Cuando en un día de octubre, uno de esos días de octubre que se dirían expresamente concebidos para releer algo excepcional, extraes del estante de la biblioteca un libro de Esquilo, adviertes de inmediato si el día elegido es el adecuado o no para ello. Y es que Esquilo es uno de esos creadores que no se avienen con cualquier día. Reclama una disposición espiritual peculiar. Habida cuenta de que sabes de Esquilo desde la adolescencia, te lo han enseñado en la escuela, has oído hablar de él en los programas culturales de la televisión, etcétera, no experimentas, por así decirlo, curiosidad alguna por él, de modo que su lectura o, más propiamente, su relectura constituye en sí misma un “acto electivo”.

En realidad, los términos “lectura” o “relectura” resultan imprecisos en esa circunstancia. Hojear uno de sus textos supone una meditación más que una lectura, hasta el punto de que, en el transcurso de la misma, lo natural sería que el libro se mantuviese más tiempo cerrado que abierto.

Con que si, después de todos los preliminares mencionados, percibes que el día no es el oportuno, lo mejor será que devuelvas el libro al estante y esperes mejor ocasión.

 

Ismaíl Kadaré, Esquilo (traducción de Ramón Sánchez Lizarralde y María Roces), Ediciones Siruela, Madrid, 2006.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.