El estadio estaba a reventar. En el minuto 30 del segundo tiempo el árbitro marcó un penal a favor del equipo visitante. El otro equipo —el de medición en tiempo real— mostraba que los niveles de etanol exhalado por la muchedumbre, tomando en cuenta el número de asistentes y el porcentaje de niños presentes, indicaban una muy probable reacción embriagadora, tanto por la cerveza como por la creciente tensión que se respiraba en el aire y que también era monitoreada con un espectrógrafo de masa. En encuentros previos esta atmósfera explosiva había resultado en trifulcas en las gradas a los pocos minutos de que el etanol y otros compuestos en el aire exhalado por el público alcanzaron ciertos valores considerados desde entonces como críticos, por lo que de inmediato fueron implementadas las medidas de seguridad previstas en estas circunstancias para garantizar una final ordenada y en paz.

El hipotético caso descrito es una de las posibles aplicaciones a no tan largo plazo de una línea de investigación iniciada hace algunos años: el análisis de la respiración de multitudes,1 que consiste en monitorear en tiempo real, a lo largo de cierto intervalo de tiempo (por ejemplo, cada medio minuto durante dos horas), los cambios en la concentración de los diferentes compuestos orgánicos volátiles o COV (moléculas que contienen carbono y que se encuentran en estado gaseoso a temperatura ambiente) exhalados por grupos de personas para así determinar el comportamiento y la respuesta emocional de los asistentes a cualquiera de los encuentros a los que acudimos y disfrutamos en manada.

A nivel personal y como sabe todo aquel que ha tenido que manejar luego de ingerir lo que, a su juicio, considera una dosis por debajo del límite tras el cual está garantizada su estancia en el equivalente regional de El Torito, el análisis de la respiración no es nada nuevo y puede que el alcoholímetro nos resulte más que familiar. Además de etanol y cuando no estamos de farra, nuestro aliento contiene numerosos compuestos cuya presencia y nivel de concentración se usan, por ejemplo, en el área de la salud para diagnosticar la severidad de infecciones bacterianas y el grado de exposición a ciertos químicos presentes en el ambiente.

Ilustración: Oldemar González

Ya en manada, el gol fallado por Ronaldo, la canción interpretada por Rihanna o la mención de nuestro nombre durante la rifa navideña provocan en cada uno de nosotros emociones que se traducen en muy variopintos cambios fisiológicos posibles de medir in situ con un arsenal de instrumentos (termómetros, estetoscopios, baumanómetros, electroencefalogramas, tomógrafos, etcétera.) que, por invasiva y onerosa, no son la mejor opción si lo que queremos es estudiar la reacción emocional multitudinaria al sumar las reacciones de todas y cada una de las decenas, cientos o miles de personas que definen a un gentío.

En comparación, monitorear la atmósfera que rodea a una multitud es un procedimiento sumamente barato, con la ventaja añadida y bienvenida de no invadir en modo alguno nuestro cuerpo (con agujas, electrodos ni ningún otro tipo de sonda) ni nuestro disfrute del evento, dado que, mientras examinan hasta nuestro último aliento ni siquiera nos damos cuenta de que lo hacen. Esto ha sido posible apenas en este siglo gracias a avances tanto en los métodos usados como en los instrumentos de medición de la espectrografía de masas. Los actuales espectrógrafos permiten determinar la cantidad de diferentes moléculas presentes en un compuesto —o, en lo que aquí nos interesa, en la mezcla de gases a la que llamamos aire— en función de sus masas, y son capaces de tomar mediciones con intervalos de tiempo en el orden de los milisegundos.

Como la composición del aire que exhalamos varía debido a la edad, el sexo, el nivel de actividad física, el estado de la salud, la dieta y la atmósfera local —por mencionar sólo algunos de los factores más importantes—, y como nuestra aportación al aire que nos rodea no proviene sólo de los compuestos presentes en nuestra respiración, sino también de todas las especies de microorganismos que habitan en nuestra piel, sumados a los que acompañan a la miríada de sustancias que forman parte de perfumes, jabones, desodorantes y hasta restos de comida (esto es, el exposoma que rodea una persona; nada que ver con el aura imaginaria del New Age), para hacer inferencias válidas y útiles de la respiración de cientos o miles de personas necesariamente tiene que: 1) restringirse a aquellos COV que están en mayor concentración en nuestras exhalaciones: dióxido de carbono (alrededor de un 4%), isopreno y acetona; 2) medir las concentraciones de estos COV en condiciones en las que la actividad de la muchedumbre pueda ser minimizada, de manera óptima al sentar durante el experimento a todos los participantes en un espacio cerrado y ventilado en el que, por unas horas, sea posible monitorear los cambios que se dan como respuesta a diferentes estímulos introducidos artificialmente. ¿Existe algo así? Sí. Rigurosamente hablando: en el cine.

