La crítica es la inteligencia del riesgo. Un caminar descalzo sobre la navaja. Nadie vivió esa osadía de pensar como Jorge Cuesta. En su Canto a un dios mineral contempla al mundo con el atrevimiento de la lucidez.

 

Nada perdura, ¡oh, nubes!, ni descansa.
Cuando en un agua adormecida y mansa 
un rostro se aventura, 
igual retorna a sí del hondo viaje 
y del lúcido abismo del paisaje 
recobra su figura.

 

Estrofa impecable que encapsula el peligro en que se ahondaba la esperanza de Cuesta. Cuando de veras se atreve la razón, todo se disuelve. Termina la calma para las aguas estancadas de la convención. Y el paisaje: puro abismo. Por eso al evocarlo, Octavio Paz no puede más que pintar el vértigo de la caída: el abismo de una razón destilada al grado de la insensatez.

 

El espejo que soy me deshabita:
un caer en mí mismo inacabable
al horror del no ser me precipita.

Y nada queda sino el goce impío
de la razón cayendo en la inefable
y helada intimidad de su vacío.

 

Al químico que se daba baños de ceniza, al poeta que se suicidó dos veces porque una sola no era suficiente se le vio como un fantasma, como la imagen de un cuerpo que se evapora, como la irradiación de un hombre arrancado de su cuerpo. El ventrílocuo de sí mismo. Un retrato de Picasso, una escultura de piedra o de maderas preciosas. Un arcángel, un maldito, un tiburón, un loco. Serio como una estatua, lo recuerda Elías Nandino: “Sin deuda ninguna con Adonis, creaba fuera de sí una aureola angelical, satánica, sorpresiva, atrayente, que hacía pensar que se estaba junto a un ser superior donde se daban cita la inteligencia y la intuición, la magia y el microscopio”.

Este crítico no podía ir en busca del remanso. No aspiraba a la quietud porque se empeñaba en el desgarro. Sabía que el crítico se entrega a la tentación. Lo dijo al pedir su desnudez: falso es el aplomo de quien ignora su tormenta. Timorata la crítica que rehúye la seducción de su originalidad. “Admiro la crítica, dice ahí, que encuentra su serenidad, su sabiduría, no en el sueño y la domesticación de su conciencia, sino en la conciencia y en la libertad de su estremecimiento”. Y por eso detectó la impostura que impulsa todo nacionalismo y el misticismo reaccionario que subyace en la retórica marxista.

José María Martínez

Cuesta vio en la crítica el piadoso triunfo del demonio. Con la poesía, el diablo espoleaba el conocimiento y a través de la revolución conquistaba la historia. Por eso hablaba de la acción científica del diablo: “Convertirlo todo en problemático”. La crítica es rebelión contra los decretos de la naturaleza. Sometido a su instructivo, el universo puede ser una rutina tediosa: el giro preciso de los planetas, el predecible ciclo de lo vivo, la apatía de las piedras. La crítica desafía los hábitos y los cuentos. Es la irrupción de una rebeldía. La exactitud de la parcialidad. “Todo naturalismo, dijo, es estrictamente, un conformismo. Y en ningún conformismo puede verse nunca una revolución. Lo revolucionario es lo que va contra la tradición, contra la costumbre, es el pecado, la obra del demonio”. Obra satánica también porque nos convoca a la hondura: abandonar las superficies, taladrar hasta lo más hondo. La crítica es por ello “un arte de cavador”. Ir hasta lo más profundo, es decir, hasta la residencia del demonio. Porque vive en esas profundidades, el diablo no puede complacerse con las superficies ni con las apariencias. No quiere la piel, va por la entraña. Es eso lo que logra, a juicio de Cuesta, la poesía de Xavier Villaurrutia, una poesía que reconoce la belleza en aquello que no complace, sino que fascina. Todo lo que hay de sólido en los objetos familiares se disuelve en su mirada; los sentidos engañan, todo es fugacidad. “Cada ruido no es el que se oye, sino otro ruido diferente en donde la sombra es luz”. Para ejercer la crítica es necesario “confiarse a la aventura imprevisible de la inteligencia”. El baile de la razón ante el abismo.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.

 

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