Daniel Ortega y yo. Una entrevista con Sergio Ramírez

Sentado en un cómodo sillón de su departamento madrileño, donde vive un segundo exilio, está Sergio Ramírez (Masatepe, 1942), el prolífico escritor nicaragüense procesado por traición a la patria. Despojado de su nacionalidad y merecedor de varios premios literarios, así como del Ortega y Gasset de Periodismo 2026, ha sido elegido para ocupar la silla L de la RAE, en sustitución de Mario Vargas Llosa.

En Confesión de Amor (Talasa Ediciones, 1992) Ramírez ha escrito que en 1977, en San José, Costa Rica, Humberto Ortega, militante sandinista desde los tempranos años sesenta, le presenta a Daniel, su hermano menor. “Y desde entonces nació aquella fraternidad imbatible que nos ha unido, una amistad serena y sólida, compañía de más de diez años, día a día, noche a noche, madrugada tras madrugada, enfrentando desafíos”.

Más de tres décadas después Ramírez admite que su lazo con Daniel Ortega no era de ese tipo. “Lo que yo viví como una relación fraternal en aquel tiempo era sólo una relación política. El tiempo así lo ha demostrado”, dice, como hablándose a sí mismo. “Yo tengo un sentido muy estricto de la amistad. Amigo es la persona a quien le puedes contar tus penas. Y tener algún alivio de vuelta. Yo no tenía ese tipo de relación. Pero sí una relación de confianza. La figura de Daniel es parte de un mundo que desapareció y que veo con cierta nostalgia”.

En su pasado fue integrante de la Junta de Reconstrucción Nacional de Nicaragua que asumió el poder en 1979, tras el derrocamiento de la dictadura de Anastasio Somoza; en 1985 fue vicepresidente de su entonces compañero de fórmula Daniel Ortega.

En los años que trabajaste con Ortega, ¿detectaste sus ínfulas de dictador?

“No lo creí un dictador. Yo conocía cómo pensaba: era un dogmático, de un dogmatismo de manual. No era alguien que hubiera leído El Capital.

Ramírez se refiere al Ortega de los años ochenta, cuando —tras recomendación de Fidel Castro— las tres tendencias del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) se unen en una Dirección Nacional de nueve comandantes para gobernar.

El poder en la Nicaragua Sandinista “no era exclusivo de Ortega. No podía mandar al calabozo o torturar a alguien porque en la Dirección Nacional, si alguien no estaba de acuerdo, se lo reclamaba. Es decir, él era un primus inter pares. El poder colectivo sí podía hacer lo que quisiera. Y él creía en eso. Era un hombre de partido”.

“Quien tenía más ínfulas de poder era Tomás Borge (ministro del Interior) porque se daba más aires de ser la cabeza histórica del FSLN. Daniel tenía cierta contención, siempre tuvo una personalidad apagada, apartada, cierta timidez política incluso”.

Recuerda que en una ocasión en un mitin en la Plaza de la Revolución la gente comenzó a corear: “¡Daniel, Daniel!, espontáneamente, porque, claro, él aparecía a la cabeza. Era natural que la gente quisiera vincular una figura de liderazgo, no una figura colectiva. Y él no movió nada para saludar a la gente que lo estaba vitoreando, aclamando. Al final yo le dije: ‘Pero si era con vos’. No, me dijo, yo no quiero golpear a la Dirección”.

Hoy, se ha convertido en todo lo contrario.

“Claro, porque ya no tiene ningún freno. La Dirección Nacional, la revolución, la idea burocrática del partido —a lo soviético, a lo cubano—, todo eso era un freno.

“El Daniel Ortega de hoy es consecuencia de una serie de factores. Al terminar la década de los noventa la naturaleza del poder cambia, y lo cambia a él. El poder colectivo se acaba. Personas que antes tenían poder pasan a tener ninguno, se vuelven figuras totalmente formales.

“La decisión de gobernar desde abajo marcó su propio rumbo, muy personal”.

