Como utensilio de cocina, el tenedor es muy antiguo. Se empleaba para asar carne desde tiempos de Homero, para sujetar y ayudar a cortar grandes piezas en la Edad Media. Pero en la mesa no fue habitual hasta bien entrada la Modernidad; de hecho, durante siglos este adminículo fue considerado impropio de cualquier etiqueta. Su forma hacía pensar en el demonio y la horca.

En la Venecia del siglo XI una princesa bizantina esposa del dux fue criticada por San Pedro Damián por utilizar aquel implemento “excesivamente fino” en lugar de las manos “que el Altísimo le había dado”. Murió de peste, dicen, como castigo por sus excesos en materia de modales. Isabel I tenía tenedores sólo para los dulces, aunque solía usar las manos pues le parecían menos toscas. En 1605 el sátiro francés Thomas Artus se burlaba de Enrique III en su obra La isla de los hermafroditas porque el monarca y su corte comían con tenedor, lo que evidenciaba sus desviaciones sexuales. En ese tiempo sólo los italianos tenían el puntuerolo, una suerte de pincho de madera alargado para envolver su entrañable pasta. No sería sino hasta 1700 que el tenedor se incorporaría de forma definitiva a las formas occidentales.

Bien distinto es el caso de los palillos chinos. Los más antiguos registrados son de bronce y datan del 1200 a.C. En época de la dinastía Han se convirtieron en la herramienta universal de la dieta china. Los había de marfil, bronce, jade y, en las mesas imperiales, de plata: esos eran muy resbaladizos pero cambiaban de color si entraban en contacto con el arsénico.

Los palillos, dice Roland Barthes, eliminan la violencia del cuchillo pues, para poder usarlos, la comida debe ser previamente cortada en la cocina. Al rebanar en la mesa, reflexiona el filósofo francés, tratamos a la comida como una presa, mientras que los palillos le dan un aire maternal al acto de comer.

Ambos utensilios ejemplifican dos cosmovisiones casi antagónicas de la cultura. En la mesa occidental el tenedor necesita la ayuda de la cuchara y el cuchillo; además, en los hogares refinados, estos artículos se multiplican, imponen obstáculos, rituales complejos. Los palillos reclaman, en cambio, simpleza y comunidad, aunque no están exentos de tabúes. En Japón hay reglas estrictas para su uso. Los sintoístas, por ejemplo, consideran una aberración compartirlos, no sólo por motivos higiénicos, sino porque algo que ha estado en la boca de otro podría transmitir aspectos indeseables de su personalidad.

Selección: César Blanco

Fuente: Bee Wilson, La importancia del tenedor. Historias, inventos y artilugios en la cocina, Turner, 2013, 374 pp.