I. “No sólo no hay Dios, sino que ¡intenta conseguir un electricista en un fin de semana!”.

“No consentía que ningún extraño durmiese en su cama. Una noche, al regresar a casa, se encontró con un desconocido metido en su lecho y lo mató de un tiro. Luego me aclaró: —que mi mujer estuviera en la cama, no me importó, porque, después de todo, es de la familia. Pero aquel individuo no era amigo mío”.

“Un sesenta por ciento de los conductores mexicanos no ven a los peatones. El cuarenta por ciento restante parte de la suposición de que éstos son agilísimos y tienen nervios de acero”.

Ilustración: Jonathan Rosas

Tres botones de muestra. Woody Allen (Cuentos sin plumas), Groucho Marx (Camas) y Jorge Ibargüengoitia (Instrucciones para vivir en México). Sea haciendo analogías de fenómenos incomparables, subvirtiendo la lógica o llevando las situaciones a extremos insensatos, la ironía es en principio un respiro. Un desprendimiento momentáneo de la realidad (y la razón) que permite descanso. Es, en ese sentido, un método de defensa contra la agresión de las circunstancias y la reiteración cansina de situaciones ominosas. Se trata de una ironía festiva, alegre, luminosa. Mejora la vida, la enriquece, al generar una distancia traviesa y saltarina en relación a eso que llamamos realidad. Quizá también, en ocasiones, es una forma de observar que produce nuevas perspectivas.

Cuando Rafael Pérez Gay escribe que “salvo contadas excepciones, los jugadores mexicanos (de la selección nacional de futbol) han puesto lo mejor de sí mismos en la búsqueda de la infelicidad” (Sonido local), no sólo estamos ante una frase que en el último momento cambia radicalmente de rumbo, sino ante el gesto irónico del aficionado que sabe que las desdichas futboleras sólo pueden ser conjuradas con una sonrisa. Es más, que a lo mejor ese deporte, sufrido desde México, sólo puede apreciarse con un gesto irónico. 

II. La ironía es una burla disimulada, como dice el diccionario, pero es algo más: “es la grieta que existe entre cómo imaginamos, o suponemos, o esperamos que resulte la vida y la manera en que resulta realmente”, escribe Julian Barnes en El ruido del tiempo (Anagrama), la novela y/o ensayo sobre las siempre difíciles y torturantes relaciones entre Shostakóvich y el poder soviético. Es la forma en que, supone el autor, el compositor intentó la defensa “de su ego, de su alma”, ya que lo dejaba “respirar día tras día”. 

La ironía le permitía “imitar la jerga del Poder, leer discursos vacíos escritos en su nombre, lamentar seriamente la ausencia del retrato de Stalin en su despacho mientras detrás de una puerta entornada su mujer contiene una risa prohibida”. Porque siguiendo a Barnes, Shostakóvich leyó discursos que escribieron otros, representó a la URSS sin convicción alguna, descalificó por consigna (inducido) a músicos y autores, fue “reeducado” por distintos mentores del Partido, y quizá creía “que podría sobrevivir mientras pudiera contar con la ironía”. La ironía era su escudo, lo protegía. Era un recurso defensivo ante la agresividad del medio (miedo) ambiente.

Incluso, la lectura generosa de Barnes subraya que esa fórmula le permitía proteger lo importante, su obra (no sin muchas concesiones); escindirla de esa vida pública obligada por el resorte de la sobrevivencia. 

III. Pero existe una ironía amarga. No hay espacio, dice Barnes, para la ironía de un torturador o un torturado. En esos casos sería no sólo una ironía podrida, sino degradada y degradante.

Cuando Shostakóvich ingresó, presionado, al Partido Comunista de la Unión Soviética, escribió “su cuarteto octavo” y les dijo a sus amigos que mentalmente la obra estaba dedicada a la “memoria del compositor”. Una especie de réquiem por sí mismo. Era, al parecer, un nuevo gesto irónico, presuntamente preventivo. Un dicho que intentaba, quizá con desesperación, cercenar su música de su “compromiso político”. Por supuesto, la obra no podía ser publicada con esa dedicatoria, sino con una que fuera conveniente para el Partido, y así la partitura fue presidida del muy edificante homenaje “a las víctimas del fascismo y la guerra”.

Julian Barnes cree que la ironía tiene límites. Y que, en el caso del enorme compositor ruso, lo más probable es que él mismo se diera cuenta de ello. No sólo porque “podía haber engreimiento en la ironía, como también podía haber complacencia en la protesta”, sino porque el recurso se volvía un bumerán autodestructivo, se deslizaba hacia el sarcasmo y pavimentaba el terreno del cinismo. 

Bajo el terror de Stalin, Shostakóvich vivió con miedo a ser juzgado sin garantías, a ser trasladado a un campo de concentración o a ser desaparecido o asesinado. Eso les sucedió a muchos de sus contemporáneos. Tuvo que hacer concesiones. Con Jrushchov recibió todos los honores, pero fue obligado a cesiones mayúsculas. “Era la última, irrefutable ironía de su vida: que al permitirle vivir lo habían matado”.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es Cartas a una joven desencantada con la democracia.