Sobrevive un refrán sumerio, escrito en la ciudad de Ur hace tres mil años, que sentencia: “Un extranjero es líder en una ciudad ajena”. Si los refranes son “el ingenio de uno y la sabiduría de muchos”, como aseguraba Lord John Russell, la sabiduría sumeria parece, a primera vista, contraintuitiva. Al dejar lo familiar por lo ajeno, los extranjeros suelen sufrir de obvias desventajas. Se enfrentan a territorios desconocidos, a lenguajes y costumbres incomprensibles, a los prejuicios en contra del “otro” y se exponen a depender del arbitrio de poderes establecidos.

Ilustraciones: Izak Peón

Sin embargo, la sabiduría sumeria parece haber identificado un rasgo carismático del extranjero que podemos reconocer en diversos contextos históricos, cuando lo exótico es más atractivo que lo cotidiano y la debilidad parece virtud. Felipe Fernández-Armesto, uno de los pioneros de la Historia Global, ha revisado esta paradoja en el contexto del sureste asiático durante los siglos XVI y XVII denominándolo “efecto del extranjero” (the stranger effect), a saber: “la experiencia de bienvenida concedida en algunas sociedades a recién llegados que no son fácilmente clasificables sino como extraños, forasteros, extranjeros”.1

El efecto del extranjero, creo, ayuda a esclarecer ciertas dudas persistentes sobre por qué unos cientos de migrantes económicos castellanos acabaron obteniendo una posición de autoridad en Mesoamérica; por qué pudieron organizar una extensa alianza de señoríos locales para derrotar al altépetl imperial de Tenochtitlan-Tlatelolco y asentarse en él como los nuevos señores: el proceso que resumimos como la “Conquista de México”.

No parece suficiente hoy el argumento de que la conquista fue resultado de la voluntad o el genio de un “gran líder” como Hernán Cortés. Tampoco aceptamos que los conquistadores españoles gozaban de ventajas tecnológicas y culturales decisivas que explican su victoria militar sobre Tenochtitlan y su posterior autoridad sobre los millones de habitantes del Reino de la Nueva España.2 Un ejemplo burdo, pero que tiene la virtud de ser cuantificable, es el cálculo  de que entre 1519 y 1521 participaron en la conquista aproximadamente dos mil 100 españoles (difícilmente hubo más de mil a la vez), y seis de cada diez perecieron. Estas cifras contradicen las afirmaciones tradicionales sobre la invencibilidad española, la reticencia cultural de los mexicas a matar a sus enemigos o su famosa sumisión fatalista ante el regreso de divinidades.3 De hecho, en la conquista de México murió una proporción mucho mayor de españoles que los que solían morir en campañas análogas de Europa, pongamos por caso el del contingente de hasta seis mil españoles que sirvió en el también multiétnico ejército de los Habsburgo que derrotó y capturó a Francisco I de Francia en los campos de Pavía en 1525. Las cifras son mucho menos precisas, pero se calcula que de aquellos  españoles murieron sólo menos de uno en 15. Sabemos también que la gran mayoría de las expediciones españolas en el hemisferio americano fracasaron durante el siglo XVI. Paradójicamente, para quien sostiene que la expansión española se debió a la fuerza bruta, la realidad es que sus fracasos solían ser contra grupos marginales, como los llamados araucanos o chichimecas, que eran menos numerosos, estaban peor armados y menos organizados que los mexicas o los incas, contra quienes los españoles obtuvieron sus más notables victorias.

