Cada quien elige sus reverencias. Una de las mías ha sido siempre la que tengo por Renato Leduc. Me tranquiliza evocarlo. Sin duda ha de ayudarme a cruzar este mes que insiste en traernos la certeza de que somos un país dividido, poco dispuesto a los matices. Con unos seguros de que hemos llegado a la tierra prometida y otros

creyendo que vamos entrando al infierno. ¿Qué podemos hacer? Dan ganas de preguntárselo al autor de Los buzos diamantistas. Quizás estaría en ánimo de contestarme: Seamos impasibles, inmutables y eternos como el fondo del mar. Y a ver cómo nos trata el indescifrable destino que, como siempre, pero más que nunca, tiene que estar en nuestras manos.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Hace tiempo, una de esas tardes remotas en que imaginaba que algo promisorio pudo existir en un pasado que yo no había vivido, le pedí a Renato que me contara sus hazañas de vida revolucionaria. Como entonces yo tenía veinte años y él ochenta, se creyó en el deber de enseñarme lo que para él ya era una obviedad: “Hubo pocas anécdotas felices. Ustedes los jóvenes creen que la revolución se hizo con canciones. Pero están muy pendejos mi’jita. La revolución se hizo caminando cuarenta miserables kilómetros con gonorrea encima. Se hizo con muertos. Y los muertos apestan y regresan de noche a espantarnos con el recuerdo de sus gritos”.

Me entristeció su respuesta a mi fantasía de que algo inexorable había en eso que ahora se llama la “segunda gran transformación” que cambió a nuestro país.

“No llores niña”, dijo, “que el que mucho llora muy escaso mea”. Luego abrió una sonrisa que le subió, serena, de la boca a la punta de los ojos.

Una serenidad risueña era la fe que contagiaba este hombre. No haremos obra perdurable/ no tenemos de la mosca la voluntad tenaz.

Ayuda recordarlo. Dirán ustedes que no están los tiempos para la memoria. Yo a veces acudo a las intuiciones de los veinte años: había que ser como él. Lo he contado antes: “Tenía largos los dedos de las manos y el cabello canoso pero salvaje y descuidado le daba a su cabeza un aire de juventud que ningún hombre de treinta compartía ya con él. Tenía un rayo de burla en las pupilas y una guerra en los labios. Era encantador y adorable, como debió serlo desde los siete años en que lo mandaban a comprar el petróleo cerca de su casa.

Se lo vendía una mujer sobre cuyo trasero, según él evocaba, se podía tomar el té y jugar baraja.

Renato entraba en la tienda con dos monedas y la esperanza de que algún efecto embriagante le hiciera el aroma a marihuana que corría bajo el mostrador, siempre que la mujer tenía a bien curarse las reumas con una poción de alcohol y yerba de la noble, en la que hundía los pies, apacible y distraída.

Cuando la recordaba, yo sentía que su evocación aún podía tocarla. Como me pasa a mí, ahora que en mitad del desorden acudo a escucharlo contando el pasado. O a casi verlo, detenido frente a la placa con su nombre que pusieron en una calle de Tlalpan. Lo acompañé a la celebración. Una rara novillada para viejos que soporté con fervor atraída por su voz y su fantasía, mientras dejaba a mi hijo, de un año y seis meses, por primera vez, a solas, con Toña, una mujer tan excepcional como he de contarla otro día. Toña en quien aprendí a confiar gracias a la insistencia de Renato. ¿Quién mejor que una mujer que había perdido a dos hijos, para cuidar al mío? Renato no era niñero, tampoco podía ser así de inigualable. “Es mejor que no traigas al niño a la inauguración de mi calle”, había pedido. Y es que el niño iba conmigo a todas partes.

Se han dicho tantas cosas de Renato Leduc, yo misma he recontado tantas veces el aire atrevido que traía con él.

Este año en vilo se cumplen treinta y dos de su muerte. Tres décadas cruzadas por tal cantidad de acontecimientos y desfalcos, para mí impensables en 1986, que no puedo dejar de preguntarme qué opinaría de todo esto. Había en él, que eternamente jugaba al descorazonado, al desengaño sin matices, un gusto por la vida en nuestro país y una vocación lúdica que ahora parecen inocentes. Tal vez por eso, invocarlo resulta siempre consolador. Renato no creía en los amores duraderos, ni en la fe de los templos, ni en la patria de la Historia Patria. Pero no cambiaba el cielo por una fiesta, creía en las estrellas y en el fuego que las ampara y era, junto con los sencillos héroes de todos los días, un venerador de la patria que se hace conversando, bebiendo, imaginando que el mundo es noble porque nunca ha negado que no tiene más remedio que acatarlo con su desfalcos y destellos.

