En pleno océano Atlántico —contó Antonio Tabucchi (Pisa, 1943-Lisboa, 2012)—, aproximadamente a medio camino entre Europa y América, se encuentra el archipiélago de las Azores, formado por nueve islas: Santa María, São Miguel, Terceira, Graciosa, São Jorge, Pico, Faial, Flores, Corvo. El nombre se debe a un error de los primeros navegantes portugueses que confundieron con gavilanes (en portugués açores) a los numerosos neblíes que pueblan las escolleras de las islas. La colonización portuguesa comenzó en 1432 y continuó durante todo el siglo XV. La caza a la ballena, según los métodos arcaicos, se practica actualmente tan sólo en Pico y en Faial. Publicamos un relato incluido en Cuentos (Anagrama, colección Compendium, 2018), perteneciente a Dama de Porto Pim, cuyos temas son fundamentalmente las ballenas, que, según Tabucchi, “más que animales parecen metáforas; y con ellas los naufragios, que en su acepción de actos fallidos y de desastres, parecen asimismo metafóricos. […] Si he hablado de ballenas y de naufragios es solo porque en las Azores disfrutan de una inequívoca concreción”. “Pequeñas ballenas azules que pasean por las Azores” puede considerarse “como una ficción dirigida, en el sentido de que fue sugerido a mi imaginación por un fragmento de conversación escuchado por azar. Ni yo mismo conozco el antes y el después de la historia. Presumo que pueda tratarse de una especie de naufragio”, escribió el autor de Los tres últimos días de Fernando Pessoa.


Me lo debe todo, dijo el hombre con fogosidad, todo: el dinero y el éxito. La he hecho yo, la he plasmado con estas manos, podría decir. Y al decirlo se miró las manos abriendo y cerrando los dedos en un gesto extraño, como si quisiese aferrar una sombra.

El barquito empezó a cambiar de rumbo y una ráfaga de viento alborotó el cabello de la mujer. No digas eso, Marcel, te lo ruego, murmuró mirándose los zapatos, baja la voz, nos están observando. Era rubia y llevaba unas enormes gafas de sol con los cristales ahumados. El hombre sacudió levemente la cabeza, un gesto que denotaba fastidio. Tampoco van a entender nada, replicó. Arrojó al mar la colilla de cigarrillo y se tocó la punta de la nariz como para ahuyentar algún insecto. Lady Macbeth, dijo con ironía, la gran trágica. ¿Sabes cómo se llamaba el lugar donde la encontré yo?, se llamaba La Baguette y ella no hacía exactamente de Lady Macbeth, ¿sabes qué es lo que hacía? La mujer se quitó las gafas y las restregó nerviosamente contra la blusa. Por favor, Marcel, dijo. Mostraba el trasero a una platea de viejos viciosos, la gran trágica, eso es lo que hacía. Ahuyentó de nuevo al invisible insecto de la punta de su nariz. Todavía tengo las fotografías, dijo.

El marinero que revisaba los billetes se detuvo ante ellos y la mujer rebuscó en su bolsito. Pregúntale cuánto falta todavía, dijo el hombre, me encuentro mal, esta carraca hace que se me revuelva el estómago. La mujer se las ingenió para formular la pregunta en aquella lengua extraña y el marinero respondió sonriendo. Una hora y media aproximadamente, tradujo ella, el barco hace una parada de dos horas y luego regresa. Se puso nuevamente las gafas y se anudó el foulard. Las cosas no son siempre como creemos, dijo. ¿Qué cosas?, preguntó él. Ella esbozó una vaga sonrisa. Las cosas, dijo. Y luego prosiguió: pensaba en Albertine. El hombre hizo una mueca como de impaciencia. Albertine, dijo como si sopesase el nombre, Albertine. ¿Sabes cómo se llamaba la gran trágica en la época de La Baguette? Se llamaba Carole, Carole Don-Don. ¿Bonito, eh? Se puso a mirar el mar con aire ofendido y estalló en una pequeña exclamación: ¡mira!, y señaló con el dedo hacia el mediodía. La mujer se dio la vuelta y se puso a mirar también ella. En el horizonte se veía el cono verde de la isla que emergía netamente del agua. Estamos llegando, dijo el hombre muy contento, en mi opinión falta menos de una hora y media. Luego entornó los ojos y se apoyó en el parapeto. También hay escollos, añadió. Movió el brazo hacia la izquierda y señaló dos excrecencias turquesa, como dos sombreros posados sobre el agua. Qué escollos más feos, dijo, parecen almohadones. No los veo, dijo la mujer. Allí, un poco más a la izquierda, exactamente frente a mi dedo, ¿los ves?, dijo Marcel. Con su brazo derecho rodeó los hombros de la mujer, manteniendo la mano extendida hacia delante. Exactamente en la dirección de mi dedo, repitió.