Ilustraciones: Alma Rosa Pacheco

 La última vez

Con una sonrisa leve, casi una mueca controlada, recuerda la última vez que se vio cara a cara con Ortega. Era 1999, año en que Ramírez publica sus memorias Adiós muchachos. La ocasión, el cumpleaños del doctor Joaquín Cuadra Chamorro, un destacado nicaragüense de alcurnia y miembro del Grupo de los Doce que apoyó la lucha contra la dictadura de Somoza. El lugar, su finca La Esperanza. Ortega llegó solo.

“El doctor Cuadra siempre tuvo una buena relación con Daniel. Tanto que lo siguió apoyando y votando por él. Lo invitó a ese cumpleaños. Daniel se sentía comprometido con el doctor Cuadra aunque nunca iba a fiestas. Cuando llegué él estaba de pie solito en una esquina porque la gente que estaba allí le era ajena. Me le acerqué. Tuvimos un easy talk. Banalidades, como si no hubiera pasado nada. Recuerdo que me dijo ‘Fidel te está esperando’. Pero no me invita, le digo: ¿Cómo me voy a aparecer en el aeropuerto solo? Y le pregunto: ¿leíste Adiós muchachos? Te trato con cariño, le digo. Lo que hizo fue reírse. Y se fue”.

No fue su último contacto con Ortega. En noviembre del 2006 Ortega gana las elecciones por segunda vez y una emisaria llega a casa de Ramírez para decirle que el presidente quería hablar con su exvicepresidente.

“Le dije, sí, claro, con mucho gusto. ‘Dice Daniel que te espera en su oficina’, me dijo. Hay un malentendido aquí, le dije. El malentendido va a ser que yo estoy pidiendo hablar con él. Yo no tengo nada que hablar con Daniel. Es él quien está pidiendo verme. Con mucho gusto voy. Pero en esa circunstancia, no. Decile que nos podemos ver en casa de algún amigo común”.

La emisaria lo vuelve a contactar. “‘Dice Daniel que vas a entrar por un lugar donde nadie te va a ver’. Peor, le digo. Escondido, peor. Parecería que estamos conspirando. Decile que no. Entonces, me llama por teléfono Lenin [Cerna, exjefe de la Seguridad del Estado sandinista y para entonces aliado cercano de Ortega]. ‘Aquí tengo a Daniel al lado, quiere hablar con vos’. Me lo puso. Le dije: ¡Felicidades! ‘Sí, sí, hombre. Yo quiero hablar con vos’. Ahorita no voy a poder porque estoy saliendo del país, le dije. Mentira, no estaba yéndome. ‘Entonces, a la vuelta, hablemos a ver de qué manera podemos cooperar’. Con mucho gusto, le dije. Hasta ahí llegó. Hasta que en septiembre de 2021 me procesaron por traición a la patria [risas]. Pero yo ya estaba en Costa Rica”.

 Lejos del sandinismo

Violeta Barrios de Chamorro gana la Presidencia (1990-1997) y la relación entre Ortega y Ramírez empieza a deteriorarse tras la derrota electoral. Luego de aceptar que había perdido esa crucial batalla, Ortega opta por “gobernar desde abajo” con huelgas y asonadas mientras que el segundo, como jefe de la bancada sandinista en la Asamblea Nacional (Congreso), intenta lograr la gobernabilidad del país de común acuerdo con Humberto Ortega, a quien la nueva mandataria acepta para que permanezca como jefe del Ejército.

“No hay un momento exacto de ruptura; es un proceso que duró cuatro años; empieza en 1990 y culmina con mi carta de renuncia”, aclara Ramírez.

¿Cuáles consideras que fueron el mejor y el peor momento de Ortega?

“El mejor momento: en la madrugada de las elecciones salimos a reconocer la derrota electoral y en el Centro de Convenciones Olof Palme, donde él habló, su discurso fue excelente. Hizo una rememoración de cómo la guerrilla había triunfado; cómo, quienes habían entrado pobres, salieron pobres. Eso conmovió mucho a la gente. El peor momento fue unos días después, cuando en la Plaza Omar Torrijos dijo lo contrario: que había que gobernar desde abajo. En los siguientes meses le hizo la vida imposible al gobierno con huelgas y asonadas.

¿Cómo reaccionaste?

“Daniel entró a mi oficina para decirme que habíamos entregado la revolución y era un error haber aceptado la derrota. Intenté convencerlo de que no: el error era echarse para atrás. Y ésa fue la discusión. Cordial pero bastante tensa”.

