No sé por qué soñé con mi perro. Un segundo. Sólo pasó corriendo en Chapultepec. Nunca sabe uno por qué sueña qué. Tanto se ha dicho, que mejor no volver a discurrir en vano. Un sueño me trajo la memoria de otro, de uno que recuerdo cada vez que puedo.

Mi perro se llamaba Gioco, que quiere decir juego, en italiano. Una fatuidad darle tal nombre. Pero él estaba tocado por la gracia. Era un juguete.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Lo que recuerdo pasó al terminar la noche. Y así lo escribí al día siguiente. Usando a placer el tiempo de los verbos. Aún medio dormida.

“Desperté a las seis y media. Fui al baño y volví a la cama con frío. Arropada sentí un abrazo y en medio instante pasé a estar en Valsequillo. Teníamos una casa a la vera del lago. Una casa como es imposible tenerlas porque el lago, que es producto de una presa, sube y baja sin que se pueda saber cuánto lo hará. Sin embargo, mi casa quedaba junto al lago. Tenía además un andador desde el cual se podía entrar al agua por una pequeña rampa.

En la terraza de semejante embarcadero estábamos sentados Héctor y yo, conversando. Riéndonos, hablando de nada importante. En el horizonte, algunas lanchas cruzaban frente a nosotros y entre ellas vimos aparecer, nadando como un delfín, al mismísimo Gioco, que tanto odia el agua. Saltaba entre las estelas que iban dejando las lanchas y se veía verde y brillante, hermoso como un desafío. A veces, al saltar, hacía a su alrededor un halo de agua y soltaba una suerte de chispas que iluminaban aún más el aire de la mañana. Al fondo nos vigilaba el volcán, como si nuestra casa tuviera la vista de la laguna de San Baltazar. Tuve una inolvidable sensación de placer fácil. Me reía como una niña con todo lo que pasaba. Y era todo tan real y tan sencillo. El Gioco se acercaba nadando como de muertito y me gustaba verlo llegar junto a nosotros. Igual que si fuera un hijo, quizás la representación de los hijos en el sueño. Se colgaba de la rampa con las patas delanteras para tratar de salir, o para pedirme que lo ayudara a salir. Entonces yo me acerqué hasta él y lo saqué poniéndole en el suelo mientras pensaba que al sacudirse mojaría a Héctor, quien por más que estuviéramos en un sueño andaba con pantalón largo, y no en traje de baño, a la orilla del agua. Como lo preví, el perro se sacudió y mojó a Héctor. A él, para mi sorpresa, no sólo no lo enojaba, sino que le hizo gracia. Todo era tan normal y apacible, al mismo tiempo tan inusitado. En tan idílico cuadro hacía su entrada una mujer almidonada y sonriente que trabajaba en la casa, asunto aún más imposible que todo el sueño. Se acercaba a Héctor y le daba un beso. Qué cosa más rara, me decía yo. Luego me dió un beso a mí y dijo suave: ya pueden pasar a desayunar cuando lo deseen”.

Esto escribí hace quince años en un anecdotario que entonces visitaba yo con más asiduidad que ahora.

“¡Qué sueño!” comenta el texto que sigue. “Estuve feliz y desperté a un día que no por grisáceo será menos generoso. Lo sé. Tendré que escribirle a Verónica diciéndole que mi carta de anoche era medio sombría, que no le haga caso. Ahora que, de cualquier modo, tampoco es que fuera a hacerle mucho caso. Ella sabe que tengo mis crestas y mis acantilados”.

Lo sabía entonces, hoy más bien sabe que ando en las nubes. Ahora divago. Los sueños son cosas que hace el cuerpo, por su cuenta, mientras dormimos. No creo que sean profecías, ni que dependan de nosotros. Tímido el pensamiento huye el conocimiento y cobarde el discurso se desvía, escribió Sor Juana a quien cualquier lector sabe que la desesperaba no controlar el conocimiento.

Yo nunca he escrito cosa alguna por mi voluntad, sino por ruegos y preceptos ajenos, de tal manera que no me acuerdo haber escrito por mi gusto, si no es un papelillo que llaman Sueño.

“Papelillo” quiso llamar Sor Juana a esa máxima sofisticación de su siglo que es el Sueño. Tantos críticos, sabios, eruditos, han dedicado sus vidas a estudiarlo. Y ella lo llamó papelillo.

No sé por qué se cruza Sor Juana en todo esto. Juro que no la traigo a propósito, ella entra. Seguro por inalcanzable. No me la sé sino en retazos. El que vive lo que sabe, sólo sabe lo que vive.

