¿Es puro pecado
 precipitarnos a la guarida de la muerte
 antes de que la muerte se atreva a buscarnos?

—William Shakespeare

En 2007 André Gorz, quien tenía 84 años, decidió, tras enterarse de la enfermedad incurable de Dorine, su esposa, de 82 años, suicidarse junto con ella. Gorz fue un connotado filósofo y periodista francés de origen austriaco; entre otras bellezas, colaboró en la creación de Nouvel Observateur, y escribió durante años en Les Temps Modernes, la célebre revista fundada por su amigo Sartre. Gorz sabía de la vida: había escrito y reflexionado incontables veces al respecto.

La muerte acogió a André y a Dorine gracias a una inyección letal. En Carta a D. Una historia de amor, escribió: “Recién acabas de cumplir 82 años. Y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos. Hace poco volví a enamorarme de ti una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacia tu cuerpo apretado contra el mío […] Ambos desearíamos no sobrevivir a la muerte del otro. Nos hemos dicho que si tuviéramos otra vida quisiéramos pasarla juntos”.

Ilustración: Kathia Recio

Si el suicidio per se es un tema complicado, el de parejas lo es más. El quid reside en la autonomía de la persona, autonomía como atributo de libertad, de contar con la capacidad de decidir motu proprio. En el caso del suicidio de parejas hablamos de dos autonomías, que si bien pueden sumarse, y decantarse por la misma vía, no siempre son iguales. Vericueto fenomenal: cuando se habla de suicidio de parejas, ¿cómo compaginar dos autonomías si existen diferencias aunque sean sutiles?

Preguntas sobran, respuestas faltan. Quienes se quitan la vida al unísono, ¿lo hacen por amor?, ¿por temor a pervivir sin la pareja?, ¿por presión de quien toma la decisión de quitarse la vida, ya sea por enfermedad u otra razón?, ¿por desamor hacia la vida?, ¿por deudas impagables?, o bien, por el derecho de actuar siguiendo los dictados de su propia conciencia.

El suicidio siempre plantea problemas complejos. Hay quienes lo aprueban al afirmar que es el máximo ejercicio de libertad; hay quienes lo reprueban por razones religiosas, y quienes lo rechazan porque el acto daña a terceros. Comparto un tópico fundamental: la autonomía no debe dañar a terceros, si lo hace, es lícito cuestionar si la autonomía debe tener límites.

Repito: opinar sobre el suicidio de una persona es complejo, hacerlo sobre una pareja es más intrincado. Los casos de suicidios de parejas, por infrecuentes o porque no alcanzan la prensa, son paradigmáticos. Comparto tres. Las historias son diferentes y plantean problemas distintos.

En 2017 el periódico canadiense The Globe and Mail publicó la historia de Ernie y Kay Sievewright, quienes tras 55 años de matrimonio solicitaron ayuda médica para morir al mismo tiempo. Ambos tenían 76 años. Él padecía diversas enfermedades y ella esclerosis múltiple. Cuatro médicos negaron su ayuda. Finalmente, la asistencia para morir se llevó a cabo gracias a la intervención de otro galeno, con la ominosa salvedad de que Kay murió cuatro días antes. Ernie consideró que la diferencia de tiempos fue cruel. Ernie tenía razón: la decisión de la pareja, cruda y amorosa, valiente y digna, culminó mal. Aguardar la muerte, tras haber solicitado apoyo médico, cuando la pareja ya feneció es inhumano. Cuatro largos días tardó en morir Ernie. Fueron cuatro pero pudieron ser cinco, seis, más…

Edward y Joan Downes se suicidaron con el apoyo de sus hijos en 2009 en la Clínica Dignitas, institución especializada en suicidio asistido, en Zurich. Edward fue un conocido director de orquesta británico y Joan bailarina y coreógrafa del Royal Ballet. De acuerdo al comunicado de los hijos, “la pareja, después de pasar 54 años juntos, en los que fueron muy felices, decidió acabar con sus vidas para no tener que seguir padeciendo los graves problemas de salud que les aquejaban”. Él tenía 85 años, estaba ciego y casi sordo. Joan, dos años menor, tenía un cáncer terminal. “Los dos”, comentaron los hijos, “se consideraban muy afortunados por el tipo de vida que habían llevado”. Dado que en el Reino Unido la eutanasia y el suicido asistido están prohibidos, la pareja tuvo que viajar a Suiza en compañía de sus hijos, quienes estuvieron presentes durante el acto que terminó con el sufrimiento de sus progenitores. En Suiza el suicidio asistido se aplica a nacionales y a extranjeros. Quienes están en contra de esa vía, de la Clínica Dignitas y afines, hablan de un “turismo de la muerte”. Quienes acuden a ella, además de tener solvencia económica, lo hacen porque en sus países natales no consiguen asistencia para terminar con sus vidas. Dos posiciones antagónicas. Los esposos Downes, dueños de una vida plena, víctimas hacia el final de enfermedades muy complejas, prefirieron adelantarse antes de que la indignidad hubiese sido demasiada. ¿Habrán leído los versos de Shakespeare con los cuales abre este ensayo?