¿Ahí empezaste a convertirte en una persona incómoda para él?

“Claro, porque teníamos dos dinámicas contrapuestas. Él sale a incendiar las calles y a mí me toca negociar como jefe del grupo parlamentario. No era fácil”.

En el Parlamento nicaragüense el líder del partido con mayor representación en la oposición se convierte en líder de la oposición. Pero Ortega no quiso ser diputado ni jefe de la bancada sandinista. Y ese hecho cambió la vida de Ramírez por segunda vez. La primera fue en 1977, cuando deja una oportunidad para seguir su vida de escritor en Europa y en Costa Rica se integra a la lucha clandestina del FSLN.

“Porque no es lo que uno quiere sino lo que la vida te va tejiendo. Cuando perdimos las elecciones reflexioné que no tenía ninguna relevancia ni responsabilidad formal dentro del partido. Al perder la vicepresidencia era libre de irme a donde quisiera. Hice planes de venirme a España. Hasta que Daniel me dijo que él no iba a asumir el puesto de diputado y que la Dirección del FSLN había decidido que yo fuera jefe de la bancada. No estaba en mis planes, le dije, pero lo asumo”.

Cuenta que, antes de tomar el control de la bancada sandinista, pensó:

“Yo no puedo asumir este cargo. Tengo que ser electo. Vamos a funcionar como una bancada democrática y aquí todo lo que decidamos va a ser por consenso. Aquí no se van a bajar líneas ni orientaciones de nadie. Aquí vamos a decidir lo que vamos a hacer”.

¿Llegaron todos?

“Todos. Y me eligieron a mí y a Dora María Téllez como segunda. Así pudimos trabajar con mayor confianza y seguridad. Además, aprendimos que la única manera era entenderse con la derecha sentada al otro lado del pasillo. Eran mayoría, pero estaban dispersos y peleados entre ellos desde la entrada. Nosotros éramos una bancada sólida. Empezaron a respetarnos porque todos levantábamos la mano a la hora del voto. Éramos un bloque temible”.

Pero no todos los 39 llegaron siempre.

“Sí, todos, hasta el año 1995. Cuando nosotros hacíamos un compromiso lo respetábamos. Especialmente con el gobierno y sus medidas impopulares impuestas por el Fondo Monetario Internacional porque creíamos en la gobernabilidad. Pasábamos seis, ocho horas hasta sacar el consenso”.

Mientras tanto, Daniel en las calles…

“Haciendo un papel totalmente opuesto”.

Te tocó defender la institucionalidad.

“Me parece que es un periodo en Nicaragua totalmente olvidado. La lucha por la institucionalidad, por la gobernabilidad, en el periodo de doña Violeta Chamorro. Asegurarnos de que el barco no se hundiera ni se destruyera lo construido. Llegar a las siguientes elecciones, institucionalizar el ejército y la policía. Se aprobó la ley orgánica del ejército”.

Lo lograste hasta cierto punto, porque ya no existe nada de eso.

“En la historia de Nicaragua mi papel fue más importante en los años noventa que en los ochenta. Ni está escrito ni nadie se va a acordar de eso porque ese periodo de los noventa se lee de otro modo. Pero fue una época muy difícil de construir institucionalidad, afirmar la democracia, dar leyes, darle un orden al país, hacerlo gobernable, que las píldoras amargas pudieran ser tragadas. Las reformas económicas que yo creía necesarias, las privatizaciones, la lucha contra la piñata. Ahora muy fácilmente se habla de los piñateros sandinistas. No, hubo quienes nos colocamos en línea cerrada contra la piñata.

La piñata destruyó la imagen del FSLN y llevó a una serie de investigaciones y procesos judiciales. Pero los responsables nunca fueron condenados o castigados. En 1992, el Senado de Estados Unidos investigó el enriquecimiento ilícito de funcionarios y allegados al gobierno sandinista en los ochenta y a principios de los noventa. Los antiguos propietarios expropiados también iniciaron juicios contra el Estado durante el gobierno de Violeta de Chamorro.

En efecto, nadie ha puesto el foco en esos años. La institucionalidad por la que luchaste está hecha añicos.

“No existe”.

