Montaigne sabía que era posible volverse docto e idiota por la misma ruta. Saberlo todo sin entender nada; haber leído todos los libros sin comprender un párrafo. La lectura es inservible o dañina si no metaboliza en experiencia. “¿De qué sirve tener la barriga llena de alimento si no lo digerimos, si no se transforma en nosotros, si no nos aumenta ni fortalece?”. El saber de los otros es inservible hasta que se integra plenamente a nuestro organismo. Lo confiesa Montaigne: lo que sé de Séneca lo pude haber aprendido de mí mismo si tan sólo me habría ejercitado en el empeño. No hay saber que no esté, en semilla, en nosotros mismos.

Por eso nos fascinan los Ensayos: nada nos dicen que no hayamos podido advertir confusamente en nosotros. Nada ahí que no hayamos vivido, pensado, sentido. Los Ensayos nos tutean acariciando lo que entrevemos en nuestras inclinaciones naturales, en el trato con otros, en el sentido de nuestros temores y disfrutes. De ahí que el género sea, ante todo, escritura antiprofesoral. Montaigne habrá escrito desde una torre pero no nos mira desde arriba. No es el profesor que dicta la lección. No aspira a la autoridad de un venerable, no pretende orden ni coherencia en lo que expone, jamás se imagina poseedor de una verdad que ha de ser memorizada. La única instructora en la que confía Montaigne es en la vida misma.

Ilustración: José María Martínez

Ningún profesor de escuela repetiría uno de sus principales consejos: olvida. No te tomes muy en serio lo que lees, despréndete pronto de lo que estudias, olvida lo que has aprendido, duda de lo que sabes. Quienes se aferran a los libros, quienes atan su juicio a una lección pueden ser ridículos pero también temibles. Risibles son quienes ven el mundo con ojos vendados por los libros. Se tropezarán a cada paso y se perderán de las maravillas de la sorpresa. Temibles quienes pretenden hacer de un libro el instructivo de la historia. Estarán dispuestos al exterminio de todo aquel que reciba la condena de las letras.

Le irritaba la arrogancia de conducir a otros. Le empalagaba la vanidad de quienes se ofrecen para mostrar el camino a los ciegos. Nadie camina por nosotros, nadie puede pensar por nosotros, a nadie podemos ceder la responsabilidad de apreciar el mérito de las cosas. Montaigne nos recuerda que pedagogía y pedantería comparten raíz. Guías de ignorantes. Pedante es el maestro de escuela que aparece como bufón en las comedias italianas. Alecciona a los niños sin percatarse que el verdadero ignorante es él. Suele el profesor enseñar para la escuela, no para la vida. Pedantes que forman pedantes: hombres de letras que no se entienden a sí mismos ni entienden al de enfrente. Hombres de ciencia que no comprenden su circunstancia. Hombres de memoria llena y el juicio hueco.

Como los pájaros que llevan lombrices en el pico para dárselas de comer a sus crías, los pedantes, es decir, los profesores, rapiñan la ciencia en los libros y la mantienen solamente en la punta de los labios. Recogen conocimiento de otros para escupirlo al aire. Pero la diferencia con los cuervos es tan importante como la similitud. Habría que agregar a la metáfora de Montaigne que el pedante, lejos de alimentar a los otros para que pronto puedan conseguir alimento por sus propios medios, sólo engorda la propia vanidad. La ostentación de lo estudiado es la única misión de la pedantería.

Hemos imaginado que la sabiduría se cultiva con la disciplina del coleccionista: sumar lecturas, ordenar teorías, atesorar datos, conceptos, fórmulas. Nada más absurdo, dice el ensayista. “¿Para qué sirve la ciencia si se carece de entendimiento?”. Montaigne registraba que en su tiempo se preguntaba si tal persona sabía latín o si escribía verso. Hoy preguntaríamos si tiene doctorado en tal o cual universidad. Ridículas vanidades del pedantismo. Lo relevante era saber si el fulano era sensato. “Habría que preguntar quién sabe mejor, no quién sabe más”.

Letraheridos llama Montainge a los pedantes. Sabihondos a quienes los libros han dado martillazos. A la demencia pugilística se parece tal vez la demencia pedantística. Eruditos que a golpe de lecturas han perdido el sentido común. “Conozco a alguno que, cuando le pregunto qué sabe, me pide un libro para mostrármelo; y no osaría decirme que tiene sarna en el trasero si no va de inmediato estudiar en su diccionario qué es sarna qué es trasero”. Si la lectura no se incorpora a la vida es carga inútil, antipática y perniciosa. No debe ser utensilio ni adorno porque ha de incorporarse al torrente vital. Si no se disuelve hasta hacerse imperceptible no ha recorrido su ciclo. “No debe adherirse el saber al alma, debe incorporárselo; no hay que rociarla, hay que teñirla con él; y si no la cambia y corrige su estado imperfecto, ciertamente es mucho mejor dejarla como está”.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Entre sus libros: La idiotez de lo perfecto y Andar y ver.

 

5 comentarios en “Montaigne y los letraheridos

  1. Un buen articulo que trae un gran mensaje para cada induviduo como el conocimiento en si no explora sino se pone en practica en el ambiente…

  2. Muy interesante lo que presenta el ensayo y curioso cuando se piensa un leer más y se pone el número de libros leídos como referente…

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