La tercera historia corresponde a Arthur Koestler y su esposa, Cynthia. Judío nacido en Budapest, vivió el fin del imperio austrohúngaro; figura polémica, admirable por muchas razones y exasperante por otras, gran polemista y, de acuerdo a Christopher Hitchens, fanático en muchos aspectos. Novelista, historiador, periodista, activista político y filósofo social, se suicidó con su esposa en 1983. Ambos pertenecían a la Sociedad para la Eutanasia Voluntaria —extraño nombre, la eutanasia siempre es voluntaria—. Koestler padecía Parkinson y leucemia; Cynthia, su tercera esposa, 27 años menor, era sana. Murieron por sobredosis de barbitúricos. A su perro también le suministraron medicamentos y murió a su lado. Un año antes Koestler había escrito que buscaría su autoliberación antes de que fuese incapaz de preparar las cosas adecuadamente.

Debido a sus escritos a favor de la eutanasia y como miembro de grupos defensores del derecho a morir, el suicidio de Koestler no sorprendió. Cynthia no dejó ninguna nota. Siempre será motivo de polémica entender las razones de la pareja sana que se suicida al lado del enfermo.

 

Aunque no abundan los datos acerca de los suicidios dobles, algunas constantes son evidentes. La mayoría de las veces el acto es cometido por personas viejas, con buenas relaciones, usualmente con estudios profesionales. Casi siempre se trata de individuos exitosos que padecen enfermedades terminales o procesos incapacitantes y/o degenerativos para los cuales no hay solución. La mayoría de las veces el enfermo se quita la vida porque el sufrimiento, físico o psíquico, es intolerable, porque la autonomía se ha perdido, la  dignidad se ha erosionado y la calidad de vida ha desaparecido. Cuando la pareja también está enferma se comprende la solidaridad; cuando está sana, las preguntas se multiplican: no se trata de condenar, se debe cavilar.

Retomo dos preguntas. ¿Tiene la pareja derecho a suicidarse?; ¿es un acto lícito porque denota valor, compromiso y vínculos estrechos —amor en lenguaje coloquial—? La primera cuestión confronta a los librepensadores contra quienes sostienen que Dios existe y él decide. Los primeros aseguran que el ser humano es autónomo, por lo cual, como esbocé antes, le permite a la persona decidir acerca de su vida. Los segundos, los creyentes de alguna divinidad, afirman que la vida, y su final, le pertenece a Dios. La distancia entre una y otra opción es abismal. No hay encuentro posible.

La segunda pregunta debe contestarse a la luz de lo que sucede con muchas personas añosas, sin nadie, o casi nadie que vele por ellas, cuya cotidianeidad suele sufrirse más que vivirse, que entienden la cercanía e inevitabilidad del final, y que son víctimas de los incontables traspiés propios de los últimos días o meses de vida, así como del sinsentido de prolongar innecesariamente la vida. Algunas parejas, sobre todo en el primer mundo, consideran también que el suicidio doble es solución válida, ya sea por el abandono propio de las sociedades ricas y porque saben que la medicina no les puede ofrecer las herramientas necesarias para soportar el trance final. Para otros, defensores de una existencia digna, morir, motu proprio al lado de la pareja, es el clímax de la libertad: finalizar juntos permite, además, no confrontar la angustia por el futuro del deudo, muchas veces enfermo, viejo, sin compañía.