Regresando a la piñata, ¿qué pasó con el presupuesto ético de la revolución: entrar pobre y salir pobre?

“La derrota del noventa provocó un muy violento cambio de mentalidad. De la noche a la mañana gente comprometida éticamente con la revolución empezó a decir: ‘Bueno, esto se acabó. Yo sacrifiqué mi vida para nada. Sacrifiqué a mi familia, mis oportunidades. Ahora yo tengo que ver por mí mismo y no por los demás’”.

A Ramírez no lo habían señalado públicamente como partícipe de la piñata hasta hace poco, a raíz de la elección de la RAE, cuando sus detractores quisieron, sin éxito, detener su nombramiento. Pero la derrota también lo cambió a él de otro modo. Buscó recuperar su vida como escritor, y lo logró.

En 1995 fue removido como jefe de la bancada sandinista, renunció al FSLN y fundó el Movimiento Renovador Sandinista (MRS), una corriente reformadora del sandinismo. Fue candidato presidencial un año después y perdió en su intento de crear una alternativa democrática.

Desde febrero de 1994 había firmado el manifiesto Por un sandinismo que vuelva a las mayorías, que un año después llevó a la creación del MRS, al que se unieron cientos de sandinistas, algunos de renombre como el comandante Luis Carrión Cruz, exmiembro de la Dirección Nacional del FSLN, y Dora María Téllez, comandanta guerrillera legendaria por el asalto al Palacio Nacional de Somoza en 1978.

“La derrota electoral dejó a Daniel Ortega sin la enorme estructura organizativa sandinista de tres mil funcionarios o empleados financiados por el Estado. Cuando éste ya no puede financiar ese aparato”, ese tinglado se deshace en pedazos, y Daniel se queda con unos cuantos funcionarios, sin salarios ni nada. Cualquiera que llegaba a tocarle a la puerta de su solitaria oficina podía entrar”, dice Ramírez.

Pero una de sus cualidades —ser perseverante— le ayudó a recuperar el poder de la militancia de hueso colorado que había perdido con la derrota electoral. “Ortega se dedica a visitar municipio tras municipio y logra convertirse en el símbolo de aquella gran militancia”.

En sus siguientes cuatro periodos como presidente (desde 2006 y que supuestamente deben terminar en 2027), en elecciones ampliamente cuestionadas, para decirlo de manera suave, todo cambia a su favor dentro del sandinismo ortodoxo. Junto a su esposa y copresidenta Rosario Murillo se consolidó en el poder con reformas constitucionales, fraudes electorales y una fuerte represión.

“Ortega decía que Murillo era muy buena jefa de campaña porque lo demostró ganando las elecciones del 2006. Pero esas elecciones no se ganaron por una campaña inteligente, sino por una complicidad corrupta con el expresidente Arnoldo Alemán [1997-2002]”.

Con él Ortega hizo un pacto en el 2000 tras aprobar una reforma que redujo del 45 al 35 % el porcentaje de votos para ganar la Presidencia en primera vuelta. Ortega ganó con el 38.07 % de los votos. El pacto le garantizó impunidad a Alemán por cargos de corrupción y lavado de dinero.

Rosario Murillo empieza a acumular poder.

“Exacto. El otro elemento a su favor es que ella entrega a la hija a cambio de poder político. Basa su poder político en el sacrificio de su hija. Muy Macbethiano”.

A Murillo la acusan de amenazas e intimidaciones contra su hija, Zoilamérica Ortega Murillo. En 1998 ella denunció a Ortega, su padrastro, por abuso sexual. Exiliada en Costa Rica ha dicho públicamente que su madre la abandonó para aliarse con Ortega, pese a sus acusaciones de abuso.

Su denuncia expuso las profundas carencias del sistema judicial y la impunidad de los poderosos. Murillo ha sido criticada por su papel en la persecución y hostigamiento contra su hija; los opositores la describen como una “figura maligna” que ha ordenado asesinatos y abusos contra el pueblo nicaragüense.

