledora y sutil exhibición de nuestra cultura mutilada, indagación de las fuentes materiales de la creatividad, lamento por las voces ahogadas durante siglos. Seis capítulos que son, en realidad, variaciones sobre un único tema: “Para escribir novelas, una mujer debe tener dinero y una habitación propia”. Recursos para vivir y escondites para apartarse. Sustento y espacio. Cuenta Woolf en su conferencia que, al mismo tiempo que se reconocía la ciudadanía plena de las mujeres en Inglaterra, ella recibió la herencia de una tía. Y que, puestos a escoger, para ella había sido más importante el dinero que el voto. El sufragio es poca cosa si lo que se busca es la autonomía creativa. Más que ser representada, encontrar refugio y conquistar la solvencia.

La ponencia de Woolf fluye con las excursiones de una charla. Se trata de un ensayo demoledor que no deja de ser juguetón. La exposición de una firme tesis materialista que recurre al mito, antes que a las finanzas personales. Una toma de posición política que rehúye el énfasis. En el centro de La habitación, una mujer de la que nada sabemos. Es la hermana que Shakespeare pudo haber tenido. Habría sido tan atrevida, tan imaginativa, tan impaciente como él, pero habrá permanecido siempre en casa. No la mandaron a la escuela. Por eso no pudo aprender gramática ni lógica. Por eso no pudo leer a Horacio ni a Montaigne. La novelista la imagina hojeando algún libro y gozando la lectura. Pero en ese momento habrán venido los padres para ordenarle que cosiera un calcetín o se pusiera a preparar la cena. No pierdas el tiempo con esas cosas que no son para ti, le habrán dicho, de mala gana. Su padre la adoraría y estaría empeñado en cuidarla, en prepararla para la vida. Lo que garabateaba en papeles sueltos habrá sido prodigioso, pero ella no habrá encontrado fuerza para compartirlo con nadie. Antes de mostrárselo a su hermano, lo habrá roto en mil pedazos y arrojado al cesto de basura. Se habrá reído de sí misma y habrá regresado a trapear. Antes de cumplir los veinte años, sus padres la habrán comprometido con el hijo de un vecino. Ella, tan fuerte como su hermano, habrá protestado, gritando que odiaba el matrimonio. El amoroso padre la habrá tundido a golpes. En un arranque de valentía Judith habrá escapado de la casa para seguir a su hermano hasta Londres. Virginia Woolf la imagina atraída por el teatro y buscando trabajo, como actriz. El empresario del pequeño foro habrá soltado la carcajada al escucharla, pero no habrá desaprovechado la oportunidad de hacerle una insinuación. Poco después, al descubrirse embarazada, se habrá dado muerte. El polvo de sus huesos estará para el pavimento de alguna esquina londinense.

Ese habría sido el destino de una mujer que, en tiempos de Shakespeare, hubiera tenido el genio de Shakespeare. “Cada vez que una lee de una bruja tirada al agua, de una mujer poseída por los demonios, de una curandera vendiendo hierbas y aún de la madre de un hombre célebre pienso que estamos en la pista de un novelista, de un poeta abortado, o una Jane Austen muda y sin gloria, una Emily Brontë rompiéndose los sesos en el páramo o recorriendo con desolación los caminos, trastornada por la tortura de su genio”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.

 

Un comentario en “La tortura del genio

  1. Interesante lectura. Esto es una historia por la que yo vivi. Ahora a los 90 años me doy tiempo para plasmar mis recuerdos. Aprendo a expresar mis sueños de antaño e intento restituir una ilusión que aún late en mi interior.