Gracias a las perspectivas amerindias que los “nuevos filólogos” y sus discípulos nos han develado, reconocemos hoy que la colaboración de diversos señoríos “indios” con los españoles fue indispensable para derrotar al imperio mexica.4 Sin la colaboración de esos aliados locales los españoles bajo el mando de Cortés hubieran muerto de sed y de hambre o en enfrentamientos con poblaciones hostiles, como ocurrió de hecho con otras expediciones españolas en las Américas. Admitida la dependencia española de sus aliados locales, sin embargo, debemos preguntarnos ¿cuál era la motivación de los señoríos mesoamericanos para atacar a Tenochtitlan junto con los españoles en aquel momento? Si la respuesta es el resentimiento que Tenochtitlan había generado por sus abusos imperiales, debemos preguntarnos ¿por qué no se había formado una coalición de señoríos contra el odiado poder imperial de los mexicas antes de la llegada de los españoles? No sólo sorprende que hayan necesitado aliarse con unos pocos extranjeros para cumplir sus propósitos. Más difícil de explicar es que los señoríos hayan aceptado cederle el mando a Cortés durante la fase violenta de la conquista; y que después trasladaran a los españoles la autoridad imperial que habían detentado los mexicas, en vez de mantenerla en sus propias manos o evitar el surgimiento de un nuevo imperio, si tanto resentían el de los mexicas. Para explicar estas incógnitas y entender la naturaleza de la conquista habría que concentrarse en los rasgos más sobresalientes de la expedición española: su extrañeza y su debilidad.

No fue sino hasta el otoño de 1520 cuando Cortés empezó a consolidar las alianzas que le permitirían conquistar Tenochtitlan. La fase anterior de su expedición, que normalmente se considera como el inicio de la conquista, había fracasado. Según los autores de la Primera Carta de Relación (firmada el 10 de julio de 1519) el propósito de emprender la marcha de Veracruz a tierra-adentro era que “esta tierra esté conquistada y pacífica”. Pero si el modelo de conquista que tenían era el de dominación militar ejercido en el Caribe, como debemos asumir que lo era, entonces sus ambiciones se habían frustrado ya en noviembre de 1519, cuando aceptaron ser huéspedes de Moctezuma en Tenochtitlan, en vez de conquistarla por la fuerza. No debería sorprendernos que su plan original les pareciera inviable, ya que la mancha urbana de Tenochtitlan-Tlatelolco era seguramente la más grande que jamás habían visto, con la excepción del par que habían estado en Estambul. Su extranjería y su exotismo los salvaron, en mi opinión, dada las viejas tradiciones de los altepeme más poderosos de Mesoamérica de incorporar a migrantes útiles a sus comunidades políticas. Esto normalmente ocurría cuando los migrantes formaban un calpulli o “segmento tribal” del altépetl, que les permitía a esos grupos cierta autonomía e identidad cultural propia dentro de un marco de adhesión a la autoridad del tlatoani (plural: tlatoque). Quizás, como parte de esta tradición, Moctezuma tenía la intención de usar a los españoles como una guardia personal o como mercenarios, de la misma manera que los señores de Azcapotzalco habían buscado emplear a sus antepasados mexicas cuando éstos eran también migrantes marginados, siglo y medio antes de la conquista. Pero tanto los mexicas como los españoles malentendieron los propósitos del otro. Cortés y sus seguidores mantuvieron la intención de imponer su autoridad sobre Tenochtitlan, pero ahora subrepticiamente, a través de la captura y la manipulación de Moctezuma. Pero esta estrategia también fracasó. Del otro lado, la política de tolerancia hacia los extranjeros ejercida por Moctezuma lo había desprestigiado frente a los mexicas por los insoportables abusos de sus invitados. Poco después de la misteriosa muerte de Moctezuma bajo la nominal protección, el cautiverio, de los españoles, los mexicas, hartos, derrotaron y casi arrasaron a los extranjeros y a sus aliados tlaxcaltecas en el transcurso de la “Noche Triste” del 30 de junio de 1520.

Los tlaxcaltecas, que habían resistido el imperialismo mexica por generaciones, salvaron al remanente de la expedición española. Después de todo, los españoles habían demostrado notables habilidades marciales un año antes, cuando ayudaron a los mismos tlaxcaltecas a vengarse sanguinariamente de los cholultecas por la defección de estos últimos al imperio mexica pocos años antes. En el verano de 1520 los sobrevivientes españoles se convirtieron en suplicantes de Tlaxcala. A cambio de su amparo, en los días posteriores a la Noche Triste, los tlaxcaltecas les impusieron un tratado de alianza que, de lograr su objetivo de derrotar a los mexicas, elevaría a Tlaxcala a ser el nuevo señorío imperial más importante del centro de Mesoamérica. Los españoles asumirían un papel de aliados secundarios, más parecido al de Tlacopan que al de Texcoco en la Triple Alianza que había liderado Tenochtitlan contra la anterior hegemonía imperial de Azcapotzalco.