Nada de eso le ha quitado su papel protagónico en Nicaragua. Desde 2006 Ortega opera, a través de ella, sin pudor alguno. La pareja ha encarcelado a dos exmiembros de la entonces Dirección Nacional (Bayardo Arce, antiguo asesor de Ortega, y Henry Ruiz, en casa por cárcel) “por pura venganza (de ella)”, en opinión de Ramírez. Y Humberto, exjefe del Ejército y hermano mayor de Daniel, ha muerto en prisión domiciliaria.

“A eso hay que sumarle el apoyo del cardenal Miguel Obando y Bravo y del gran capital financiero que se vuelven sus aliados, todo lo cual logró revivir aquella figura que existió y que ya no existe”, dice Ramírez.

En una sentencia tan tajante como precisa, Ramírez califica al Ortega de los últimos años como “una figura decrépita”, esté o no enfermo o incapacitado como muchos especulan.

 El exilio en Madrid

Todo indica que España se ha convertido en un refugio similar al que fue México en los años setenta, cuando acogió a los rebeldes sandinistas por órdenes del presidente Luis Echeverría, cuyo gobierno ofreció asilo y apoyo político, financiero y militar a los guerrilleros nicaragüenses que entonces huían del régimen de Anastasio Somoza.

El presidente Pedro Sánchez ha demostrado su apoyo a más de 90 000 nicaragüenses en España a lo largo de muchos años. Según el Instituto Nacional de Estadísticas, la mayoría son mujeres: 64 128. Esos datos podrían aumentar con el proceso de regularización, aún no sin aprobarse pero que cubriría a quienes no estén legalizados.

El gobierno de Sánchez también ha recibido a refugiados nicaragüenses desde Costa Rica a través del Programa Nacional de Reasentamiento, con el compromiso de acoger a 1200 personas este 2026. Este proceso ya inició.

Además, España naturalizó por la vía rápida a 168 nicaragüenses despojados de su nacionalidad. Entre ellos Ramírez y figuras sandinistas destacadas como la escritora y poeta Gioconda Belli, el exmiembro de la Dirección sandinista Luis Carrión y la antes comandanta guerrillera, ahora historiadora, Dora María Téllez. Los cuatro se han establecido en España y tienen acceso a la seguridad social, que es de primera categoría, entre otros derechos.

Ramírez, quien vive con su esposa Gertrudis (Tulita) Guerrero en un sobrio departamento en Madrid —mientras sus tres hijos están en Francia y en Panamá— lamenta profundamente que su expulsión de Nicaragua haya también afectado a sus hijos y nietos: un buen día, sin deberla ni temerla, se quedaron sin país.

La pareja Ortega-Murillo “hostilizó a mis hijos y a ninguno de mis nietos los dejaron entrar. Ahora son expatriados. Algunos han tenido un impacto emocional más profundo, porque para ellos su país era Nicaragua. Se quedaron sin ese norte. Para un muchacho de 18 años decir: ‘No tengo casa, no tengo techo, no tengo país’, ¿qué significa? Rehacer su vida desde esa edad, fuera, sin pasaporte, sin casa, ha sido un descalabro”, cuenta Ramírez con dolor en el rostro.

Aunque hoy escribe artículos, ensayos y da charlas sobre diferentes temas, algunos relacionados con la actual dictadura de Nicaragua, su vida productiva se concentra en la ficción.

Como novelista ¿te interesa la pareja Ortega-Murillo?

“Si fueran personajes en una novela mía parecería un ajuste de cuentas político. Nunca me ha interesado ajustar cuentas a través de la literatura. El régimen que ellos encabezan sí es de interés literario. Es la descomposición de la revolución. Eso queda patente en mi serie del inspector Dolores Morales (El cielo llora por mí, 2008; Ya nadie llora por mí, 2017 y Tongolele no sabía bailar, 2021). Pero nunca los menciono por su nombre”.

¿No es porque sea un tema que te duela demasiado?

“No es por eso. Confrontarlos como personajes de novela parecería algo político. Eso no me interesa”.

Su nueva novela La Maldición de Ranfis, que se publicará en México en agosto de este año, cuenta un crimen que se comete en un yate de lujo en aguas de Costa Rica, donde el muerto está involucrado en el negocio de migrantes. La historia se ubica antes de que se acabara ese negocio con la llegada a la presidencia de Donald Trump. “Pasaron miles por el aeropuerto de Nicaragua. Sólo en 2023, según las estadísticas de Honduras, pasaron de Nicaragua a Honduras 250 000. De Ghana, de Libia, de Argelia, del lugar que no te puedas imaginar. Haitianos, cubanos”, asegura.

