En un poema de tres líneas, Octavio Paz admiraba el prodigio de un trompo en las manos de un niño:

Cada vez que lo lanza
cae, justo,
en el centro del mundo

El mismo juguete y el mismo niño aparecen en un cuento de Kafka. El relato breve cuenta de un filósofo que va una y otra vez al parque para ver a un niño jugando al trompo. Se deleitaba en la ingeniería de esa pera de colores porque estaba convencido de que en ese movimiento estaba el secreto más recóndito de la naturaleza. Descifrar la rotación que era capaz de derrotar a la gravedad era la puerta para comprenderlo todo. Si pudiéramos conocer ese detalle a fondo, si lográramos atrapar el instante vertical, lograríamos sujetar al mundo. Cada vez que el niño se aprestaba a proyectar el trompo se prendía la ilusión del filósofo. Por un instante pensaba que la iluminación llegaba, pero en el mismo momento en que parecía descubrirse el misterio del cosmos, el trompo perdía ímpetu, se tropezaba y caía a la arena. Esperanza, exaltación… y desánimo. La culminación imposible. En ese relato encuentra Anne Carson la metáfora del deseo: la belleza revolotea, la imaginación activa la ilusión de sujetarla y al rozarla, se desvanece.

Ilustración: José María Martínez

Traductora de Eurípides, Carson es una académica estricta y meticulosa que, al mismo tiempo, ha puesto marca poética en todo lo que hace. En un poema que titula ensayo identifica a la poesía como una linterna de error. Cuando hacemos poesía invocamos el error para alumbrar lo inesperado. Si la prosa es una casa, ha dicho, la poesía es un hombre que la atraviesa en el incendio. Los géneros se mezclan. La referencia a los antiguos es constante. Pero en ella la erudición es un pasillo de su intimidad. Como bien dice Charles Simic, Anne Carson escribe “como si todo poeta, escritor, teólogo, dramaturgo o filósofo que haya vivido jamás fuera nuestro contemporáneo”.

El filósofo es aquel que se deleita en el entendimiento, escribe Carson en el prefacio a Eros, el dulce-amargo. Su obra, hecha de puntos suspensivos, demuestra que esa felicidad es el goce de quien acaricia, no de quien sujeta. En cada uno de sus poemas, traducciones, ensayos, novelas o relatos confesionales se encuentra esa vivaz aproximación a lo ausente. El erotismo como vía de comprensión. Una forma de apreciar lo inaprensible. Esa es la naturaleza agridulce del Eros que ella explora en su admirable ensayo. Sigue ahí una pista de Safo. Significativamente es un fragmento, una idea incompleta que llega a nosotros como un acertijo. Eros: esa criatura irresistible que me ablanda. La que me envuelve en un remolino dulce-amargo. No agridulce como dije arriba, porque no funde los sabores. Dulce primero y amargo después. La manera en que Eros actúa en la mente del deseo, dice Carson, resuena en la manera en que el conocimiento actúa en la mente del pensador. Enamorarse y comprender: dos maneras de sentirse auténticamente vivo.

Desear. Entender. El pretendiente y el filósofo se deleitan en la aproximación y se duelen al quedarse siempre cortos. Y tal vez en esa frustración esté el comprender.

Quiero hacerte ver el tiempo.
Como las sombras barren una pared y se van.

Cuando Carson escribe estas líneas en La belleza del marido, su poema sobre el desamor, no solamente le habla al amante que se va. También nos habla para contemplar el tránsito de las ideas. Pensar como esa sombra que pasa y se va. No quedarse nunca quieto en una visión. No encadenarse a lo aprendido. Escapar de las certezas como se rehúye el agua estancada. Esa es la sabiduría que se nutre de escombros. La clasicista aprecia como nadie la importancia de lo trunco y de lo remendado. Ella, mejor que nadie, sabe que buscar el origen no es depurar sino incorporar las contradictorias marcas del tiempo. “En las superficies, la perfección es menos interesante. Por ejemplo, una página con un poema es menos atractiva que el poema en una página con manchas de té. Las manchas del té le agregan un poco de historia”. La conjetura del paleontólogo es el único horizonte de entendimiento.

“Anne Carson nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo”. Esa es la nota biográfica que acompaña sus libros. La procedencia y la lealtad. Apego a la honda enseñanza de los escombros. Todos los textos que nos llegan de los antiguos son ruinas, fragmentos, vestigios. Cacharros rotos cubiertos por el lodo de los siglos. El tiempo que corroe, que disgrega, que mancha, que disuelve y que altera. Palacios derruidos, mármoles hechos migajas, papiros vueltos confeti, palabras que ya no entendemos. Y ahí, en las ruinas, el aprendizaje más profundo. Nos cautiva el misterio de una raíz que se nos escabulle.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.

 

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