Podemos entrever la precariedad de la situación de los españoles en la Segunda Carta de Relación (terminada el 30 octubre 1520), cuando Cortés describió cómo los sobrevivientes heridos y maltrechos (Cortés mismo había perdido dos dedos de la mano izquierda) no pudieron retirarse a su base en Veracruz después de la Noche Triste, aunque hubieran querido, porque “viendo que mostrar a los naturales poco ánimo, en especial a nuestros amigos, era causa de más aína dejarnos y ser contra nosotros… demás de ser vergonzoso a mi persona y a todos muy peligroso”. Durante el verano de 1520 los españoles dependían de la buena fe de los señoríos tlaxcaltecas y de su iniciativa.

En la misma Carta de Relación, sin embargo, podemos identificar con extraordinaria precisión en qué momento la iniciativa pasó a los españoles, y cuándo entendió Cortés la estrategia que reviviría y redefiniría sus ambiciones de conquista.

Cortés compuso la Segunda Carta de Relación acampado en la recién fundada Villa de Segura de la Frontera en la provincia de Tepeaca. Desde 1466 la provincia era una zona fronteriza entre Tlaxcala y el imperio mexica. Pero en 1520 su valor estratégico era que ocupaba parte del camino a Veracruz, de donde  empezaban a llegar refuerzos españoles, pero también estaba en la ruta de acceso hacia uno de los objetivos más deseados del “microimperialismo” de los tlaxcaltecas: el fértil Valle de Atlixco, por cuyo dominio habían competido por años con los señoríos de Cholula, Huexotzinco y el imperio mexica. Es altamente probable que el ejército hispano-tlaxcalteca estuviera pensado para iniciar una campaña militar que por fin le daría a Tlaxcala el control de Atlixco. Sin embargo, hacia el final de la Segunda Carta de Relación, Cortés anuncia que había interrumpido su relato para atender a una delegación del señorío de “Guacachula” (Cuauhquechollan, hoy en día Huaquechula, en el Valle de Atlixco). Cuando regresó de la entrevista a sus escritos, la posición de Cortés y los españoles había mejorado notablemente. Cortés relató que los cuauhquecholtecas habían denunciado a su tlatoani y lo habían responsabilizado de la reciente hostilidad del señorío hacia los españoles. Le advirtieron a Cortés que su tirano había partido a Tenochtitlan para solicitar refuerzos, luego de la reciente serie de victorias tlaxcalteco-españolas en la región. Sin embargo, sugerían que la ausencia del tlatoani era una oportunidad ideal para librar a Cuauhquechollan de su tiranía e instalar, en cambio, a su hermano como tlatoani. Según Cortés, la delegación le explicó que, aparte de sus otros méritos, el hermano del actual tlatoani era ferviente partidario de los españoles y lamentaba la reciente “rebelión” de los mexicas contra su autoridad, así como el hecho de que el actual tlatoani de Cuauhquechollan la estuviera auspiciando. A través de la agencia de su ahora principal intérprete, doña Marina, Cortés aceptó las excusas de los cuauhquecholtecas y estuvo de acuerdo en que, al “rebelarse” contra los españoles, el tlatoani ausente había perdido su derecho a gobernar, y que la facción de su hermano, que los delegados representaban, podía contar con apoyo español para orquestar un golpe de Estado. A cambio tendrían que cooperar en futuras operaciones militares con los españoles, además de, según Cortés, reconocer a Carlos V como su soberano.

Cortés relata luego cómo los españoles y sus aliados marcharon hacia Cuauhquechollan y aseguraron el control del altépetl para su candidato. Tan pronto como esto se logró, llegaron otros delegados a solicitar ayuda española, esta vez desde el altépetl vecino de Izúcar (hoy Izúcar de Matamoros), donde, según se decía, Moctezuma había asesinado años antes al tlatoani legítimo, e impuesto como gobernante a su propio candidato, el cual estaba casado con una sobrina suya. El ejército bajo el mando de Cortés, robustecido por sus nuevos aliados cuauhquecholtecas, derrotó a un contingente de fuerzas mexicas en las cercanías de Izúcar y, después de la fuga de su tlatoani, Cortés determinó la disputada sucesión a favor de un nieto (por parte materna) del ex gobernante asesinado por Moctezuma, cuyo padre, coincidentemente, era nada menos que el tlatoani que Cortés había instaurado recientemente en Cuauhquechollan.

