La literatura inventa, no miente. La vida inventa, en ocasiones no miente, otras veces engaña y con frecuencia deforma. Hablo de quienes escriben ficción y de quienes diseñan y manejan las vidas de los seres humanos y de la Tierra. Los primeros siembran ideas y buscan palabras adecuadas; leer significa profundizar. Quienes dirigen la vida de las personas, tejen y destejen a su antojo. En ocasiones para bien, otras veces para mal. Ver la Tierra para afirmar.

La literatura es una patria universal a la cual se puede acceder o no. Es un espacio maravilloso para quien desee habitarlo y una casa cuyas paredes suelen abrazar a quienes se sientan entre ellas.

La vida, sus inquilinos, desde siempre, han encontrado herramientas por serendipia o las han creado por su inteligencia. A los seres humanos les gusta crear instrumentos. Desde el fuego y las piedras convertidas en lanzas, sin olvidar los palos y el lodo con los cuales “todos” los niños del mundo han construido casas, hasta las nuevas tecnologías, i.e., robótica e inteligencia artificial. Inmensas las distancias entre lanzas y drones. Inimaginable para nuestros ancestros de hace tres o cuatro décadas el progreso y el desarrollo de incontables parafernalias. Pensar en la tecnología y sus usos, avanzado el siglo XXI, es obligado. Los jóvenes, porque han convivido con su imparable auge; los mayores, por ser testigos de las nuevas tecnologías y de sus efectos, positivos y negativos, sobre nuestra especie y nuestros quehaceres.

Ilustración: Kathia Recio

En el rubro de la técnica y ciencias afines, crear, cuando existen condiciones económicas y sociales adecuadas, es condición innata de la humanidad. No en balde El moderno Prometeo es el subtítulo del Frankenstein de Mary Shelley. Arrebatarle el fuego sagrado de la vida y rivalizar con Dios es, incluso en ciencia ficción, una empresa enorme. La tecnología y el ser humano contemporáneo no le han arrebatado el fuego a Dios; han hecho algo diferente: han generado una serie de necesidades a partir de la tecnología, desde los combustibles y los plásticos hasta las bombas atómicas cuyos legados los vive la casa Tierra y los padece y padecerá nuestra especie.

De las bondades de la tecnología nadie duda: agua entubada, vacunas, electricidad, telefonía celular. De sus destrozos imposible sustraerse. Un ejemplo: el uso excesivo e inadecuado de combustibles, según la Organización Mundial de la Salud, produce la muerte de entre siete y nueve millones de personas por año; uno de cada seis decesos a nivel mundial se debe a la contaminación. La tecnología afecta la vida de la sociedad como lo demuestran los datos previos, y del individuo en particular.

La intimidad no es dádiva, es un espacio de gran valor, fundamental, crítico, personal. Invadir la intimidad es una epidemia reciente, progresiva, sin coto, nauseabunda, contagiosa. Buscar en internet es suficiente para que máquinas rastreadoras de la arquitectura humana conozcan los gustos e inclinaciones de las personas. Lo mismo sucede con Facebook, LinkedIn y sucedáneos. Esos artilugios saben, en ocasiones, mucho más de las personas que los familiares o los compañeros de oficina. Dentro de una miríada, de nuevo, un ejemplo.

En mayo 2019, en San Francisco, se prohibió el uso de una herramienta de inteligencia artificial para identificar los rostros. Los sistemas de reconocimiento facial en la actualidad son parte de la cotidianeidad. Su diseminación va de la mano con el poder económico/tecnológico de las naciones: entre mayor capacidad económica, mayor vigilancia. “El rostro ya se utiliza en el mundo para desbloquear móviles, sacar dinero en cajeros, pagar en establecimientos, realizar controles en aeropuertos o identificar sospechosos en eventos multitudinarios. Su uso ha reabierto el debate: ¿hasta qué punto merece la pena la pérdida de privacidad a cambio de la promesa de una mayor seguridad” (El País, 26 de mayo de 2019). En China, para 2022 —¡ya!—, se calcula que habrá dos mil 760 millones de cámaras de vigilancia, casi dos por persona.

Para Emanuel Lévinas, el rostro, mirar al otro y responsabilizarse de él es un acto ético. El rostro habla, sus guiños y rictus humanizan. “La libertad consiste en saber que la libertad está en peligro… saber o ser consciente es tener tiempo para evitar o prevenir el momento de inhumanidad”, escribe Lévinas. Pienso en el filósofo y en las cámaras sembradas por doquier; utilizar la tecnología como herramienta para saber quién es quién, qué hace y qué no hace tiende a convertirnos en las herramientas de nuestras herramientas.

En el futuro quizás se desarrollen empresas expertas en psicoterapia —no es ironía—, las cuales, a partir de la “tecnología robotizada” ofrezcan terapia vía robots sabedores de los amores y desamores de las personas, de sus gustos y tormentos, de sus predilecciones y de sus fortalezas y debilidades. La literatura y otros “valores humanos” dejarán de ser una patria y sus tierras las ocuparán los dueños de la tecnología. Si eso sucede, el ser humano de las próximas décadas será otro tipo de ser humano.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.