El suicidio de parejas es un brete complicado. Muchas aristas, muchos vericuetos. Hay quienes son incapaces de seguir vivos, por enfermedad, por cansancio, por pobreza o por deudas impagables. Hay parejas que prefieren seguir a la suya y morir en vez de pervivir. Respuestas unívocas no hay. Juicios morales, los hay, borrarlos es necesario. El suicidio tiene incontables significados. Las razones varían entre las personas y en el tiempo. El suicidio no es un crimen moral. Tampoco es objeto de recetas médicas. Cavilar vale la pena. No importa concluir. No es posible hacerlo. Son demasiadas las preguntas, innumerables las realidades —en plural.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.

 

11 comentarios en “Suicidio de parejas

  1. Excelente artículo, pero incluye una observación que me sorprende. Dice que Koestler y su esposa pertenecían a la Sociedad para la Eutanasia Voluntaria, y acota entre guiones: “extraño nombre, la eutanasia siempre es voluntaria”. Pero la eutanasia no es siempre voluntaria. Basta recordar el uso de ella que hizo el nazismo para “limpiar” a la sociedad de seres “anormales”, que generalmente fueron discapacitados mentales. Nada más apuntar eso.

  2. Estimado Ricardo,
    Agradezco mucho su tiempo y su observación. Lo que los nazis llamaban eutanasia no era eutanasia, era asesinatos, asesinatos viles. Escogieron la palabra para acabar con seres humanos infradotados -según ellos-. De hecho, la mala fama de la eutanasia se debe a ellos y a lo que se denomina la pendiente resbalosa.
    Agradezco mucho su interés.
    Saludos,
    Arnoldo Kraus

      • Gracias Ricardo, el tema es apasionante. Quizás podamos “inventar” -y publicar- un diálogo al respecto. Desde hace tiempo este y temas afines, me interesan.
        Abrazo,
        Kraus

  3. Gracias Ricardo, yo también acepto su idea. Quizás podamos entabla un diálogo al respecto, y quizás publicar un pequeño ensayo. Seguro sus ideas alimentarán mis nociones.
    Saludos afectuosos,
    Arnoldo Kraus

    • MI dirección electrónica es conocida en Nexos, pidala allá y nos comunicamos directamente. Vale, y buenas noches desde el ferry nocurno que a diario me lleva a Escocia.

  4. Mientras unos critican cobardía y debilidad en el acto de morir de forma voluntaria, otros ven valentía y fortaleza. Probablemente en un futuro no muy lejano, muchos países de occidente contemplen la muerte asistida como política pública. Las personas que contemplen utilizar esta asistencia, además de lidiar con sus propios miedos, principios y dilemas filosóficos, tendrán también que enfrentarse al estigma social del que serán objeto tanto ellos, como sus familiares que permanezcan vivos.

    • Gracias Pablo por tu comentario,
      Como sabes, el tema del suicidio médicamente asistido empieza a debatirse en más países, y, aunque con suma lentitud, se ha aprobado en algunas naciones. Adueñarse de la muerte, se preferencia en compañía de los seres queridos, es el culmen de una “buena vida”.
      Gracias por la lectura,
      Arnoldo K

  5. Llegué aquí por recomendación de Ricardo Bada, y me encuentro con este excelente texto, sobre el suicidio de parejas, y si la eutanasia es voluntaria o no, y al respecto quería acotar algo: La eutanasia tiene una definición común, que es la que menciona Ricardo, y una legal, que es la que cita el Dr Kraus. La diferencia está en el hecho que en la segunda, la persona debe dejar explícita su voluntad de morir, mientras que en la primera no. La explicación-creo- es obvia: Evitar el llamado “asesinato por compasión” o un asesinato.
    En cuanto a los suicidios de pareja, sería interesante analizar los pactos suicidas de parejas por desesperación como el de Stefan Zweig y su esposa.
    El artículo me gustó mucho Dr Kraus, gracias por enseñarme algo nuevo.

  6. Gracias Samuel.
    El tema de la eutanasia, del suicidio asistido o del suicidio médicamente asistido es una instancia que cada vez gana más espacios y más adeptos. Es un tema del cual he reflexionado en este y en otros espacios. Lo fundamental radica en discutir, como tú lo haces, las diferentes perspectivas y posibilidades. Fundamental es también aparcar el tema de voces decimonónicas, religiosas o políticas. Se debe, a toda costa, romper con la medicalización de la muerte. El asunto de Zweig y su esposa es demoledor. Basta leer “El mundo de ayer”.
    Gracias por el interés.
    Saludos cordiales,
    Arnoldo Kraus

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