“La literatura siempre ha sido mi pasión”, cuenta, un poco cansado pero siempre vital, el autor de Castigo Divino (1988), su primera novela. “Yo perdí unas elecciones en 1996 y me fui a mi casa. Si yo he sido ese político persistente me quedo. Pero la literatura es mi pasión. Y no la política como lo demostré entonces”.

En tu libro Estás en Nicaragua cuentas de un seminario en tu temprana juventud sobre la Novela Compromiso Escritor Literatura Revolución, tema que ya no te interesa como escritor. ¿Es correcto?

“Es un tema muy presente en toda mi vida. Yo entré en la literatura pensando en el compromiso del escritor con la realidad, con la política. Ahora pienso que no quiero ser, no soy un escritor de novelas comprometidas. Sino un escritor comprometido de novelas. Es distinto. El compromiso no se mide en la literatura. Se mide en la vida pública. Yo no soy político pero tampoco soy un escritor que me callo. No pienso que yo deba ser un escritor neutral, porque para mí la realidad está ahí. Si yo siento hoy que una novela no es un instrumento eficaz para convencer a nadie de ideas políticas, porque la literatura no es eso, sí tengo el deber de opinar sobre lo que no me parece que está bien en el mundo. Y ése es mi compromiso. Con la verdad, digamos, de alguna manera”.

El escrutinio de los jóvenes

A pesar de su renuncia al FSLN en 1995, muchos, especialmente los jóvenes, no le perdonan su alianza de años con Ortega. Pero él no siente la necesidad de justificar aquella cercanía ni se arrepiente de su militancia sandinista como protagonista de aquella revolución fallida.

Has optado por no justificar nada ni dar explicaciones.

“Sí, porque por muchas explicaciones que yo dé, nadie me va a oír porque la atmósfera actual es distinta”.

El autor de Margarita está linda la mar (Premio Alfaguara 1998) sabe que hoy, casi cuatro décadas después del rotundo fracaso de aquella revolución, su participación en ella está sujeta a críticas, especialmente de las generaciones jóvenes.

“Aspirar a un escrutinio objetivo habiendo nacido en Nicaragua es imposible. Son apasionados, envenenados, sesgados. ¿Puedo cambiar eso yo? Yo leo las redes sociales, pero no participo en ellas porque ya sé las reacciones que habrá”.

Las críticas no son sólo por haber nacido en Nicaragua. También, y especialmente, por haber sido un protagonista importante de un proyecto que creó expectativas que no cumplió, por el que murieron miles, para ahora llevar al país a una segunda dictadura de familia que, a decir de muchos, es incluso peor a la que los propios sandinistas derrocaron.

Ramírez tiene el siguiente análisis. “Como la revolución ha perdido todo el prestigio de los años ochenta, ya nadie hace una lectura crítica de ella sino propagandista en su contra, no sólo porque devino en la actual dictadura de Ortega, sino por una distorsión que se da en la historia siempre de los hechos que son vistos de una manera antes y de otra manera después”.

“Yo te puedo decir que si me he equivocado [en algo] es en que yo creía que primero era la justicia social antes que la democracia. Siento que estaba equivocado en eso. Pero no estaba equivocado en haber creído en la justicia social. Porque hoy en día no es que haya democracia sin justicia social”, reflexiona.

¿Valió la pena todo?

“Es un asunto de perspectiva. No me gusta juzgar lo que fue mi vida entonces con las perspectivas que tengo hoy. Claro que hago una revisión crítica, pero no al punto de decir yo hubiera hecho otras cosas. Creo que no, porque me tendría que haber puesto en la edad que tenía en la Nicaragua de entonces, en el mundo que había entonces, en el orden en que se colocaban los ideales y las ideas que no es el mismo de hoy. Entonces ser derechista era una aberración. Ésos eran los capitalistas, los ricos, los imperialistas. En el corazón de ningún joven cabía ninguna idea de ésas. Hoy en día nadie anda con la camiseta del Che Guevara puesta, entonces sí”.

