El nombramiento de la señora Rosario Piedra Ibarra a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) me hizo darme cuenta de que en México no tenemos todavía una antropología del linaje histórico, que es un tema diferente al del nepotismo. No se trata de recomendar a parientes a algún puesto público, sino de la preferencia política por contratar a personas con apellidos “históricos” en cargos públicos. El tema de la capacidad profesional y de la honorabilidad de las personas que lucen esos apellidos, aunque relevante, es al final secundario, porque lo que importa todavía más es la fama de su linaje.

Así, no hace falta conocer las calificaciones profesionales de la señora Piedra ni saber gran cosa sobre el funcionamiento y las tareas de la CNDH ni tampoco tener opinión alguna acerca de la legitimidad del proceso de su elección en el Senado de la República. Para nuestro tema lo que importa es el hecho, indudable, de que el apellido de la señora Piedra Ibarra fue un elemento clave para que fuera seleccionada como la candidata oficialista para el puesto. El mensaje fue que la CNDH estaría en manos seguras, porque la señora Rosario Piedra Ibarra es hija de la militante histórica Rosario Ibarra de Piedra. Su apellido legitima y garantiza su candidatura.

Ilustración: Patricio Betteo

Esta misma idea impera en un buen número de casos. El presidente López Obrador ha sido muy afecto a rodearse de personalidades con apellidos añosos, y plenos de ecos patrióticos. Le gusta hacerles encargos públicos y por eso desfilan por Palacio un Cárdenas por aquí y una Clouthier por allá y un Vasconcelos acullá. Y por eso también se nombra a una secretaria del Trabajo  cuya legitimidad viene garantizada por ser hija de dos reconocidos luchadores laboristas, u otro también joven secretario cuya viabilidad viene refrendada por ser hijo de un ideólogo del movimiento. Independientemente de la capacidad profesional que tiene cada uno de estos personajes, lo cierto es que su linaje los avala. El apellido garantiza y el apellido les tapará la boca a los críticos. “Rosario Piedra Ibarra no será achichincle del gobierno”, dijo el presidente. Debemos creerle porque la madre de Rosario Piedra no lo fue y, sutilmente también, porque el señor presidente así lo dispuso. La historia lo apoya y él avala la historia.

La preferencia por los apellidos históricos en el nuevo gobierno ha sido tal que hace recordar el apetito voraz que alguna vez tuvo la nueva burguesía por los título nobiliarios. Después de la Primera Guerra Mundial se puso de moda el matrimonio entre los hijos e hijas de potentados industriales con las de la aristocracia empobrecida.  Así, alguna heredera tejana se casaba con un marqués en Gales y adquiría con eso título y palacete, al tiempo que su familia absorbía las deudas del marqués. Sólo que ahora, en México, vivimos en un orden austeramente republicano y por eso los linajes que importan no son ya los de la vieja aristocracia, sino los de los próceres de cada una de las “transformaciones” de la república. El aura que vale es la que mana de tener un lazo íntimo, familiar, con el relato nacional.

En México también ha habido antecedentes de esta preocupación por aliarse con los linajes históricos. Después de la Revolución, por ejemplo, cuando generales y coroneles empezaron a cortejar a las hijas de hacendados empobrecidos. O también cuando las hijas de la aristocracia porfiriana, como la del general Mondragón (Nahui Olin) o la galerista Inés Amor, fueron levadura para el fermento cultural revolucionario. O en el momento de la formación del Partido Liberal Mexicano, cuando los delegados enviados al Congreso Liberal fueron comparados, uno a uno, a los próceres de la Reforma. Se trata, en otras palabras, de un espectáculo recurrente, protagonizado usualmente por una clase famosa pero desprovista, que comparte o cede el halo de su fama a cambio de una rebanada de poder. Esto sucede usualmente en momentos en que nace o quiere nacer un nuevo grupo o fracción dominante, que aprende a vestirse con los ropajes que siempre deseó o quiso merecer.

Esta clase de transacción de poder por prestigio a veces conlleva, también, la humillación de la vieja élite. El burgués fanfarrón ostenta su dinero en la mesa del duque; el revolucionario violenta groseramente a la hija del hacendado y exige ser atendido por ella en la mesa. Me parece detectar alguna tendencia en este sentido también en la actualidad: la vieja historia de la república debe someterse humildemente a la nueva.

Y es que lo que tienen en común la mayor parte de los linajudos es justamente su falta de poder independiente. Tienen prestigio familiar y poseen las virtudes y defectos que cada uno de ellos pueda tener, pero una vez que se someten a la versión de la historia del presidente, al aceptar un cargo de responsabilidad en su gobierno, suelen comprometer lo único insustituible que poseían, que es, justamente, su capacidad de legitimar invocando el nombre de sus antepasados.  Por eso, una vez nombrados a puestos públicos, los linajudos pueden fácilmente ser reducidos a una función ornamental. Y como Andrés Manuel López Obrador es un hombre austero, cuyo lujo consiste en su diálogo con la Historia, le da gusto que los floreros de Palacio estén pintados con motivos patrios.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros

 

Un comentario en “Apellidos históricos

  1. Muy buen artículo. Claudio Lomnitz es brillante en sus crónicas. Leí “El Primer Linchamineto en México” y me pareció excelente. Felicitaciones !

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.