Antes de comunicarnos con palabras, nos comunicamos cantando.

Que la música tiene una raíz biológica que por millones de años antecede a su propuesto origen cultural no es una hipótesis reciente. Ya en 1871 Darwin, en El origen del hombre: la selección natural y la sexual (The Descent of Man) conjeturaba que: “La imitación de gritos musicales por sonidos articulados ha podido ser el origen de palabras traduciendo diversas emociones complejas”, pero es gracias al trabajo de científicos como Steven Mithen, autor de The Singing Neanderthals (título al que, en la traducción, decidieron añadir género musical, quedando como Los neandertales cantaban rap), que la arqueología cognitiva —el estudio de cómo pensaban nuestros ancestros, a partir de los restos que de ellos y de sus actividades dejaron tras su paso en la Tierra— ha acometido la, en apariencia, imposible tarea de comprender y entrelazar la evolución de la música con la de nuestra especie sin jamás tener la oportunidad de escuchar una sola nota emitida por los fragmentos del cráneo de algún humano prehistórico.

Ilustración: Oldemar González

A diferencia de Darwin, en el siglo XVIII Jean-Jacques Rousseau y más tarde el lingüista decimonónico Otto Jespersen habían propuesto que la música y el lenguaje eran el resultado, no el uno de la otra, sino que ambos surgieron de una misma forma de comunicación ancestral que algunos científicos han bautizado como lenguaje protomusical o, simplemente, musilenguaje. La ruta evolutiva trazada por Mithen para este musilenguaje inicia con el Australopithecus afarensis, hace más de tres millones de años. Los fósiles de esta especie muestran una reducción en el tamaño de sus dientes con respecto al de homininos más antiguos y una cavidad oral más grande y flexible; estos cambios anatómicos ampliaron la diversidad de sonidos que Lucy y sus congéneres habrían emitido como parte de su rutina diaria en las llanuras pliopleistocénicas.1

¿Para qué habrían requerido los australopitecos un mayor repertorio de sonidos? ¿Acaso no les bastaba con dar la alarma gritando, cada vez que aparecía un depredador a lo lejos? Sabemos que especies no tan emparentadas entre sí, como lo está Lucy (nombre afectuoso del primer ejemplar que de esta especie se halló) con nosotros, pero que, al igual que ella en tiempos prehistóricos, viven actualmente en sociedad —monos, perros de la pradera y suricatas, entre otras—, emiten diferentes sonidos para avisar a los miembros de su comunidad si, por ejemplo, están a punto de sufrir el ataque aéreo de un águila, o el rastrero de una serpiente, y actúan de manera distinta y en consecuencia en cada caso. En vista de ello, es muy probable que los australopitecos se hubiesen visto presionados en el mismo sentido a usar vocalizaciones con diferentes mensajes.

El antropólogo Robin Dunbar va más allá al considerar que, a diferencia del acicalado “tradicional” que vemos en otros primates —como chimpancés, bonobos y babuinos—, y que ayuda a construir y fortalecer redes sociales sin necesidad de Facebook y con beneficios más tangibles —como la remoción de piojos y otros parásitos—, en grupos sociales cada vez más grandes, como los constituidos por Lucy y el resto de los australopitecos, fue necesario extender este acicalado por otros medios ante la imposibilidad de —rigurosamente hablando— rascarle la espalda a todos y cada uno de los miembros del grupo en reciprocidad o en espera de ella. Dunbar nos dice que fue así como surgió un acicalamiento vocal: una forma más efectiva de expresión que los puros gestos faciales y corporales, y una manera de manipular, en cierto grado, la alegría, la tristeza, el miedo y otras emociones de los miembros del grupo mediante variaciones en el tono, ritmo y timbre de sus vocalizaciones. Dicho —o mejor, cantado— en una palabra: musicalmente. Evolucionamos para percibir emocionalmente los sonidos musicales.

De vuelta con Mithen, con la evolución de homininos que caminaban erguidos hace entre millón y medio y medio millón de años, cuatro grandes cambios que contribuyeron a una mayor musicalidad en el género Homo.

1. La presión ejercida por lo que los antropólogos conocen como el problema del bebé inútil: en vez de permanecer otro año y medio dentro del vientre materno y madurar más, pero estar demasiado cabezones para salir por una abertura cuyo aumento en tamaño fue limitado por el estrechamiento de las caderas para permitir un bipedalismo eficiente, estos inútiles bebés humanos tienen que seguir su acelerado crecimiento fuera del útero, con la desventaja de que necesitan mucho más cuidados que los bebés de otras especies de primates. Como sustituto de un contacto físico que, bien lo sabemos, no es posible brindarles 24/7, las madres y los adultos en general tenemos que comunicarnos con ellos a través del habla de bebé, a sabiendas de que no entienden las palabras que decimos, pero sí su carga emocional (una versión bailable y tabasqueña de baby talk, si bien no dirigida a nenes pequeños, es ejemplificada por mutaciones lexicológicas al estilo “¿quién pompó?”).