Todo el mundo es opiniones de pareceres tan varios. Penas a mi desdicha desiguales. Que no sé lo que me digo, por saber lo que no siento. Cosas así, que doy en repetir como jaculatorias, mientras subo las escaleras o trato de que no se caiga un niño. Detente sombra de mi bien esquivo. Voy diciendo y al tiempo me pregunto cómo es posible que tantos pueden seguir votando a favor del monstruo anaranjado. Del aeropuerto ya ni pienso porque no haría otra cosa. Después resulta que no hay aceite para guisar. Y que Lupita está de mal humor. ¿Qué pasaría con la mujer del “ya pueden pasar a desayunar cuando lo deseen”?

Los sueños han sido materia de las palabras desde los tiempos más remotos. No me quiero meter con ellos. ¿La vida es sueño? Si es porque pasa en desorden, la mía lo es. Por eso me confundo. Aquel sábado en que fuimos a oír a la orquesta Marinsky dirigida por Gerguiev ¿sucedió de verdad? Íbamos en un Uber que no pudo dejarnos en Bellas Artes porque a la altura de Fray Servando la calle estaba cerrada. No se ha terminado el desfile de muertos y hay como cien mil personas caminando hacia acá, dijo el policía. Como si no quedara de otra, nunca pensamos que nos quedaba de otra, no se piensa en los sueños, nos bajamos a caminar, en tacones, por el Eje Central Lázaro Cárdenas que antes se llamaba Niño Perdido. ¿Cómo pudieron desaparecer tal nombre? Habiendo tantas calles a las que llamar Cárdenas, desaparecieron Niño Perdido. Y eso sí que ya no tiene vuelta de hoja. Caminábamos entre miles de personas. Todas, por supuesto, como bien dijo el policía, yendo hacia nosotros, no con nosotros. Nosotros queríamos llegar a Bellas Artes, no salir del desfile. Y qué rara fortuna caminar por en medio de la calle, mirando a tanta gente. Muchos con las caras pintadas. Muchos con niños en brazos, con abuelitas, con rebozos, con audífonos. Había alebrijes como en la película de James Bond que no vi, pero que era muy vívida en el sueño. Cada quien su guerra y su juego. Y muchos niños pintados como Coco, el de la otra película. Y catrinas. ¡Qué animada es la gente!, seguía yo diciendo —Sí, mamá, nosotros también somos la gente. Y míranos—, decía Catalina. A las cuatro calles nos tomó el cansancio y apareció un bicitaxi. Nos subimos. Y a volar. Quién no haya tenido este sueño vaya a buscarlo. Un hombre como una larga espina, metió su transporte entre la multitud. Y nos metió a nosotros con él. ¡Qué animada es la gente! Se saltó al carril del trolebús y nos deslizamos sin tropiezos más de media calle. Más aún, hasta que de repente lo vimos, inmenso, como si brotara del suelo oscuro: el trolebús, casi sobre nosotros, casi alcanzándonos, pero sin lograrlo, porque el manejador de la bici movió el manubrio y los pies, como si anduviera en patineta, y dimos un salto de regreso a la multitud. Nos reíamos. Pero la multitud ya andaba entre los coches, porque a esa altura ya los habían dejado entrar, así que nuestras piernas, sentadas en una tabla, pero bailando, casi al ras de la calle, corrían el riesgo de estrellarse contra las placas, las salpicaderas o las llantas de los autos que andaban menos temerosos que nosotros, pero más que la gente enfrentándolos. ¿Ustedes van para allá? Nosotros vamos saliendo, parecían decir con sus cuerpos echados hacia adelante, decididos, habituados a ser quién que nada teme a media calle, con sus bebés pintados y sus disfraces de calaveras y esqueletos.

Piramidal funesta de la tierra/nacida sombra, al Cielo encaminada, de vanos obeliscos punta altiva,/ escalar pretendiendo las estrellas. Dice la Sor.

¡Qué sueño éste! Gritamos viendo aparecer Bellas Artes. Como para vivirlo.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “Al cielo encaminada

  1. Manu: Eres loca. Yo, comparada con la sor no llego ni a confeti. Pero como siempre, estoy gradecida contigo y a tus pies. Gracias por escribir. Como ves, este texto resultço una fábula algo confusa. No gustó mucho. Pero contigo, Denise Maercker y Rolando Cordera, tengo más que suficiente.

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