En alguna ocasión, en los primeros años de la década de los treinta, una madura Virginia Woolf le preguntó a un amigo cuál creía ser el momento más feliz en la vida de una persona. Años después, ese amigo recordaba cómo Virginia, con una sonrisa radiante, había respondido a su propia pregunta: “Creo que es el momento en que una va caminando por el jardín, tal vez recogiendo algunas flores, y de repente piensa: mi esposo vive en esa casa, y me ama”.1

Virginia y Leonard Woolf, 23 de julio 1912

Ese esposo era Leonard Sidney Woolf. Casados desde 1912 hasta la muerte de la autora, el matrimonio de Virginia y Leonard Woolf vino a revolucionar la vida de ambos, así como a convertirse en una unión que marcó a generaciones por venir. Desde la política hasta la literatura y antes de que se usara el término power couple (pareja poderosa o pareja de poder en español), los Woolf, cada uno a su manera, estaban trabajando para transformar el mundo en el que vivían, ya fuera con sus actividades y militancias o, más importante aún, mediante las publicaciones de textos académicos, políticos y literarios que hicieron a través de la compañía editorial que fundaron juntos: The Hogarth Press (1917).

Virginia Woolf no necesita introducciones, han corrido ríos de tinta en varios idiomas para analizar y elogiar su trabajo, sus novelas aparecen en las listas de las mejores obras del siglo XX y sus ensayos feministas siguen inspirando a miles de personas alrededor del planeta. Desde que recorría esta tierra, era reconocida por sus contemporáneos, lo cual no era un hecho menor: en la primera mitad del siglo pasado, la idea de las mujeres como escritoras aún no dejaba de levantar cejas escépticas sobre la capacidad de las mismas de producir obras de calidad… a casi ocho décadas de su muerte, el nombre Woolf continúa solidificándose en el mundo de la cultura y las artes.

Fue en la primavera de 1941, a los 59 años y en medio de una crisis depresiva, cuando la autora inglesa decidió acabar con su propia vida. Por experiencias anteriores, conocía de sobra las posibles consecuencias de estas crisis y no quiso enfrentarlas una vez más. Antes de salir de casa en aquél fatídico día, dejó dos cartas, una para su hermana y otra para su esposo: 

Queridísimo, estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez. Siento que no podemos pasar por otro de esos tiempos terribles. Y no creo recuperarme esta vez. Empiezo a escuchar voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que cualquiera podría ser. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices, hasta que llegó esta terrible enfermedad. No puedo luchar más. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y lo harás, lo sé. Ya ves, ni siquiera puedo escribir esto correctamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido completamente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirlo, todos lo saben. Si alguien me hubiera podido salvar, habrías sido tú. Todo se ha esfumado de mí, menos la certeza de tu bondad. No puedo seguir estropeando tu vida por más tiempo. No creo que dos personas pudieran haber sido más felices que nosotros. V.

Para entonces tenía 29 años de casada. La noticia de su suicidio fue devastadora para Leonard, no solo por la pérdida de quien fue el amor de su vida, sino también por la implícita responsabilidad que sintió en aquel desenlace. Desde su matrimonio, Leonard se había convertido en el guardián de la sanidad mental de su mujer. Sanidad que cuidaba con celo, dedicación y sacrificio. Ante sus ojos, le había fallado al ser a quien había elegido para consagrarle su vida, había hecho y dejado de hacer todo por ella, considerado cada posibilidad, la había amado como a nadie y, aun así, se le había escapado por las grietas.

Se han recuperado muchas de las cartas de condolencia que Woolf recibió después del lamentable suceso y es curioso observar que tanto los amigos en común, como la propia hermana de Virginia, trataban de consolar a Leonard elogiándolo por el gran trabajo de cuidado que había hecho en los últimos treinta años, trabajo que tenía como producto “Las obras de un genio”, “Los maravillosos libros que Virginia le dio al mundo”, “Evitar que todos sus dones se hubieran desperdiciado”.2 Sus allegados trataban de consolarlo hablándole de la gran obra de su esposa, olvidándose de que, si bien el mundo había perdido a una gran escritora, Leonard Woolf había perdido a su compañera. Es interesante ver en dichos mensajes la visión de sus amigos y familiares de que los logros creativos de la autora de Mrs. Dalloway se los debía, en parte, al amor, al cuidado y a la paciencia de su esposo.