Eran breves las tardes escuchándolo. Hablaba con tal gracia que era imposible no caer en la tentación de imitarlo. Creo que a él se debe la voz de Catalina Ascencio.

Ya estaba casi ciego, pero no perdía el entusiasmo ni por casualidad y de nada quería ahorrarse. Cada vez que alguien poderoso me quiere impresionar recuerdo esta anécdota: Fuimos juntos a una ceremonia regida por el entonces presidente José López Portillo. Ya no sé cuáles premios se entregaban ni qué sucedió en el famoso evento, pero recuerdo que había mucha gente y que se me ocurrió librar a Renato de los empujones propios de la salida, llevándolo por una puerta alterna que se abrió un segundo hacia un pasillo de aspecto privado en el que me detuve a dudar por dónde ir. Ahí estábamos, cuando entró López Portillo con tres acompañantes.

—Renato, ¡qué gusto verlo! —dijo.

—¿Cómo has estado? —le preguntó Renato dejándose estrechar la mano.

—Yo no ando mal, pero lo veo mejor a usted.

—No exageres, tú también te ves bien. Cuídate, cabrón.

—Eso hago, pero usted tendría que darme la receta.

—Claro que te la doy: haz siempre lo que se te pegue tu chingada gana.

López Portillo le palmeó la espalda y le dijo que tomaría muy en cuenta su consejo.

—¿Quién era este cabrón? —me preguntó Renato al sentir que se alejaba.

Veía mal, entre sombras, pero caminaba erguido como si no temiera el acantilado que podría abrirse a sus pies. Y siempre tenía un consuelo en los labios y otro en las manos con los que parecía saberlo todo.

A veces el aire trae su recuerdo con cualquier cosa. Algunas mañanas me dice aún desde el espejo que parezco un dibujo, “levemente celeste y fantasmal”. “Sin duda cada vez más fantasmal que celeste”, digo.

Renato es de esos muertos cuya sombra matiza cualquier intento de catástrofe interna.

y se abrirá en el silencio —breve y única ventana— como voz de la esperanza la verde voz de una rana: Quien gana en amor se pierde, en amor quien pierde gana.

Antes soñaba mi ambición con llegar a vieja siendo tan audaz, insensata y curiosa como llegó Renato a los noventa y dos años. Ahora me pido en su nombre la obligación de andar sin transigir con la idea de que vivimos en el peor de los Méxicos.

Para él cada día era un enigma que encerraba en su paso el placer de resolverlo, y no se hubiera lamentado un minuto de su vida porque sabía como pocos cuánto vale cada segundo de luz, aun cuando lo hiere la zozobra. Al principio me hacía sentir culpable de tener más años por delante, ahora me digo que insistía como si previera que las cosas podrían a ser difíciles y quisiera heredarnos la certeza de que nunca son peores que cuando no son. Ahora, cuando el mundo se pone de dar miedo y temo caminar en la noche, me alivia ir diciendo mientras me confundo con las llaves de la puerta:

Oh, si el humo fincara, si retornara el viento, si usted una vez más volviera a ser usted.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

7 comentarios en “Como el fondo del mar

  1. Así es: “nunca son peores que cuando no son”. Sabiendo eso, vive al día que es la única manera de vivir sin zozobra. Un abrazo grande, queridisima Ángeles.

  2. Me gustó muchísimo su artículo, gracias.
    No conocí personalmente a Leduc pero releo sus escritos a cada rato. Basta con acordarme de cómo por su influencia indirecta el rey de Noruega aprendió a decir “chingao” para estar de buen humor todo el día.

  3. Que honor conocer ese gran hombre me imagino que tiene una colección de invaluables recuerdos; gracias por compartir, con esa narrativa única.

  4. Solo como tú sabes escribir
    Me encantó. No me pierdo ninguna lectura o párrafo tuyo
    Soy tu fiel admiradora y lectora