Hace unas semanas el senador Jeff Merkley contactó a una de las organizaciones que viven de albergar a los niños que el gobierno de Estados Unidos les está arrancando a sus padres cuando cruzan ilegalmente la frontera. La organización era Southwest Key, que regentea un albergue llamado “Casa Padre” en un antiguo Walmart en Brownsville. Ya hay cuatro mil niños que han sido arrebatados de los brazos de sus padres al cruzar la frontera con Estados Unidos. A esos papás frecuentemente se los llevan a la cárcel, porque el procurador Jeff Sessions está persiguiendo el ingreso indocumentado a Estados Unidos como una ofensa criminal, y quiere que la separación entre padres e hijos le sirva de escarmiento a toda Centroamérica. Así es que a los padres los echan a la cárcel, y a los hijos los ponen en centros de detención, sin que ni unos ni otros sepan si algún día volverán a reunirse. El 9 de junio pasado Marco Antonio Muñoz, un hondureño de 39 años, se suicidó en su celda, después de que el gobierno de Estados Unidos le arrancó a su hijo de tres años.

Indignado ante esta clase de hechos, el senador Merkley —demócrata del estado de Oregón— llamó a “Casa Padre” para concertar una visita, pero la organización se negó a admitirlo, de modo que el senador se apersonó en el lugar, acompañado de un camarógrafo. La visita de Merkley fue colgada en Facebook a principios de junio. Vale la pena ver el video (https://www.facebook.com/jeffmerkley/videos/10155510407061546/) porque da una idea viva del estado policiaco que priva en Estados Unidos en todo lo que al tema migratorio se refiere, y en realidad ante cualquier asunto que el gobierno decide clasificar bajo el rubro de “seguridad nacional”. Merkley no sólo no fue admitido en “Casa Padre”, sino que fue echado de la propiedad por la seguridad de la empresa.

Ilustración: Patricio Betteo

Vale la pena recapitular, ya que el tamaño del hecho quizá no sea aparente a primera vista: un senador de la República solicita que se le muestre una facilidad de detención infantil, pagada con dinero público, que forma parte de una política del gobierno federal sobre la que el senador tiene jurisdicción. Se le niega la cita. El senador luego se presenta de improviso en el lugar —que, por cierto, no tiene ventanas que lo abran a la mirada pública—, llama a la puerta y no le abren, luego llama por teléfono al interior, le contestan y eventualmente sale el supervisor, quien se niega a contestar sus preguntas y a darle la entrada al recinto. En vez, lo echa de la propiedad, apoyado por su propia seguridad y por la policía de Brownsville.

Una vez que el video de Merkley se hizo viral, el gobierno, ya en situación defensiva, optó por organizarle un paseo a la prensa a la “Casa Padre”. Necesitaba darle imágenes y pretextos a todos los medios que lo apoyan, y acallar un poco a los que lo atacan. El circo que organizaron para los periodistas explica la afinidad notable que siente Donald Trump, El Gran Fanfarrón de Estados Unidos, con el remedo de Gran Timonel que regentea a Corea del Norte: fue una visita digna de la propaganda de cualquier país totalitario.

Habían pasado escasos 10 días desde la visita sorpresiva y frustrada del senador Merkley de principios de junio; no deja de impresionar lo mucho que se puede hacer cuando hay suficiente tiempo de preparación, y las cosas se piden en “tiempo y orden”, y no de improviso como lo hizo el senador Merkley.

Lo que vió la prensa en el predio del antiguo Walmart fue pura limpieza. Los niños veían una película de Disney (Moana), y había no menos de 48 médicos de tiempo completo para atenderlos de día y de noche, equipados con todo lo necesario, incluidos laboratorios, rayos equis, etcétera. Los niños tenían escuela obligatoria, dictada, como todo lo demás, al interior de las facilidades. Más de mil empleados atendían cada una de sus necesidades. Buena comida, buenos baños, todo impecable. Un mundo feliz…

En la entrada al reclusorio “Padre” hay, por último, un detalle que no podía faltar: un gran mural con la cara de Donald Trump, y una frase suya al calce, escogida muy deliberadamente para convertir la experiencia traumática de perder a sus padres en una oportunidad pedagógica: “A veces al perder una batalla encuentras una nueva manera de ganar la guerra”. Kim Jong-un no lo hubiera dicho ni hecho mejor.

El Estado norteamericano protege a los niños que acaban de ser arrancados de los brazos de sus padres, llorando a gritos, frecuentemente. Los apapacha en la “Casa Padre”. Les proyecta caricaturas, los pone en un lugar limpio, con buena comida y en brazos de un ejército de profesionales, todo bajo de la mirada estricta pero paternal de Donald Trump. La limpieza del cromo de las cocinas y comedores, los pósters de pokemones junto a las literas… ¡todo eso es tanto mejor que los brazos de un mal padre que se ha decidido a arrastrar a su hija de Guatelama a Texas!

En el paseo orwelliano que se le dio a la prensa hubo sólo un prieto en el arroz: a los reporteros no se les permitió entrevistar a los niños.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

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