 

Al inventarse el cine nadie hubiera imaginado que, cien años después, los públicos de Machete Kills o El Hobbit 2: La desolación de Smaug seríamos los sujetos idóneos de las primeras investigaciones sobre las señales químicas que emitimos grupalmente cuando Machete destripa a sus enemigos con su arma homónima o al ver cómo se enamoran Kili y Tauriel, de manera que, con sólo ver cómo aumentan o disminuyen los niveles de dióxido de carbono en la sala de cine, podamos deducir si los espectadores están viendo una escena de terror o, por el contrario, una romántica, en una igualmente idílica colaboración entre la biología y la psicología de las emociones, cuyos frutos pueden ser de gran valor para la industria fílmica y la mercadotecnia, pues ya sabemos que una cosa es lo que decimos sentir y otra muy distinta lo que sentimos realmente (y aquí me dejé llevar por la emoción y sustituí esta palabra, con perdón de los psicólogos, por sentimiento, aunque no son sinónimos). Con el análisis de la respiración de multitudes podemos saber, sin que interfiera ningún juicio ni prejuicio individual, tanto si el público se entristeció al morir Mufasa o la mamá de Bambi, como el nivel de esa tristeza (en una escala de 1 a 10, ¿Mufasa-8, mamá de Bambi-10?).

En 2016 investigadores del Instituto Max Planck y de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia monitorearon los cambios en el aire de una sala de cine durante 108 proyecciones de 16 diferentes películas de distintos géneros (incluyendo romance, comedia y terror) con una asistencia total de 9,500 personas.2 Los científicos determinaron que durante la exhibición de la película Los juegos del hambre 2, cuando el pulso y la tasa de respiración del público se incrementaban al unísono ante una escena excitante, los niveles de dióxido de carbono alcanzaban valores máximos, sin importar que se tratase de exhibiciones en días y con públicos distintos, de manera que era posible identificar la película y las escenas con sólo ver el comportamiento de este gas.

El segundo COV cuyo comportamiento llamó la atención de los científicos fue el isopreno. Gracias al análisis de la respiración de individuos, se sabe que este gas, que es almacenado en el tejido muscular, es liberado en el torrente sanguíneo cuando movemos nuestros músculos y expulsado del cuerpo al exhalar. Es por ello que los máximos en la concentración de este gas en el aire de la sala de cine se alcanzaron al final de cada proyección cuando la gente se movía para salir, mientras que, nuevamente durante la proyección de Los juegos del hambre 2, los otros dos picos correspondieron a momentos en los que el público, presumiblemente, contuvo la respiración y contrajo los músculos mientras veía con ansiedad cómo se incendiaba el vestido de Katniss y el instante en que iniciaba la batalla final.

Alentados por estos resultados, en octubre de 2018 el mismo equipo de pioneros en respiración multitudinaria decidió probar si era posible, a partir meramente de la respuesta biológica y visceral ante escenas correspondientes a diferentes géneros cinematográficos, predecir mediante este criterio químico y de manera objetiva si una película correspondía al rango de edad sugerido de forma subjetiva y con base en los múltiples criterios (escenas de violencia, sexo, consumo de alcohol y drogas y profanidad, entre otros) de las autoridades correspondientes.3 Con este fin, monitorearon los cambios en la concentración de COV en el aire de las salas de dos cines durante la proyección de 11 películas distintas a lo largo de 8 semanas y con una asistencia de 13 mil personas. Aunque el dióxido de carbono e isopreno se comportaron de la manera esperada, el primero sólo permitió determinar si la película tenía una clasificación de 12 años o mayores (en México, la clasificación B), posiblemente porque los filmes considerados en esta categoría como parte de este estudio correspondieron únicamente al género de acción, con la consabida respuesta en términos de aceleración del ritmo respiratorio.

Más promisorio fue el isopreno como predictor: los valores más altos, aun sin considerar la proporción de niños menores de 12 años presentes en la sala, correspondieron a la clasificación A de México, para todo público, seguidos por la clasificación “apta para menores de seis años” y “apta para menores de 12 años”. Esto puede deberse a que, aunque los niños exhalan menos isopreno que los adultos en cada respiración, se mueven muchísimo más a lo largo de toda la proyección de una película, como bien puede comprobar quien acompañe a alguno a ver la nueva versión de “El Grinch” o alguna otra animación decembrina.

De vuelta a Los juegos del hambre, no es difícil imaginar una sociedad distópica en la que un demagogo como el presidente Snow pudiese conocer, gracias a este tipo de análisis y de manera confiable, casi al instante y a medida que se dirige a una multitud, cómo reacciona emocionalmente ésta para modificar su arenga y manipular de manera más eficiente al pueblo bueno. En un escenario así, decir que el discurso del discípulo de Goebbels hizo que contuviéramos el aliento adquiere otra dimensión.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Hipotético en cuanto a su aplicación, pero los niveles de etanol emitido por la multitud presente el 20 de abril de 2013 en la Arena Coface de Maguncia, Alemania, en verdad fueron medidos durante las tres horas de duración de un partido. Aunque insignificante a nivel global, en una escala local el flujo de etanol proveniente del aliento de los bebedores de cerveza en el estadio fue mucho mayor que el debido a cualquier otra causa natural: Veres, P.R., F. Peter, F. Drewnick, J. Lelieveld y J. Williams, 2013, Anthropogenic sources of VOC in a football stadium: Assessing human emissions in the atmosphere, Atmospheric Environment, 77, pp. 1052-1059.

2 Williams, J., C. Stönner, J. Wicker, N. Krauter, B. Derstroff, E. Bourtsoukidis, T. Klüpfel y S. Kramer, 2016, Cinema audiences reproducibly vary the chemical composition of air during films, by broadcasting scene specific emissions on breath, Scientific Reports, 6(25464), 10 pp.

3 Stönner, C., A. Edtbauer, B. Derstroff, E. Bourtsoukidis, T. Klüpfel, J. Wicker y J. Williams, 2018, Proof of concept study: Testing human volatile organic compounds as tools for age classification of films, PLOS ONE, 14 pp.

 

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