El revisor se había sentado en un banco cerca de la barandilla, había terminado la ronda y estaba observando sus movimientos. Quizá intuyó el significado de la conversación, porque se acercó sonriendo y habló a la mujer con aire divertido. Ella escuchó con atención y luego exclamó: ¡nooo!, y se llevó una mano a la boca con aire travieso e infantil, como para reprimir una carcajada. ¿Qué dice?, preguntó el hombre con ese aire ligeramente estólido de quien no sigue una conversación. La mujer lanzó al revisor una mirada de complicidad. En sus ojos bailaba la risa y estaba muy hermosa. Dice que no son escollos, dijo dejando en suspenso a propósito lo que había sabido. El hombre la miró con aire inquisitivo y tal vez algo molesto. Son pequeñas ballenas azules que pasean por las Azores, exclamó ella, eso es exactamente lo que ha dicho. Y finalmente liberó la carcajada retenida, una ligera carcajada breve y estentórea. Súbitamente cambió de expresión y se recogió el cabello que el viento arrojaba sobre su rostro. ¿Sabes que en el aeropuerto te he confundido con otro?, dijo evidenciando cándidamente su asociación de ideas. No tenía ni siquiera tu estatura y llevaba una camisa increíble que tú no te habrías puesto ni en carnaval, ¿no es extraño? El hombre hizo un gesto con la mano para pedir la palabra: me quedé en el hotel, ya lo sabes, se acerca el plazo de entrega y todavía tengo que revisar el texto. Pero ella no dejó que la interrumpiese. Debe de ser porque he pensado mucho en ti, prosiguió, en estas islas, en el sol. Ahora hablaba casi en voz baja, como si hablase consigo misma. No he hecho otra cosa que imaginarte, durante todo este tiempo, ha llovido siempre, te veía sentado en una playa, creo que ha sido demasiado largo. El hombre le cogió una mano. También para mí, dijo, pero a la playa apenas he ido, lo que más he visto ha sido la máquina de escribir. Y además llueve también aquí, ya lo creo, no puedes imaginarte cómo, a cántaros. La mujer sonrió. Ni siquiera te he preguntado si has podido terminarlo, y pensar que si la teoría contase también yo habría escrito diez comedias, a fuerza de imaginarme la tuya: dime cómo es, me muero de curiosidad. Oh, digamos que es una relectura de Ibsen en clave de comedia, dijo él sin ocultar un cierto entusiasmo, comedia aunque un poco ácida, como acostumbran a ser mis cosas, y desde la perspectiva de ella. ¿En qué sentido?, preguntó la mujer. Oh, bueno, dijo el hombre con convicción, como mínimo creo que por cómo sopla el viento es conveniente ver las cosas desde la perspectiva de la mujer, si quiero que dé que hablar, aunque no la he escrito por este motivo, claro está. La historia en el fondo es banal, es el final de una relación, pero todas las historias son banales, lo importante es el punto de vista, y yo salvo a la mujer, ella es la verdadera protagonista, él es egoísta y mediocre, ni siquiera se da cuenta de qué es lo que está perdiendo, ¿comprendes?

La mujer asintió. Creo que sí, dijo, no estoy segura. De todas formas he escrito otras cosas, prosiguió él, estas islas son de un aburrimiento mortal, para pasar el rato no hay más remedio que escribir. Y además quería cotejarme con una dimensión distinta, me he pasado la vida escribiendo ficción. A mí me parece más noble, dijo la mujer, al menos es más gratuita, y por lo tanto, ¿cómo diría?, más ligera… Oh, sí, se rio el hombre, la delicadeza: par délicatesse j’ai perdu ma vie. Pero en un momento dado hay que tener el valor de cotejarse con la realidad, al menos con la realidad de nuestra vida. Y además, mira, la gente está sedienta de vida realmente vivida, está harta de la fantasía de los novelistas sin fantasía. La mujer preguntó quedamente: ¿son memorias? Había una vibración ligeramente ansiosa en su voz susurrante. Algo así, dijo él, pero sin pasar por la elaboración de la interpretación y del recuerdo; los hechos desnudos y crudos: eso es lo que cuenta. Será un escándalo, dijo la mujer. Digamos que dará que hablar, corrigió él. La mujer se quedó unos instantes absorta. ¿Ya tienes el título?, preguntó. A lo mejor Le regard sans école, dijo él, ¿qué te parece? Me parece ingenioso, dijo ella.

