Como he escrito un par de libros de historia, y como, siendo antropólogo, tuve, además, la fortuna y el privilegio de ser profesor de historia durante más de una docena de años, me suelen preguntar sobre la relación entre esas dos disciplinas. Y cuando las contesto, lo hago siempre a partir de mi experiencia, y no desde alguna teoría, porque en realidad todavía no la tengo. Es quizá para descombrar el camino a un entendimiento más abstracto que escribo este breve apunte.

La antropología y la historia tienen mucho en común y se han alimentado la una a la otra desde que existen como ramas de la ciencia. Aun así, cuando fui contratado por el Departamento de Historia de la Universidad de Chicago, me sorprendieron las muchas diferencias que había entre ellas: realmente no había creído que fueran tantas.

Ilustración: Patricio Betteo

Aprendí larga y penosamente a hacer historia como pupilo de mis estudiantes. Algunas de las cosas que ellos me enseñaron eran realmente básicas, porque antes de convivir tan intensamente con historiadores ni siquiera me había percatado de algo tan evidente como que la historia es una disciplina textual, que se funda en la lectura de documentos, mientras que la antropología es una disciplina de campo, que tiene en su centro a la etnografía, o sea, generar datos a partir de la interacción directa. Significa esto que los historiadores suelen leer documentos con más cuidado, mientras que los antropólogos suelen saber leer situaciones con más cuidado.

Una segunda diferencia que noté es que los historiadores y los antropólogos leían los libros de manera distinta, como tendencia al menos. Los historiadores los solían leer con un acercamiento historicista, y los discutían comenzando siempre por situar al texto en su momento de incepción, o sea, en el tiempo en que fue escrito, para de ahí pasar a contextualizar lo que en ellos se decía, colocando a los textos siempre en algún ambiente, para de ahí valorarlos. 

Los antropólogos, en cambio, hacían lecturas que jugaban más rigurosamente con las partes internas del texto. Podría decirse que las lecturas que los antropólogos realizaban tendían a ser análisis sincrónicos y estructurales de los textos, mientras que las de los historiadores tendían a la ubicación en el tiempo. Quizá por esto las prácticas de lectura de los historiadores solían estar menos abocadas a la teorización que las de los antropólogos, y también a estar más entregadas a cotejarlas como fuentes para sopesar sus aportaciones. En resumen, las prácticas de lectura antropológica solían ser más utópicas —en tanto que buscaban soluciones conceptuales generales— mientras que las de los historiadores eran conscientemente provisionales. 

En mi aprendizaje de la historia también me llamó la atención otra cosa. Los historiadores eran en general un poco más irritables que los antropólogos ante el uso equivocado de las fuentes. Para el historiador el pecado capital es el anacronismo, mientras que a los antropólogos les preocupa más el etnocentrismo. La interpretación de un documento fuera de su lugar y su tiempo es anatema para el historiador. Mientras que a los antropólogos nos suele irritar el uso indebido del sentido común, porque el sentido común es, por definición, etnocéntrico. A los historiadores les irrita el uso liberal e impreciso de fuentes por parte de los antropólogos. A los antropólogos nos molesta el desparpajo con que muchos historiadores recaen en el sentido común.

Los historiadores suelen estar más especializados que los antropólogos. Dedican sus vidas a un lugar y a un tiempo. Son medievalistas, por ejemplo, o especialistas en la historia del imperio otomano. Los antropólogos rara vez tienen comunidades de especialistas tan densas, y acostumbran opinar acerca de tiempos y lugares que conocen relativamente poco. Esto se notaba en las juntas departamentales a las que asistí cuando estaba en Chicago: los historiadores solían ser deferentes a la especialidad de cada uno. Los antropólogos, en cambio, se metían todos en todo.

Quizá por esto los historiadores son un poco más formales y más ceremoniosos. Esto va de la mano, me parece, de alguna mayor seguridad. Y es que los antropólogos se han tenido que reinventar desde que se terminaron en el mundo los pueblos llamados “primitivos”. Los historiadores, en cambio, sienten que descienden en línea directa de Tucídides, o si no, al menos de Ranke. No tienen problemas radicales de discontinuidad con su propio pasado.

Los historiadores en general son más mesurados que los antropólogos, y a veces también un poco más cómodos. La etnografía es una práctica mucho más incómoda que la investigación de archivo. Piensen en el contraste entre Indiana Jones y el protagonista de El nombre de la rosa.

Y termino con una observación que se emparenta con esto. La historia, como término, se refiere a dos cosas: a aquello que sucedió en el pasado y a las narrativas acerca de lo que sucedió. La etnografía, por su parte, también tiene un doble sentido, ya que remite, por un lado, al trabajo de campo —que es una práctica de investigación que requiere de la presencia del investigador en el campo—, y por otro a la escritura en que se discute esos trabajos de campo. En ninguno de los dos casos está resuelto de manera única cómo debe de escribirse aquello que se estudia (el pasado, en un caso, la sociedad en el otro). El reto narrativo en la historia y en la antropología es un espacio de invención que ambas tienen en común.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.