Cuatro semanas antes de conocer a Leonard, Virginia Stephen le escribía una carta a su hermana donde se lamentaba por “tener 29 años y no estar casada, ser un fracaso, sin hijos, loca y sin ser escritora”. Poco se iba a imaginar que, salvo los hijos, todas las otras cuestiones iban a quedar resueltas al aparecer en su vida un joven judío —amigo de la universidad de Cambridge de su hermano Thoby—, con una brillante carrera política y literaria por delante y, con una opinión muy particular de las cualidades que debía tener una mujer para que él la quisiera como esposa. Porque para Virginia, su salud mental, su labor y su éxito como escritora iban a estar firmemente entrelazados a su matrimonio con este hombre. Virginia Woolf tenía una brillante inteligencia y un talento natural para la escritura, pero padecía de alguna enfermedad mental, que en su tiempo llamaban, simplemente, “locura”. La mente de Virginia podría estar presente y de pronto alejarse y adentrarse en sus propias profundidades, donde encontraba ausencias, miedos irracionales y ansiedades que le impedían dormir, escribir o si quiera mantener una conversación. Estas ausencias podrían durar minutos o prolongarse durante meses. Fue Leonard quien siempre encontraba la forma de devolverla al presente, al crear un espacio y una forma de vida que facilitaba que la mente de Virginia se alineara a su cuerpo y a su realidad tangible. Cuidar del bienestar físico, mental y emocional de ella se volvió un elemento preponderante en la personalidad y en la vida de él. Por esto tomó decisiones e hizo sacrificios personales y profesionales, incluso dejando pasar oportunidades que lo podrían haber catapultado a posiciones de fama y poder, especialmente dentro de la esfera política de Inglaterra; la salud de Virginia era frágil y mantener en equilibrio el ambiente en el que ella podía florecer era un trabajo de tiempo completo, del cual era imposible ausentarse por largos periodos.

Es difícil creer que, al momento de casarse, Leonard hubiera podido imaginar lo que Virginia Stephen implicaría para él y para su propia trayectoria, más difícil aún habría sido imaginar que ella llegaría a convertirse en una de las autoras más famosas del siglo XX. Pero más allá de eso, lo que Leonard sí sabía era que Virginia Woolf era distinta a otras mujeres de su época. Por eso se había enamorado de ella. Y como si de un ejercicio para tratar de comprender sus sentimientos se tratara, Leonard escribió una novela en sus primeros años de casado y que publicó en 1914, The Wise Virgins. La trama de la novela es simple. Harry, un joven en edad casadera conoce a dos mujeres diametralmente distintas: a la linda y complaciente, pero ignorante Gwen Garland; y a la inteligente, carismática, pero fría Camilla Lawrence —ésta última inspirada en su esposa. Harry se enamora de Camilla y en un pasaje de la novela el narrador dice cómo, en un momento en el que están ellos dos solos, conversando sobre una colina, Harry siente que la mera presencia de Camilla a su lado era, “de alguna curiosa manera, una prueba de su propio valor en este mundo, algo que le demostraba ser un hombre más bueno y más noble que todos los otros Toms y Dicks y Harrys y Arthurs debajo de la colina, sin ella a su lado”.3 La estimulante compañía de una mujer inteligente y retadora lo hacía sentirse mejor sobre sí mismo; este era Leonard Woolf. Gwen, en cambio, a pesar de su dulzura y su fascinación por él, no provocaba en Harry el mismo interés; le preocupa que, de casarse con ella, no tardaría en aburrirse de ver su linda cara “en la mesa del desayuno, de la comida, de la cena…”.4 El personaje de Harry muestra un profundo desprecio por el modelo de mujer representado por Gwen y sus hermanas: un cascarón vacío pero funcional; mujeres que esperan, tímidas, ignorantes y en duda de sí mismas el regalo de la sabiduría, que aparecerá algún día… en la forma de un hombre.5 En contraste, Camilla piensa por sí misma y no teme a la soltería, defiende su independencia y su vida intelectual por encima de las convenciones de su tiempo; esta era Virginia Stephen.