“Las canciones revolucionarias de entonces ya no le dicen nada a esta generación. Entonces, si yo me pongo a buscar cómo justificar o cómo juzgar o revisar ese mundo desde esta perspectiva, siento como que sería un oportunismo: como ahora ya no se cree en eso, entonces yo me adapto a lo que se cree hoy en día y entonces me vuelvo en contra de aquel pasado porque no me conviene”.

“Sigo creyendo profundamente que éste es un mundo mal hecho. Los que tienen mucho tienen demasiado y los que tienen poco tienen demasiado poco. Y eso es una gran injusticia que hay que corregir y hay que luchar por eso. ¿Cómo se lucha? Eso es otra cosa. Antes creíamos que era con las armas”.

Con las armas los sandinistas ganaron y bajo las armas se vieron obligados a entregar el poder de manera pacífica. Pero antes la pelearon. De ahí la decisión de imponer el Servicio Militar Patriótico(SMP) que el alto mando del ejército propuso y que la Junta de Reconstrucción Nacional, de la que Ramírez formaba parte, promulgó. El año, 1983.

Ramírez defiende la decisión de imponer el SMP. “Yo lo apoyé no sólo con mi firma, sino también con mi vida. Mi hijo se fue a la revolución”. Firmar a favor de ella fue “un acto de compromiso y estaba por medio la vida de mi hijo”, alega.

“Ésas son las cosas de las que hoy no se hablan. Yo las dejo pasar porque ya no me interesa dilucidar mi papel en la historia porque sé que ahora hay un momento adverso. A lo mejor vendrá otro momento que yo no veré y en el cual se hará otra lectura”.

Porque lee las redes sociales y se preocupa por mantenerse informado, especialmente sobre los jóvenes y la Nicaragua de hoy, Ramírez tiene claro que el SMP es hoy una de las decisiones más señaladas contra el régimen sandinista. “La visión de la revolución ahora es completamente negativa, sobre todo frente a las nuevas generaciones. Los que hicimos la revolución teníamos otra inspiración. No fue un asunto de Sergio Ramírez o de nombres, sino que fue una generación entera que se comprometió con esta idea y todas sus consecuencias”.

Regresando a la Nicaragua de los ochenta, ¿qué pasó entre el FSLN y la Iglesia católica?

“La mala relación con la jerarquía de la Iglesia católica nace desde el mismo día del triunfo de la revolución. La revolución, la lucha guerrillera, está apoyada no sólo en las ideas marxistas de entonces, sino también en la Teología de la Liberación. Ésos son los dos grandes puntales. Cuando triunfa la revolución el primero que aparece en Nicaragua es Gustavo Gutiérrez, el gran teólogo peruano fundador de la Teología de la Liberación”.

“Ése es un momento en que —ahora parece mentira contar esto— Gustavo Gutiérrez redacta el primer manifiesto. En octubre de 1979 se publica esta pastoral que redacta Gutiérrez y firman todos los obispos donde dan un apoyo más o menos crítico a la revolución. Un acto de esperanza en un cambio y fe en el Frente Sandinista”.

Gutiérrez llega a la Nicaragua Sandinista respaldado políticamente por la Conferencia de Medellín de 1968, aunque la fórmula “opción preferencial por los pobres” se acuña en la Conferencia de Puebla en 1979, año del triunfo de la Revolución.

“Cuando el papa Juan Pablo II”, explica Ramírez, “sucede a Pablo VI, anula esa adhesión (entre la Jerarquía Católica y la Carta Pastoral de Gutiérrez) que tenía la bendición de Pablo VI y se opone a la Teología de la Liberación” por su supuesto enfoque marxista. “El papa llega a Puebla con un discurso totalmente cambiado y eso comienza a acalambrar la Conferencia Episcopal de Nicaragua que toma la línea de Juan Pablo II y no la de Pablo VI. Y ya no se vuelve tolerable que haya sacerdotes, monjas y laicos católicos comprometidos con la revolución”.

¿Es entonces que la Iglesia en Nicaragua prohíbe a los sacerdotes ocupar un puesto político?