Para Cuauhquechollan este desenlace fue una notable victoria en su estrategia para controlar Atlixco sin tener que someterse a los mexicas o a poderosos vecinos como los tlaxcaltecas, los cholultecas o los huexotzincanos. Una victoria tan obvia pronto atrajo a otros suplicantes con aspiraciones similares a buscar una audiencia con Cortés. Al regresar a su escritorio en Segura de la Frontera para informar al rey sobre estos repentinos éxitos, Cortés pudo concluir su informe epistolar con sorprendente confianza en el porvenir de su expedición:

De manera, que puede vuestra alteza ser muy cierto que, siendo Nuestro señor servido en su real ventura, en muy breve tiempo se tornará a ganar lo perdido o mucha parte de ello; porque de cada día se vienen a ofrecer por vasallos de vuestra majestad de muchas provincias y ciudades que antes eran sujetas a Mutezuma, viendo que los que así lo hacen son de mí muy bien recibidos y tratados, y los que al contrario, de cada día destruidos.

Hasta en la autocomplaciente carta de Cortés podemos apreciar que la iniciativa detrás de formar una alianza con los españoles venía de facciones indígenas, y que sus motivaciones estaban definidas por intereses locales ante los cuales Cortés más bien sólo reaccionaba. Pero Cortés tenía razón en sentirse optimista, porque podía notar que todas las facciones indígenas acudían a él para socorrerlos en vez de a los tlaxcaltecas. Aquí el “efecto del extraño” ofrece una explicación plausible al porqué tantos actores indígenas estaban más dispuestos a alinearse con extranjeros españoles que con sus vecinos inmediatos, como Tlaxcala. Un importante atractivo de la extrañeza es la ignorancia de los observadores respecto del “extraño”, lo cual le permite al observador atribuirle tanto las cualidades que pueden ayudarlo como los defectos que lo asustan. Facciones descontentas dentro de los señoríos vieron en los españoles un atractivo desapego e imparcialidad, combinados con una capacidad para la violencia que podía ayudarlos a resolver conflictos locales hasta entonces insuperables. A diferencia de los tlaxcaltecas, los españoles nunca habían atacado el Valle de Atlixco ni estaban comprometidos con intereses locales, o constreñidos por reglas políticas tradicionales. Las facciones descontentas contaban con la ignorancia española del contexto local para poder manipularlos. Adivinaban, correctamente, que, desde la perspectiva española, cualquier aliado era bienvenido, aunque fuera un usurpador o un rebelde. El costo de aceptar el mando español tampoco parecía excesivamente alto: implicaba enviar tropas o recursos para luchar a su lado y tal vez la necesidad de erigir una cruz, someterse a rituales de bautismo y destruir algunas estatuas, pero la recompensa era el poder.

En los meses siguientes casi todos los señoríos de los que tenemos información tuvieron brotes de luchas entre facciones, similares al ocurrido en Cuauhquechollan. El faccionalismo era latente en las organizaciones políticas de los altepeme del centro de Mesoamérica, pero durante periodos de sucesión al señorío asomaba de manera sanguinaria. Distintos grupos de nobles (pipiltin en nahuatl; singular: pilli) de los altepeme tenían la responsabilidad de elegir a sus nuevos tlatoque entre los descendientes o parientes cercanos del antiguo titular. Dada la preponderancia de prácticas poligámicas, los candidatos podían ser cuantiosos, y mucho estaba en juego con el resultado. La victoria de un candidato garantizaba el estatus noble de su rama y de su estirpe, pero condenaba a sus parientes más lejanos, o a sus rivales odiados, a la cancelación de su estatus nobiliario, para ser eventualmente subsumidos en la masa de los plebeyos (macehualtin en nahuatl; singular: macehual). En Tlaxcala, por ejemplo, el término teixhuiuh, “nieto de alguien” describía a un individuo en vías de derogación, por contraste con el término pilli, “hijo de alguien”, que describía a un miembro de la nobleza.

