La lectura que los amantes hacen de sus cuerpos (de ese concentrado de mente y cuerpo de que los amantes se sirven para ir a la cama juntos) difiere de la lectura de las páginas escritas en que no es lineal. Empieza por un punto cualquiera, salta, se repite, vuelve atrás, insiste, se ramifica en mensajes simultáneos y divergentes, vuelve a converger, se enfrenta con momentos de hastío, pasa la página, recupera el hilo, se pierde. Se puede reconocer en ella una dirección, el trayecto hacia un final, en cuanto tiende a un clímax, y con vistas a este final dispone frases rítmicas, escansiones métricas, retornos de motivos. Pero ¿el final es el propio clímax? ¿O la carrera hacia ese final se ve contrariada por otro impulso que se afana contracorriente, por remontar los instantes, por recuperar el tiempo?

Si se quisiera representar gráficamente el conjunto, cada episodio con su culminación requeriría un modelo de tres dimensiones, quizá de cuatro, o ningún modelo, toda experiencia es irrepetible. El aspecto en el cual el abrazo y la lectura se asemejan más es que en su interior se abren tiempos y espacios distintos del tiempo y del espacio mensurables.

 

Fuente: Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero (traducción de Esther Benítez), Editorial Bruguera, Barcelona, 1980.

 

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