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Una estrofa del poeta mexicano Salvador Díaz Mirón (1853-1928) en su poema “Idilio” ofrece un ejemplo de musicalidad verbal que limita con el amontonamiento de sonidos y en cambio sale de él felizmente. Dice:

Y al trotar de un rocín flaco y mocho,
un moreno, que ciñe moruna,
transita cantando cadente tontuna
de baile jarocho.

El fragmento es como una demora, un deleite en su propio flujo rítmico y es como si pudiera seguir para siempre; los sonidos parecen confiados en su adecuación morosa y en un momento parecen también no darse cuenta de lo que el oído sí: se están encimando; es decir, el ritmo se expone al choque, al ruido, al embotellamiento de “sutilezas” absortas en sí mismas: un recargo.

Mocho, moreno, moruna: aún no es el recargo; “reno” y “runa” desvían admirablemente el peso auditivo de los tres “mo”; el “transita” del tercer verso remite enseguida, y con destreza, al “trotar” del primer verso; pero el “transita” suma sus “tes” y sus “enes” a “cantando cadente tontuna” que a su vez agrega los sonidos “k” para entorpecer aún más el ritmo demorado de las “tes” y las “enes”, que también se unen a las “enes” previas: “moreno/moruna”. La estrofa apenas puede resistir este exceso y cuando, digamos, el oído engolosinado quiere “oir sangre”, quiere que siga el malabarismo insostenible para regodearse en el choque y el porrazo, viene el decepcionante:

de baile jarocho,

que vuelve perfecto todo lo anterior. Con la música a punto de atascarse viene la fluidez, la armonía final con un golpe nada armónico —o armónico sólo si notamos que el “ro” de “jarocho” alitera con el “re” de “moreno” y el “ru” de “moruna”— pero necesario para descargar la estrofa y hacernos volver a su magia de nuevo.