La cercanía de los españoles no alteró los objetivos tradicionales de las clases gobernantes de los altepeme, pero les ofreció un camino nuevo para alcanzarlos. La facción cuauhquecholteca que interrumpió a Cortés en sus esfuerzos epistolares no sólo tomó el poder en su altépetl sino que alcanzó su añorada autonomía ante la amenaza de la dominación de sus vecinos.

El caso más espectacular, y decisivo para el curso de la conquista, fue el éxito de la alianza entre los españoles y la facción liderada por Ixtlilxóchitl de Texcoco. Desde antes de la llegada de Cortés, Ixtlilxóchitl ya había conducido una rebelión contra su hermano Cacamatzin, a quien Moctezuma había impuesto como tlatoani (o chichimecatecuhtli para utilizar el título correcto del gobernante de Texcoco y su hinterland de Acolhua) al intervenir imperiosamente en la elección de un señorío que debería haber considerado como un aliado más que como un súbdito. A cambio, Cacamatzin había concedido a Tenochtitlan todo el chinampaneca tlacalaquilli (tributo de las chinampas del lago de agua dulce de Xochimilco), aunque esto privaría a Texcoco de una fuente crucial de alimentos y deshacía uno de los acuerdos fundamentales entre los miembros fundadores de la Triple Alianza. En la medida en que la autoridad de Tenochtitlan se derrumbaba, era natural que Ixtlilxóchitl y muchos otros en Texcoco desearan unirse al enemigo de sus enemigos. Después de que Ixtlilxóchitl tomara Texcoco, con la asistencia de sus nuevos aliados, su puerto daría acceso al lago a los bergantines españoles, lo que jugaría un papel decisivo en el sitio de Tenochtitlan-Tlatelolco.

Ante el creciente número de usurpaciones exitosas del poder en la región de Atlixco y sus alrededores —y vistas las secuelas revanchistas y sangrientas que producían— diversos tlatoque decidieron abandonar a los mexicas para unirse a la nueva confederación liderada por Cortés. Aquellos gobernantes establecidos que se aliaron a Cortés no tenían tantas razones para odiar al imperialismo mexica como los usurpadores que tomaron el poder en otros altepeme, ya que en muchos casos habían sido sus mayores beneficiarios. Pero tres ejemplos pueden ilustrar la compleja variedad de razones por las cuales desertaron.

Huexotzinco había buscado incorporarse al imperio mexica voluntariamente poco antes de la llegada de los españoles, después de que había fracasado un intento tlaxcalteca de imponer una facción favorable a ellos y contraria a los mexicas. A cambio de su protección, los mexicas habían exigido que Huexotzinco les enviara a Camaxtli, su diosa patrona, cuya escultura sería exhibida en la pirámide de los dioses vencidos en Tenochtitlan. Ante tal humillación los huexotzincas titubearon, hasta que la llegada y creciente autoridad de los españoles en 1520 les dio otra alternativa, aparentemente menos desagradable que la de someterse a los mexicas o a los tlaxcaltecas.

Siguiente ejemplo: don Gonzalo Matzatzin Moctezuma era un pariente de Moctezuma a quien el huey tlatoani había favorecido convirtiéndolo en tlatoani de Tepexi (hoy Tepexi de Rodríguez), un altépetl estratégico para controlar la ruta de acceso del valle de Puebla al valle de Oaxaca, la región en la que Moctezuma había concentrado sus esfuerzos de expansión imperial. Las motivaciones de Matzatzin para transferir su lealtad a Cortés parecen haber sido personales y oportunistas: Moctezuma, su benefactor, había muerto y Matzatzin tenía intenciones de conquistar varios otros señoríos en la ruta hacia Oaxaca para consolidar su supremacía regional. Al profesar su lealtad a Cortés y expresar su consecuente interés en derrotar a señoríos nominalmente leales a los mexicas, Matzatzin podía lograr sus cometidos con la asistencia de sus nuevos aliados. Los mexicas difícilmente le hubieran brindado ayuda para una empresa tan agresiva contra sus otros súbditos, ya que una de las justificaciones de su imperio era mantener el statu quo.