Para Leonard, casarse con Virginia representaba la posibilidad de compartir una pasión y una vida creativa con una mujer “suprema” que, a pesar de todos sus posibles defectos, poseía una magnificencia y una inteligencia capaz de inspirarlo y de ayudarlo a dominar sus peores impulsos.6 Para Virginia, casarse con Leonard significaba vivir en compañía de un hombre capaz de verla por lo que ella era, con sus luces y sus sombras; un hombre que antes que verla como mujer,7 la veía como persona y que por lo mismo demostraba un genuino interés en conocerla y en compartir con ella, a un nivel más allá de lo funcional, experiencias e ideas.

Como la raíz de este matrimonio se encontraba libre de prejuicios y preconcepciones, Virginia y Leonard pronto desarrollaron una cercanía y confianza que no tenía ninguna otra pareja de su círculo. La armonía y complicidad en la que vivían proyectaba un aura que era percibida por todos los de su alrededor: sus allegados querían, constantemente, pasar tiempo en compañía de los Woolf. Una anécdota del poeta y dramaturgo T.S. Eliot ilustra perfectamente la anómala relación de estos personajes para su época: en una de las muchas visitas que les hizo, se quedó tremendamente sorprendido cuando, mientras los tres caminaban en los alrededores de su casa de campo, Leonard se detuvo para orinar. A Eliot, su esposa jamás lo había visto siquiera afeitarse.8 El autor y diplomático Sir Harold Nicolson, otro asiduo visitante, escribía en su diario al volver de una estancia con los Woolf, que él y su esposa se fueron de ahí “Sintiéndose, como de costumbre, relajados e inspirados”; el ambiente que éstos creaban hacía que le diera la impresión de que los Woolf representaban pureza y claridad: “Su cielo es tan vasto y claro como el cielo sobre las colinas”.9 Como dice la biógrafa de Leonard en las últimas páginas de su obra: “El de ellos era un matrimonio de verdad”.10

El compañerismo de los Woolf se extendió de lo personal a lo profesional cuando decidieron fundar juntos The Hogarth Press.11 Editorial que publicó todas las obras subsecuentes de Virginia y, entre otras notables publicaciones, abrieron al mundo anglosajón a las ideas del psicoanálisis al publicar las primeras traducciones al inglés de las obras de Sigmund Freud. Las novelas de Virginia, en mayor o menor medida, fueron todas un éxito, y eventualmente sus ingresos anuales estaban triplicando los de su esposo. Esto nunca mermó su relación: los Woolf juntaban sus ganancias individuales con las de la editorial y, una vez cubiertos todos los gastos, las dividían en partes iguales. Si bien Virginia estaba generando más ingresos que Leonard, él la había mantenido completamente hasta que ella empezó a ganar dinero en sus cuarentas: en lo emocional y en lo económico, el apoyo iba en ambas direcciones. Y resulta irónico saber que, en parte, fue por darle gusto a él por lo que Virginia decidió apoyar las causas de las mujeres. No es que a Virginia no le importaran antes de estar con él, pero es que ella, que se reconocía a sí misma como una “esnob”, prefería mantenerse alejada de las agitadas —por no llamarlas de otra forma— manifestaciones grupales de las asambleas políticas. Y, a pesar de haberse convertido en un ícono del feminismo, nunca se comprometió con el movimiento político al grado al que lo hizo él.  

La visión de Leonard de que “El feminismo es la creencia de todos los hombres sensatos”,12 definió mucho de su vida y de sus relaciones personales, más allá de su matrimonio. Entabló amistades, trabajó y participó políticamente con mujeres a lo largo de toda su vida. Su interés y respeto por el sexo femenino no estaba reservado a su esposa. Había algo en él que le permitía ver y reconocer en los otros —en su caso, especialmente en las otras— cosas que para varios serían prácticamente imposibles, especialmente si, como él decía, la tendencia general de los hombres era la de no escuchar a las mujeres, sino pensar siempre, únicamente, en su propia voz.13 Leonard tenía esa mente andrógina de la que escribía su esposa tan vehementemente en su famoso ensayo A Room of One’s Own, solo que él no la usó para la literatura, sino para ver, con ambos ojos, a través de todas las convenciones de su tiempo —sociales y políticas— y no dejarse atrapar por ellas. Para él, el resultado de esta curiosa característica de personalidad fue una vida rica y estimulante, al lado de una compañera que nunca dejó de ganarse su admiración. Para ella, tal vez, fue la diferencia entre vivir en la ausencia y la oscuridad, a la plenitud de una vida de paz, consagrada a la labor creativa.

