Si podemos reunirnos frente al pavo en Navidad es porque hay mesa, porque hay techo. Porque hay cocina y alacena. Al prepararse para la noche de Acción de gracias, W. H. Auden pensaba en la arquitectura, en los recovecos de su casa, en sus atmósferas, su luz, su calidez. Es posible invitar a alguien a cenar porque hay un lugar reservado al W.C.  El arquitecto hace realidad un anhelo esencial: crear un espacio común y al mismo tiempo, delimitar un claustro. Un sitio para todos los días y para las fechas de guardar. Un espacio para ti y un espacio para nosotros. En “Acción de gracias por un hábitat”, un poema que escribió en la primavera de 1962, Auden reflexionaba sobre el gozo de la posada. La historia de la humanidad y los secretos de lo más íntimo se entrecruzan en las habitaciones de su casa. En las escaleras y en mi cocina está Notre Dame; en el cuarto de visitas y en mi recámara aparece la sombra de Stonehedge y el blanco de la Acrópolis. En el planeta hay, por supuesto, otras especies arquitectónicas. Abejas, hormigas, pájaros edifican con tierra, con ramas, con cera. Tejen redes maravillosas, esculpen colmenas de admirable simetría, extienden complejísimos laberintos subterráneos. Pero somos, al parecer, la única especie que imprime trascendencia a sus refugios: levantamos recintos para vivir, pero también para morir. Abrigos contra la lluvia y templos para el culto. Deseosa como es de permanencia, la arquitectura nos recuerda mortales. La arquitectura, dice Auden, no es techo, es recordatorio de que necesitamos vivir como si existiera otra vida. La idea esencial de la arquitectura es esa: si acaso…

Ilustración: José María Martínez

Auden describe su estudio: la caverna del significado. Una cueva para la soledad, una cápsula que mantiene el mundo a lo lejos, un lugar que convierte el silencio en el instrumento más precioso. Tal vez pensar no sea salir de la cueva, sino dejarse envolver por una gruta. Contemplar ahí las sombras, descifrarlas. El recorrido sigue. El poeta nombra la bodega, ese albergue de lo necesario, y el ático que colecciona desechos. En un sitio nos resistimos a la degeneración de las cosas y combatimos la podredumbre. En otro acumulamos desperdicios. Somos coleccionistas de basura y alimento, de sustento y decorado. El poeta se detiene en el baño y en su trono: esa butaca que todos visitan y que sirvió de asiento a aquel personaje de Rodin ha sido, seguramente, la fuente de las más admirables hazañas. ¡Cuánto se ha pensado ahí! Y la regadera, un edén del canto. Habla, por supuesto, de la sala que es una invitación a la amistad. La más suntuosa de las habitaciones permanece vacía y callada durante buena parte del año porque se prepara a recibirte. Auden mira su recámara y ve una mano que acaricia nuestra desnudez.

En la casa del poeta, como en la casa de cualquiera, aparece el cuento de la civilización. Con tabiques y tablones se trazan los linderos de lo íntimo y de lo público, el lugar para la fiesta y para la reclusión, los almacenes de lo útil y las bóvedas de lo inservible. La casa es nuestra huella digital, el sello de nuestra identidad. Nuestras casas registran el hábito y la memoria. Celebran con nosotros, se ventilan con visitas, resienten las ausencias. Envejecen como nuestra piel. “Nuestras casas saben bien cómo somos”, dijo Juan Ramón Jiménez. Pero, ¿a qué nosotros alude el poeta español? ¿A quién comprende la arquitectura? A la sociedad donde se instala y no sólo a la familia que la habita. La casa es el intersticio vital. Su carácter fronterizo puede reconocerse en estas líneas rudas y amenazantes de Auden.

A unas treinta pulgadas de mi nariz
se levanta mi frontera,
y todo ese aire intacto
es mi privado pagus, mi heredad.
Extraño: a menos que con ojos de almohada
te invite a intimar,
ten cuidado de invadirla rudamente.
No tengo pistola, pero sé escupir.

En la nariz de Auden se traza la órbita de lo íntimo. Circunferencia que no puede ser invadida más que con invitación. A cuidar ese aire se dedica el arquitecto, a impedir que el extraño irrumpa. Abrirá también el ámbito de las conspiraciones: el sitio donde respiramos juntos. Dentro, fuera. Juntos, recluidos. La arquitectura negocia de ese modo lo íntimo y lo familiar, lo doméstico y lo público, lo utilitario y lo contemplativo, el encuentro y el retiro. No somos lobos, escribe en el poema. Lo que cuenta es el canto, el amor y la casa.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

Un comentario en “La casa de Auden

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