2. Una disminución en el dimorfismo sexual en cuanto a diferencia de tamaños entre machos y hembras, lo que ocasionó que éstas tuvieran la habilidad y la necesidad de ser más selectivas a la hora de elegir pareja con la que procrear. Que quienes cantan tienen comúnmente —al exhibir este talento en vez de un atributo físico equivalente a la cola de un pavorreal— altas posibilidades de conseguir pareja lo evidencian rockstars como Mick Jagger. Si creemos a su biógrafo, este Rolling Stone se ha acostado con más de cuatro mil mujeres (aun exagerando y comparado con el de un macho promedio sin atributos musicales, el número seguramente es bastante mayor).

3. La dispersión fuera de África, lo que puso a nuestros antecesores en contacto con nuevos sonidos, y en especial con nuevos cantos de aves para imitar. Esta apropiación de la musicalidad ambiental sigue siendo una característica de varios lenguajes tradicionales, en lo que es conocido por científicos cognitivos como Merlin Donald como cultura mimética.

4. La mayor necesidad de cooperación y de cohesión grupal, considerando que hace medio millón de años inició la cacería de especies mayores como los mamuts. “Una de las claves para lograr la cooperación hoy en día”, nos dice Mithen, “es cantando y bailando juntos”, así sea durante una ceremonia religiosa, un partido de futbol, una fiesta rave o una ceremonia de tecnochamanismo.

Y es así como, hace unos 350 mil años, llegamos al Homo neanderthalensis y su lenguaje protomusical, al que Mithen ha llamado Hmmmmm por ser holístico (basado en frases enteras en lugar de palabras), manipulador (del comportamiento de otros, en vez de enfocado a la transmisión de la información), multimodal (pues usa tanto el cuerpo como la voz), musical (dado que emplea variaciones en tono, ritmo y timbre) y mimético (de la naturaleza, en grado sumo).

A pesar de todos estos atributos, Mithen considera que no es sino a partir de la aparición del Homo sapiens, hace unos 200 mil años, que el Hmmmmm da lugar por un lado a la música y por otro al lenguaje. Para este arqueólogo cognitivo, que el arribo del Homo sapiens a cada lugar del mundo prehistórico provocara la extinción en unos cuantos miles de años de los neandertales, y del resto de las especies de Homo, sólo puede entenderse por el poder que la invención del lenguaje le confirió, inigualable por ninguna otra forma de comunicación musical cuando hablamos de transmitir información.

De ser correcta la hipótesis de Mithen, ésta apoyaría la llamada Hipótesis de la Interacción Sabana-CI (siglas de Cociente de Inteligencia) del psicólogo evolucionista Satoshi Kanazawa. Definir esta última requiere que consideremos que, para la psicología evolucionista, nuestro cerebro (como cualquier otro órgano de cualquier otra especie) es producto de una adaptación a las condiciones de un ambiente ancestral —la sabana africana durante el Pleistoceno—, y que estas condiciones eran muy diferentes a las del ambiente actual. Una consecuencia es que a nuestro cerebro se le dificulta lidiar con situaciones actuales, que no existían en el ambiente prehistórico.

Kanazawa postula que individuos con una mayor inteligencia general (nuestra capacidad para resolver problemas novedosos, para los cuales no existen adaptaciones psicológicas prediseñadas; como qué hacer si, de repente, la caída de un rayo inicia un fuego forestal) tienen una mayor probabilidad de adoptar valores y preferencias novedosas (lo que, evolutivamente hablando, significa que no existían en la sabana por la que caminaban nuestros antepasados prehistóricos) que individuos menos inteligentes, pero que la inteligencia general no tiene ningún efecto en la adopción de valores y preferencias evolutivamente familiares (es decir, ya existentes en el ultracitado ambiente ancestral).

En el caso de la música, si, como afirma Mithen, su origen es biológico y en éste toda ella era vocal, la música instrumental sería una novedad evolutiva y la hipótesis de Kanazawa implicaría que es más probable que los individuos más inteligentes prefieren música puramente instrumental, como la clásica. Además, la mayor inteligencia de un individuo no tendría ningún efecto en sus preferencias por música vocal.

Kanazawa puso a prueba su hipótesis con datos provenientes del General Social Survey de la Universidad de Chicago de 1993 (mil 500 datos, en los que se registró el gusto musical y se midió la inteligencia verbal, que está altamente asociada con la inteligencia general, de los participantes) y del British Cohort Study de 1986 (correspondientes, en su inicio, a 17 mil personas nacidas en Gran Bretaña entre el 5 y el 11 de abril de 1970 y monitoreadas periódicamente; por ejemplo, a sus 16 años de edad, precisamente en 1986).2 El análisis estadístico de Kanazawa le permitió validar que, en efecto, la mayor inteligencia de un individuo servía como predictor de su gusto por la música clásica.

Arqueólogos cognitivos, psicólogos evolucionistas, neuroantropólogos, etnomusicólogos y otros bichos raros y transdisciplinarios aparte, ¿quién no quisiera, siquiera de oídas, saber cómo sonaba el musilenguaje de los antepasados prehistóricos del Homo sapiens? Hmm… hmm… HM… HM… hmmmmm…

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Mithen, S., “The Music Instinct: The evolutionary basis of musicality”, en: “The Neurosciences and Music II: Disorders and Plasticity”, Annals of the New York Academy of Sciences, 2009, pp. 3-12.

2 Kanazawa, S. y K. Perina, “Why more intelligent individuals like classical music”, Journal of Behavioral Decision Making, 25, 2012, pp. 264-275.