Como Matzatzin, Necuametzin, el señor de Tlalmanalco en el fértil valle de Chalco, también tenía sangre de la dinastía gobernante de Tenochtitlan. En su caso porque el huey tlatoani Axayácatl había forzado a las mujeres de las dinastías gobernantes de Chalco a volverse sus concubinas como parte de su estrategia de dominio sobre la zona después de la violenta conquista mexica alrededor de 1465. Inicialmente los mexicas habían gobernado la provincia a través de oficiales mexicas (calpixques) en vez de las dinastías gobernantes tradicionales, para garantizar la extracción, a través de una alta tasación tributaria, de los alimentos que producían sus fértiles suelos accesibles a los tenochcas por su proximidad al lago. De ahí podían transportar los bienes en canoas y no sobre los hombros de tamemems o cargadores que después de cierto número de kilómetros consumían más comida de la que podían cargar. Junto con los señoríos de Xochimilco, los de Chalco mantenían a la muy nutrida población de Tenochtitlan, la mejor garantía de su poder. Necuametzin, como otros señores chalcas descendientes de Axayácatl y de las dinastías gobernantes chalcas, había recuperado su mandato sobre Tlalmanalco. Sus excelentes relaciones con los mexicas dieron por resultado que Tlalmanalco desplazara a Amecameca como el altépetl hegemónico de la provincia. Pero el favorecimiento de su dinastía implicaba un costo alto para la población de Chalco en general, que seguía teniendo que pagar un elevado tributo. El descontento provocado por este arreglo es palpable en la existencia de 15 mil chalcas exiliados en Huexotzinco, que por años habían esperado la oportunidad de vengarse de Necuametzin y su dinastía. Para salvaguardar su posición de dominio sobre Chalco y frustrar la revancha de sus enemigos Necuametzín apostó por unirse a la confederación española. A cambio, Cortés lo ayudó a imponer su autoridad más formalmente sobre Chalco, lo cual terminó en el ascenso de los hijos de Necuametzin, Acazitli y Omacatzin, a los tradicionales títulos de autoridad en Chalco de tlatic teuhctli y teohua teuhctli, respectivamente.

¿Dónde estaban las afamadas fuerzas mexicas en todo esto? Propongo dos razones para explicar su inhabilidad para frenar el colapso de su imperio. Primero, hay indicios de que los mexicas mismos sufrieron de cierto faccionalismo en el otoño de 1520, debido a una crisis de sucesión. Cuitláhuac, el hermano y sucesor de Moctezuma, murió, posiblemente por la primera epidemia de viruela en Mesoamérica en septiembre de 1520. Los procesos de elección de un nuevo huey tlatoani, así como los ritos de confirmación de su sucesión, eran tardados y la nobleza tenochca tuvo que elegir a su sucesor sin tener un candidato inimpugnable. La eventual victoria de Cuauhtémoc fue problemática, como sugiere el hecho de que sólo asumió el trono plenamente hasta febrero de 1521. Cuauhtémoc era primo de Moctezuma, no uno de sus hijos, pero además era descendiente de la dinastía que había gobernado Tlatelolco hasta que los tenochcas reprimieron su autonomía en 1473. Las tensiones que esto generó fueron reportadas por miembros de la elite tenochca, poco después de la conquista. Según estas fuentes, al asumir el poder Cuauhtémoc ejecutó a Atlixcatzin, el hijo de Moctezuma (¿quizá llamado así en honor a la victoria de su padre sobre Atlixco?), junto con otros nobles que favorecían la negociación con los españoles y sus confederados. Alegaban, además, que buscó afirmar la primacía de Tlatelolco sobre Tenochtitlan. La acérrima resistencia de Tenochtitlan-Tlatelolco sugiere que, de una manera u otra, Cuauhtémoc resolvió la lucha interna que enfrentó, pero su distracción en esta batalla interna le dio tiempo a los españoles para adquirir una masa crítica de aliados.

El segundo motivo de la ineficacia militar mexica fue el ritmo abrumador en que diversas facciones y señoríos se unieron al liderazgo español. Los mexicas habían construido su imperio junto con sus aliados en un siglo, pero en menos de un año los españoles estaban a la cabeza de muchos de sus súbditos más poderosos, además de sus antiguos enemigos. Los mexicas no tenían los recursos para atender tantos frentes a la vez.

