Antes de que estallara la tragedia yo quería encontrar en este puerto un lugar en el que curarme de una obsesión. Ahora no puedo sino pensar en lo que hemos visto. Imposible quitárnoslo de la cabeza. Mataron a tres mamás y a seis niños. Dejaron heridos a otros cinco. Mataron bebés. Gente inerme. Y no los mataron de casualidad y como parte de un pleito entre bandas. Los mataron con deliberación y saña. ¿A qué banda pueden pertenecer niños de cinco años, gemelos de dos, niñas de diez? ¿Qué marcas de horror van a cargar los sobrevivientes? ¿Qué religión tenían? ¿Qué nacionalidad? Qué importa. Todos los dioses y todas las patrias desamparan cuando se necesitan. Hay imágenes espeluznantes. Ahí está el coche que ardió con una madre y cinco niños dentro. No quedaron sino sus huesos calcinados. Atrás de esa estampa aterradora se ve el cielo azul. Tan azul que lastima mirarlo. La belleza es inmutable. Nosotros no tenemos ese derecho.

Al día siguiente la ejemplar sabiduría de las autoridades dijo que los asesinatos se debían a un pleito entre bandas. Supe desde antes que eso dirían. Ni para oírlos. ¿Quién confunde a doce niños y tres mamás con una banda de narcotraficantes? ¿Quién los mata mirándolos de cerca, viendo a una de las mujeres bajar del coche y decirles que viaja con niños? ¿Quién la mata ahí mismo, delante de sus hijos? ¿Qué pasa en nuestro país que a un horror acumulamos otros? ¿Qué otras preguntas podemos hacernos? ¿Qué otras respuestas no encontrar? ¿En qué momento nuestro país se convirtió en este campo de batalla para el que parece no haber remedio?

Ilustración: Gonzalo Tassier

No habíamos conseguido salir de Ovidio Guzmán quitándose la gorra con un gesto adolescente que descubre la cara, impávida, de un hombre que ha cometido y permite todo tipo de crímenes, cuando ya estábamos viendo en una calle de Estado de México los cadáveres de tres niños y una mujer a los que mató una banda para vengarse del criminal que era su padrastro. Y la oímos salir de la tele mezclada con todo lo demás, con la liturgia mañanera, con que no todo es asesinatos y errores. Con que vamos bien. Oír es lo de menos; cómo callarse es lo de más.

En busca de luz había tirado una rama de mi árbol; aparecieron detrás una pared y dos tinacos. Iba a enojarme con lo que hice, a dar cuenta aquí de mi necedad y entretenerlos. El tronco pelón, la rama cortada en trozos, con sus hojas brillantes, en el suelo. ¿Ya qué más da?

¿Quiénes son los que se atreven a matar así? ¿Qué sentirán? ¿O cómo hacen para no sentir? Dan ganas de pensar que el demonio no es un invento. Ojalá y el infierno tampoco lo sea. ¿En dónde estamos? Viendo cómo se mata a niños como los nuestros, como los nietos de toda esta generación que se moría de esperanza hace cuarenta años. Esto no es culpa de la democracia ni del liberalismo ni de la pobreza. Ya se ha dicho, pero me da la gana repetirlo: creer esto es criminalizar la pobreza, poner en duda la democracia.

Lo que nos pasa es más complicado. Ni las novelas ni la música ni la memoria de dos infancias felices quieren ayudarme. Y no es posible dejar la culpa lejos aunque no la tengamos. Leo y leo de balde. Hay quienes explican y entienden. Hay quienes hablan y no entienden. Y hay nosotros, los que no tenemos palabras más que para cantar un réquiem tras otro.

Cuesta encontrar a qué aferrarse. Ha de bastarnos sólo “la mano del deseo”, como la llamó Sabines, levantándonos a vivir. ¿Para qué?, me pregunto. Para lo que pervive, digo, para los que se quedan. Para reinventar el silencio que ya no existe y urge, para asir lo que frente al horror y la muerte parecen nimiedades, pero han de ser la esencia de cada día. El bien, el deber de cuidar a los otros, de hablarles, de ir haciendo el recuento de lo que sí hemos conseguido, de proteger lo que se ha hecho con cuidado y sabiduría, de enseñar que la vida devuelve y aunque a veces cueste tanto creerlo, muchas veces devuelve belleza por belleza, verdad por verdad, bien por bien.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos

 

Un comentario en “Sólo la mano del deseo

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