El barco trazó una curva muy amplia y se puso a costear la isla. De la pequeña chimenea salían bocanadas de humo oscuro con un fuerte olor a nafta y el motor había adoptado un ritmo pausado, como si avanzase por puro placer. Eso explica por qué se tarda tanto tiempo, dijo el hombre, el embarcadero debe de estar al otro lado de la isla.

Sabes, Marcel, continuó la mujer como siguiendo una idea fija, este invierno he pasado mucho tiempo con Albertine. El barco avanzaba a pequeñas sacudidas, como si el motor se estuviera embarbascando. Pasaron ante una iglesita justo a la orilla del mar y estaban tan cerca que casi podían descifrar la fisonomía de la gente que se disponía a entrar en la iglesia. Las campanas que llamaban a la misa dominical tenían un tañido desentonado, como cojo.

¡¿Qué?! El hombre apartó al invisible insecto de la punta de su nariz. Pero ¿qué estás diciendo?, dijo. Su rostro reflejaba estupor y grandes dosis de desaprobación. Nos hemos hecho mucha compañía, explicó ella. Es importante hacerse compañía, en la vida, ¿no te parece? El hombre se levantó y fue a apoyarse a la barandilla, luego volvió de nuevo a sentarse en la butaca. Pero ¿qué estás diciendo?, repitió, ¿te has vuelto loca? Parecía muy inquieto y no lograba tener las piernas quietas. Es una mujer desdichada y generosa, dijo ella siempre siguiendo su razonamiento, creo que te ha querido mucho. El hombre abrió los brazos en un gesto desconsolado y murmuró algo incomprensible. Oye, dejémoslo estar, dijo finalmente con esfuerzo, y además mira, estamos llegando.

El barquito estaba haciendo los preparativos para atracar. Dos hombres en camiseta, a popa, desenroscaban los cables de amarre y gritaban frases dirigidas a un tercer hombre de pie en el embarcadero que los miraba con las manos en las caderas. Una pequeña turba de parientes estaba esperando a los pasajeros y hacía señales de saludo. En primera fila había dos viejecitas con pañuelo negro y una niña vestida de primera comunión que saltaba a la pata coja.

Y para la comedia, preguntó de pronto la mujer como si repentinamente se hubiese acordado de una pregunta olvidada, ¿ya tienes el título para la comedia?, no me lo has dicho. Su compañero estaba introduciendo algunos periódicos y una pequeña máquina fotográfica en una bolsa con las siglas de una compañía de aviación. Se me han ocurrido cientos, y los he descartado todos, dijo mientras permanecía inclinado sobre la bolsa, ninguno acaba de encajar del todo, tiene que ser un título agudo pero a la vez muy pegadizo para una cosa como esta. Se incorporó y en su mirada brilló una vaga expresión de esperanza. ¿Por qué?, preguntó. Por nada, dijo ella, así, pensaba en un posible título, pero quizá sea demasiado frívolo, desentonaría en un affiche responsable, y además no tiene nada que ver con el tema, resultaría incongruente por completo. Pero en fin, suplicó él, quítame al menos la curiosidad, a lo mejor es genial. Tonterías, dijo ella, es una idea absolutamente peregrina.

Los pasajeros se agolparon hacia la salida y Marcel fue engullido por la multitud que empujaba. La mujer permaneció apartada, sujetándose a la cuerda de la barandilla. ¡Te espero en el muelle, gritó él sin darse la vuelta, tengo que seguir la corriente! Levantó un brazo entre la selva de cabezas agitando la mano. Ella se apoyó en la barandilla y se puso a mirar al mar.

 

Antonio Tabucchi
Escritor. Publicó Sostiene Pereira, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, Dama de Porto Pim, Nocturno hindú, El juego del revés, Pequeños equívocos sin importancia, Los volátiles del Beato Angélico y Sueños de sueños & Los tres últimos días de Fernando Pessoa, entre otros libros.

Traducción de Carmen Artal revisada por Carlos Gumpert.