“Algunos obispos conservadores comienzan una actitud militante contra la revolución. Como si la revolución fuera enemiga de la Iglesia. El gobierno se sigue apoyando en los curas comprometidos con la Teología de la Liberación. Pero éstos nunca llegaron a ser la mayoría de la Iglesia”.

Todo a partir de la llegada del papa Juan Pablo II en el 83, cuando regañó a Ernesto Cardenal, cura sandinista y defensor de la Teología de la Liberación.

“La llegada del papa fue para eliminar a aquellos curas. El regaño a Ernesto Cardenal no es más que un símbolo de esta actitud”.

¿Y cuál fue tu reacción a esto? ¿Qué pensaste?

“Pensaba que los que creían en la Teología de la Liberación eran minoría y que la reacción de la jerarquía conservadora era desproporcionada. No era cierto que la revolución o la estructura del poder quisiera acabar con la jerarquía de la Iglesia, ni con la Iglesia conservadora como ha ocurrido bajo la dictadura de Ortega. Han expulsado curas que están en el exilio. Han conseguido silenciarla”.

¿Y las elecciones del noventa? ¿Cómo se decidió llevarlas a cabo en medio de la guerra a sabiendas de que podían perderlas?

“Fue parte de un entendimiento con la Contra. Humberto y Daniel estaban convencidos de que era necesario y de que ganarían las elecciones del noventa. Reformar la Constitución, llamar a elecciones, era la única manera de legitimar el poder: ganando las nuevas elecciones.

“Los otros miembros de la Dirección no eran tan entusiastas con la idea de elecciones. Pero de todas maneras la dinámica de que Humberto estaba a la cabeza del ejército y Daniel en la Presidencia determinó que en manos de ellos dos quedara la negociación y los acuerdos.

“El único que nos dijo que veía muy difícil que ganáramos unas elecciones en medio de una guerra fue Fidel Castro. Fidel lo anticipó de alguna manera. Y creo que el mismo Daniel en algún momento llegó a estar convencido de que había que anunciar el fin del servicio militar para ganar las elecciones”.

¿Y el concepto de la campaña en sí no fue un error?

“El error era la campaña misma. En medio de una guerra tan destructiva. La gente ya no toleraba el servicio militar. El lema del gallo ennavajado [símbolo de la lucha, resistencia y valentía contra la dictadura de Somoza] habría triunfado en otras circunstancias. En esas circunstancias ningún lema funcionaría”.

¿Cuándo se jodió la Revolución Sandinista?

“Yo creo que la revolución tenía un déficit genético: la idea de que el control de la riqueza y el control de la gente y por lo tanto el monopolio político iba a ser una herramienta de transformación del país. Ahí me parece que viene el mal de todo. La economía centralizada”.

¿Un error de origen?

“Sí. Aunque el motu era una economía mixta, la revolución ambicionaba ser el eje estratégico de la economía, con el mayor número posible de empresas en la mano, el control del comercio exterior, de la energía, de los combustibles, de todo lo que era estratégico. Me parece que el diseño o el marco económico y social era errado. Creo que la descomposición viene de ahí y el otro elemento importante es la decisión —que ahora me parece muy inmadura, entonces no me lo parecía— de que el deber ético de la revolución era apoyar a la guerrilla salvadoreña”.

¿En aquella época te pareció que apoyar a la guerrilla salvadoreña era lo correcto?

“Bueno, dentro de la lógica que operaba entonces. Pero eso le dio pretexto a Ronald Reagan para atacar a la revolución, que no había ni empezado a consolidarse”.

¿Te hace falta Nicaragua?

“Sí, mucho, claro. ¿Dónde está la Nicaragua que a mí me gustaría ver? Pues está en un país donde todos podamos regresar, donde todo el mundo pueda tener sus derechos políticos, donde se restablezca la libertad de expresión, vuelvan los periodistas y vuelvan a funcionar los medios de comunicación. Una Nicaragua donde se establezca un clima democrático de discusión libre, surjan partidos políticos, se vean alternativas electorales y el país se encamine por el camino de la democracia. ¿Eso es real, es posible? Lo veo muy difícil.

¿Estás claro de que no vas a regresar?

“Sí, estoy claro. Es lo más seguro”.

 María Lourdes Pallais

Periodista y escritora peruana-nicaragüense nacionalizada mexicana


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