Son un ejército las personas que realizan negocios durante una comida. No eligen la banca de un parque, un partido de beisbol, la montaña rusa o el hipódromo. Debe ser en un restaurante, caray. A mí me gusta comer solo y tal como lo he repetido tantas veces, me parece mal educado masticar frente a otra persona. Y cuando me cito en un restaurante a comer con gente sé que la pasaré mal, que fingiré disfrutar la comida y que los meseros se llevarán mi plato casi intacto (regularmente pido una sopa o cualquier minucia y recuerdo toda vez la sentencia de Ángel Muro en El practicón, Ediciones Poniente, 1982): “Las sobras deben tratarse con esmero y pulcritud; y no se debe, en buena ley, tirarlas o desperdiciarlas”. Lo que sucede, en realidad, es que prefiero conversar a comer, y ambas cosas no van de la mano. El único momento en el que logro realizar estas dos acciones son en familia o al lado de amigos muy cercanos; ahí la convivencia te traslada a un establo, y rumiar al lado de otros bovinos se convierte en un acto natural y necesario. Me arriesgaré a decir que, si uno come y hace negocios al mismo tiempo, alguno de ambos aspectos pierde y sale mal parado: o te indigestas o tu negocio se va por un caño. Alguna vez estuve en Bremen y, como en la mayoría de las ciudades alemanas, ahí también la comida era simple y campesina. El refinamiento arquitectónico se hallaba muy por encima de la delicadeza culinaria. Y no obstante tal disparidad, yo me encontraba muy a gusto en las tabernas alemanas: una sopa de papa o cebolla; ensalada de col; schnitzel; salchichas; gulasch; vino o varios litros de cerveza. Comía solo o en compañía de mi pareja, y cuando tenía que convivir con mis anfitriones —profesores de literatura y críticos, por lo general— entonces no pedía más que un strudel, un helado y vino blanco.

Ilustración: Sergio Bordón

Mi madre guisaba decenas de platillos para orgullo y placer de mi padre. ¿Él se lo merecía? No sé. Trabajaba duro, y ella también. Recuerdo algunos guisados que mi madre preparaba con muy buena mano: picadillo; espinazo en salsa verde; cerdo en verdolagas; adobo; mole de olla; bacalao a la vizcaína; chiles rellenos; albóndigas en chipotle; mole poblano; pipián; chambarete entomatado; tortas de carne en caldillo de jitomate; salpicón; calabazas rellenas de queso y un montón de guisos que dependían del humor materno, la economía y la temporada en que ella los cocinara. Cito las palabras de José N. Iturriaga: “¡Qué abismo de diferencia hay entre la insípida baguete francesa, o el pepito tan desprovisto, o el magro bocadillo español, o la hamburguesa, o el hot dog, y una torta compuesta mexicana!” (Conquista y comida, UNAM, 1996). Una exclamación similar podría haber hecho yo al comparar la compleja comida que se preparaba en casa de mis padres o en la de mis abuelas, con la modesta comida alemana que se ofrecía en los restaurantes más opíparos. Y, sin embargo, yo me sentía muy a mis anchas ante un platillo simple y regado con un vino modesto en una taberna bávara, por ejemplo. 

Ha escrito John Searle, en su libro Actos de habla (Cátedra, 1980): “Considero que es una verdad analítica sobre el lenguaje que cualquier cosa que quiera ser dicha puede ser dicha”. “Y si la lengua en la que se habla es pobre no hay motivos para no pensar en enriquecer su sintaxis o su vocabulario para que el hablante tenga la posibilidad de decir lo que desea decir”. Yo estoy medianamente de acuerdo con esta afirmación, pero de lo que no estoy nada seguro es que uno sepa lo que quiere decir, y en tantas ocasiones las palabras son más bien bramidos de un sentimiento e impulso temperamental que no encuentra los cauces para convertirse en una expresión refinada o eficaz al menos. O comes o piensas, ¿quién es capaz de realizar ambas acciones a la vez? Y en el caso de que conversar sea pensar, al menos desde la perspectiva de mi débil entendimiento, entonces ambas cosas se contraponen. Conversar con alguien que no ha leído buenos libros no resulta tan desolador, si el interlocutor es un buen observador, es prudente, y sabe escuchar. Te percatas de que estás con alguien que, al igual que tú, continúa aprendiendo y a la caza de palabras, personalidades y conceptos nuevos. Y permítanme arriesgar una opinión muy general: en México sabemos comer bien, pero no conversar. Por supuesto se habla mucho, se difama, se chismea y se obtienen conclusiones disparatadas, pero el acuerdo profundo, el entendimiento de la diferencia, e incluso el placer de la discordancia no aparece en la mesa. ¿No es la política actual, por citar otro ejemplo, consecuencia de ello?

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “Comer y conversar

  1. Me encantó la pulcritud del texto, no obstante tuve la percepción extraña de que estaba incompleto. Buen detonador.