Al forjar alianzas tan rápidamente los españoles adquirieron una autoridad desproporcionada a su fuerza. Con cada nuevo aliado que le juraba lealtad a Cortés, en vez de a los tlaxcaltecas, los españoles  dependían menos de los tlaxcaltecas, y de cualquier otro señorío. Rápidamente se volvieron indispensables para mantener en pie una confederación cada vez más amplia y heterogénea. Como líderes de la confederación, los españoles también garantizaban el estatus que sus seguidores habían usurpado o consolidado a través de apropiaciones o represiones contra sus enemigos que en otros contextos hubieran traído represalias inmediatas. Se construyó así una dinámica según la cual los diversos señoríos de la confederación competían por demostrar mayor lealtad a la causa de los españoles. Un ejemplo ilustrativo es el de la caída de Xicoténcatl “el mozo”, hijo de Xicoténcatl “el viejo” señor del altépetl tlaxcalteca de Tizatlán y comandante clave durante el asedio a Tenochtitlan. Cuando Xicoténcatl “el mozo” abandonó su puesto para mostrar su desacuerdo con algunas órdenes de Cortés, rápidamente fue capturado por las fuerzas de otros aliados indígenas, desheredado por su padre y ejecutado por traición. Su único defensor fue Pedro de Alvarado, un capitán español que había forjado una alianza sentimental con la hermana de Xicoténcatl “el mozo”, doña Luisa Xicoténcatl.

Habiendo logrado una posición indispensable en su gran confederación, los españoles la usaron para, finalmente, cumplir su propósito de conquistar Tenochtitlan-Tlatelolco. A pesar de la alta moral y la voluntad para resistir que había logrado sembrar Cuauhtémoc en los habitantes de la poblada ciudad, las fuerzas de la confederación cortesiana lograron, con grandes esfuerzos, entre ellos la surreal circunstancia de librar operaciones navales a dos mil metros de altura, cercar a Tenochtitlan-Tlatelolco. Sin el tributo alimenticio proveniente de Chalco y Xochimilco, ni los medios para recuperarlo, la densidad de la población mexica empezó a jugar en su contra, sus reservas de comida empezaron a agotarse. Cuando las fuerzas de la confederación cortesiana lograron poner pie firme en la isla misma, la derrota mexica estaba prácticamente garantizada. Aún así la resistencia se dio de calle en calle, causando daños irreparables a la ciudad, hasta que, después de una batalla particularmente sangrienta en Tlatelolco, el 13 de agosto de 1521, García de Holguín capturó a Cuauhtémoc mientras trataba de escapar, y los mexicas por fin se rindieron.

Sin embargo, yo argumentaría que la importancia de esa fecha ha sido exagerada. No fue por derrotar a los mexicas que los españoles adquirieron un imperio mesoamericano: más bien, pudieron derrotar a los mexicas porque habían logrado la adhesión y tenían autoridad sobre los señoríos más importantes de lo que había sido el imperio mexica. Esto lo lograron casi por accidente, pues la iniciativa de aliarse con Cortés vino de los líderes y las facciones en pugna de los altepeme de Mesoamérica. Su motivación era ganar en luchas de poder locales. Pero los españoles tenían otros objetivos.

En su Segunda Carta de Relación, Cortés presentó al imperio mexica como un gran reino europeo: con su capital en Tenochtitlan y sus diversos vasallos en los altepeme, a tal grado que pidió permiso de nombrar a ese reino la “Nueva España del Mar Océano”. Era indispensable esa interpretación porque los conquistadores también eran usurpadores. Habían usurpado la autoridad del gobernador de Cuba para lanzar su expedición y justificar su marcha tierra-adentro. Para legitimar su expedición inventaron, en el otoño de 1520, la ficción de que Moctezuma había aceptado voluntariamente convertirse al cristianismo y volverse vasallo del emperador Carlos V pero, desgraciadamente, los mexicas habían tomado armas en contra de Moctezuma, su señor natural, causando su muerte.