Como atestiguan sus últimas palabras, Virginia dejó este mundo pensando en Leonard, y él, nunca dejó de pensar y trabajar por ella. Como su viudo y editor, le correspondió hacerse cargo de la posteridad literaria de Virginia. Trabajo que no dejó de aumentar al mismo ritmo que la fama postmortem de la autora. Al final de su vida, a pesar de acumular varios logros bajo su propio nombre, Leonard era constantemente tratado por las nuevas generaciones como testigo de la vida de otros y, a cincuenta años de su muerte, uno no puede dejar de preguntarse si, en algún momento, él también habrá empezado a verse, primordialmente, como el esposo de Virginia Woolf.

La editorial Persephone Books, en la última página de una de las dos novelas de Leonard Woolf, The Wise Virgins, declara que se dedican a “publicar olvidadas obras de ficción y no ficción escritas por autores injustamente ignorados”. Entre sus 46 títulos, 44 son de mujeres y dos son de hombres: uno de ellos Leonard Woolf. ¿Puede ser esto la medida del éxito o el fracaso en la vida de una persona? O, ¿podemos definirlo a partir del éxito de las personas que apoyamos y acompañamos en la vida?

Leonard Sidney Woolf fue una estrella oscura. Brillaba para todos sin encandilar a nadie, pero para nadie brilló e iluminó más que para su esposa. Es difícil negar lo que creían sus amigos respecto al hecho de que tal vez, sin ese marido, no conoceríamos, ahora, el ilustre nombre, de Virginia Woolf.

 

Gabriela Sofía Gómez Hernández
Economista. Estudió la maestría en humanismo y culturas en el Instituto Cultural Helénico. Se dedica a escribir y a dar coaching financiero.


1 Victoria Glendinning, Leonard Woolf, a Biography, Berkeley, Counterpoint, 2008, 275.

2 Ibid, 328, 336.

3 Leonard Woolf, The Wise Virgins,, London, Persephone Books, 2003, 126.

4 Ibid, 120.

5 Lyndall Gordon, “Preface” en The Wise Virgins, Leonard Woolf, London, Persephone Books, 2003, xvii.

6 Ibid, 126.

7 Cuando digo “como mujer”, me refiero a las ideas y estereotipos que, en las primeras décadas del siglo XX, se tenían sobre las mujeres: básicamente seres domésticos destinados al hogar y a la producción y cuidado de los hijos. Como las describiría la misma Virginia Woolf más tarde (sobre todo para burlarse), en sus tiempos las mujeres eran: “el ángel del hogar”.

8 Victoria Glendinning, Leonard Woolf, a Biography, Berkeley, Counterpoint, 2008, 225.

9 Ibid, 272.

10 Ibid

11 Como dato curioso, Leonard y Virginia Woolf, a pesar de considerarlo “una notable pieza de dinamita” rechazaron publicar Ulysses de James Joyce. Era demasiado largo para su pequeña y casera imprenta y, aunque Leonard buscó, simplemente no encontraron impresores externos dispuestos a tomar el riesgo de tener problemas legales: la novela era considerada demasiado polémica. (Glendinning, Leonard Woolf, 202.)

12 Lyndall Gordon, “Preface” en The Wise Virgins, Leonard Woolf, London, Persephone Books, 2003, ix.

13 Victoria Glendinning, Leonard Woolf, a Biography, Berkeley, Counterpoint, 2008, 91.

 

Un comentario en “Elogio del marido

  1. Excelente artículo. Justa descripción y entendimiento de una relación extraordinaria, de dos personas extraordinarias.

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