¿Cuál es la relación entre el lenguaje que utilizamos y la política? En su famoso ensayo “La lengua inglesa y la política” George Orwell afirma: “en nuestro tiempo el habla y la escritura políticos constituyen, en su mayor parte, la defensa de lo indefendible”. En efecto, el lenguaje político consiste básicamente de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades. Es notable que un político que izó exitosamente la bandera de la lucha contra la corrupción, como el presidente Andrés Manuel López Obrador, haya hecho de la corrupción del lenguaje político su seña de identidad. No es claro que la corrupción que aqueja a nuestro cuerpo político haya cedido un ápice, sin embargo nuestro lenguaje público se ha corrompido de manera notable en los últimos tiempos. Lo apuntó de manera aguda Jesús Silva-Herzog Márquez en su columna del diario Reforma: “nos hicimos de sus palabras, repetimos sus ocurrencias, empleamos el chicote de sus insultos, absorbimos el léxico de su epopeya”.1 Aceptamos un slogan —la cuarta transformación— como si fuera la descripción de una realidad tangible. El efecto semántico de esa operación tiene vastas consecuencias. Como apuntaba Orwell, el lenguaje puede corromper al pensamiento. Un mal uso puede extenderse a través de la imitación, aun entre personas pensantes, capaces de descubrir la artimaña. El gran enemigo del lenguaje claro, advierte Orwell, es la insinceridad: “cuando hay una brecha entre los intereses declarados y los verdaderos, uno recurre instintivamente a largas palabras y a expresiones gastadas, como un calamar expulsando su tinta”. Con esa maniobra el animal intenta cubrir su rastro. La tinta es un medio deliberado para oscurecer y confundir. Tiene razón Silva-Herzog: la primera tarea de la crítica es recuperar el lenguaje: “hablar con ese idioma común que registra la complejidad, que practica el respeto en la descripción del otro, que advierte la modestia de la voz”. En muchos sentidos, esa es una tarea de larga data. Hace casi cincuenta años Octavio Paz alertaba en Postdata (1970): “cuando una sociedad se corrompe, lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad, en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados”.

Ilustración: Belén García Monroy

Una de las corrupciones del lenguaje más notorias es la del término “pluralismo”. Durante los años de la transición esta palabra fue un sinónimo aproximado de democracia y tolerancia a la diversidad de posiciones políticas. Durante muchas décadas nada fuera de la familia revolucionaria tuvo legitimidad. El pluralismo significó la antítesis del monismo posrevolucionario autoritario. Por ello es muy curioso que el pluralismo sirva en estos tiempos como una cubierta para la propaganda gubernamental. Se ha pretendido que el uso de recursos públicos para financiar programas de televisión cuya línea editorial consiste en hacer la apología del régimen y ridiculizar a los críticos del gobierno no es sino una muestra de pluralismo. He aquí desplegada en todo su esplendor la corrupción del lenguaje y lo que éste implica para la vida política. Se aduce una falsa equivalencia. No es diferente, claman los apologistas, un programa en un medio público donde “los conductores simpatizan con el gobierno” a otro donde comentaristas críticos expresan sus opiniones contrarias. Así se esgrime la “libertad de expresión” como una fachada para la propaganda y el uso faccioso del dinero público. El que ataca a los opositores, pagado con dinero del erario, no es sino un representante más de la sana “pluralidad” del país. No hay nada inapropiado en que el gobierno pague este tipo de programas. Así una conducta a todas luces indebida, el financiamiento público de propaganda facciosa y de ataques a los opositores, deja de aparecer como lo que es. De manera similar, la jerga militar dejó de llamar al asesinato de civiles inocentes por su nombre para inventar un término aséptico y tramposo: daño colateral. El pluralismo es una de las bajas del proceso político actual. Su desnaturalización da cuenta de una perversión evidente, una forma de escamotear la realidad. Es claro, como señala Orwell, que las palabras facilitan el razonamiento falaz y deshonesto. La corrupción del término “pluralismo” le da a la propaganda visos de respetabilidad. No es una casualidad que los apologistas rechacen la palabra que denota de manera transparente el significado de lo que hacen: propaganda. Propaganda, protestan, es apoyar a un partido político en tiempos electorales. ¿Propaganda? ¿Dónde? Citan la ley. La propaganda sólo es electoral. Si no se defiende a un candidato o a un partido político, todo está en orden, aducen orondos. Hacer la apología del régimen y atacar a los críticos no es sino, bueno, “pluralismo”. La propaganda se presenta así como una novedad democrática que debe ser bienvenida.

Combatir la deshonestidad intelectual para restaurar el significado de las palabras es una tarea crítica. El calamar puede creer que la tinta lo hace desaparecer. En la oscuridad de la noche, razona, todos los gatos son pardos. Nadie puede discriminar los contornos de la realidad. Sin embargo, el calamar se equivoca. Eventualmente, emerge de la nube y se muestra como es. Un calamar no es una mariposa: es un calamar. Así hay que llamarlo.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Jesús Silva-Herzog Márquez, “Hechizo de palabras”, Reforma, 24 de junio 2019.

 

Un comentario en “El calamar y su tinta

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