El término “conquista” a partir del otoño de 1520, por lo tanto, era lo que nosotros llamaríamos una reconquista o una guerra justa en la que Cortés y los otros leales y abnegados vasallos de Carlos V buscaban recuperar los derechos perdidos de su monarca frente a rebeldes impíos. Según el conquistador Francisco de Aguilar, Cortés le prometía a sus seguidores que si prevalecían, el rey los convertiría en “condes o duques y señores de dictados” y con esa promesa “de corderos nos tornaba leones”. Pero si no cumplían con su conquista, aunque lograran escapar a la violencia de sus enemigos indígenas, en vez de “cenar al son de trompetas”, como alguna vez, se dice, había soñado Cortés, “morirían en la horca” como criminales. Esta combinación de miedos y ambiciones, tan típicas de inquietos aventureros, pícaros y arribistas, explica la conducta temeraria y desesperada de la expedición española.

Después de la caída de Tenochtitlan-Tlatelolco los aliados de Cortés seguirían necesitando su aparente neutralidad para arreglar disputas entre ellos, y de su apoyo militar para evitar las represalias de los rivales a los que habían despojado y usurpado. A cambio del apoyo español, elites “indias” de la posconquista restablecieron el sistema tributario, de servicio militar o de mano de obra, que había regido al imperio de los mexicas, pero ahora en beneficio de los españoles. Mientras tanto el rey español decidió no condenar a sus desobedientes vasallos a la horca, pero tampoco les otorgó las grandes mercedes que ellos habían esperado, porque sospechaba de sus intenciones, de la legitimidad de su conquista y de sus capacidades para gobernar fielmente a su nombre.

El arreglo político entre “indios” y españoles nacido de la conquista tuvo como eje la interdependencia característica de hombres de poder conscientes de su ilegitimidad. En este sentido la conquista debe considerarse como el acto fundador de las costumbres políticas de la Nueva España, pero también como su pecado original. Al buscar redimir ese pecado original, las elites novohispanas produjeron algo inesperado y creativo. Para demostrar su mérito ante las sospechas de sus vecinos, de la corona española o de la iglesia católica, tendrían que minimizar cualquier triunfalismo en torno a sus hazañas violentas durante la conquista y resaltar, en vez, su virtud política y piedad religiosa. El marco retorico que emplearon era el de la conversión, que resalta la posibilidad del cambio hacia algo mejor, definido así por ciertos ideales compartidos. El idealismo novohispano generaría una cultura política sui generis que pronto se concebiría a sí misma como una alternativa superior a las tradiciones puramente “indias” o europeas de las que habían originado. Además, esta cultura estaría vinculada intelectual y afectivamente a una nueva manera de apreciar el territorio donde vivían, y donde podrían encarnar sus ideales, como un bien en común. La conquista dejaría de ser un acto decisivo que produjo vencedores y vencidos para convertirse en un proceso de conversión hacia ideales que buscaban incorporar a los vencidos o los excluidos a una nueva comunidad política novohispana —con tal de que aceptaran sus preceptos y jerarquías. Significativamente, el antiguo altépetl imperial de los mexicas no había dejado de existir por la violencia de la conquista, en vez se había convertido en la Ciudad de México-Tenochtitlan, cabecera del creciente Reino de la Nueva España. O como lo expresaría fray Toribio de Benavente (Motilinía) en su famosa exhortación a la urbe, sin mencionar la conquista: “eras entonces una Babilonia llena de confusiones y maldades, ahora eres otra Jerusalén, madre de provincias y reinos”. Inesperadamente, desde la perspectiva de la nacionalidad mexicana, el legado de la conquista más relevante fue la necesidad de sus partícipes por convertirla en parte de una narrativa de conversión que redimía tanto a “indios” paganos como a españoles caídos y con ello los unía en una nueva comunidad.

 

José-Juan López Portillo
Profesor-investigador de la división de historia del CIDE. Su libro más reciente es: Another Jerusalem: Political Legitimicy and Cortly Government in the Kingdom of New Spain (1535-1568).


1 Felipe Fernández-Armesto, “The Stranger-Effect in Early Modern Asia”, Itinerario, 24, 2000, pp. 80-103.

2 El mejor resumen sigue siendo el de Matthew Restall: Seven Myths of the Spanish Conquest, Oxford, 2004.

3 Matthew and Oudijk, Indian conquistadores, 25, n. 22.

4 Los mejores ejemplos se encuentran en los capítulos de Michael R. Oudijk ed., Indian conquistadors: Indigenous allies in the conquest of Mesoamerica, Norman, University of Oklahoma Press, 2007.

 

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