Primer tiempo
A las cuatro de la tarde del 3 de junio de 1970, Brasil jugó en Guadalajara su primer partido del Mundial contra Checoslovaquia. Yo estaba en el estadio aquel día, tenía siete años y fui a todos los partidos del Mundial, porque mi papá era empleado del estadio Jalisco. Mi papá era el locutor que anunciaba por el sonido local las alineaciones, los cambios, los autores de los goles, tenía que informar hasta quién cobraba los tiros de esquina, ¿será que todavía hacen eso en los estadios de México?, ¿ustedes han ido al Azteca últimamente?, yo hace más de treinta años que no voy al Jalisco, desde que me fui a vivir a Brasil.
La selección brasileña empezó el Mundial perdiendo, nadie se debe de acordar de eso, que el primer gol del partido no fue de Brasil, fue de Checoslovaquia, imagínense la sorpresa en el Jalisco. Brasil era bicampeón mundial, tenía a Pelé, la gente de Guadalajara estaba lista para enamorarse del scratch de ouro y lo que se llevó al inicio fue una decepción. Esa historia de la verde e amarela con Guadalajara fue como un amor predestinado, como si un amigo les hablara de una garota linda e inteligente y sensible y gostosa y luego te la presentara y resultara que sí, que de verdad era linda e inteligente y sensible y gostosa y hasta simpática. Esas cosas solo pasan una vez en la vida, y el mejor ejemplo es el 86, pensaron que bastaba con poner a Brasil de nuevo en Guadalajara para repetir el hechizo, y ya vieron lo que pasó, que el filósofo griego que decía que no se podía nadar dos veces en el mismo río se ahogó. ¡Hasta Zico falló un penalti!
Pero ya me estoy desviando del tema. Aquella tarde de 1970 la sorpresa duró muy poco, porque luego luego hubo una falta afuera del área y Rivelino agarró la pelota. Ah, ese Rivelino era sensacional, le decíamos Pata Atómica, qué crack, ustedes no saben lo desgraciados que son por haber nacido después. ¿Cuántos años tienen? ¿Treinta y cinco? ¿Cuarenta? Qué pena que por huevones se hayan perdido el futbol de verdad, ¡deberían haber nacido veinte años antes! Total que el portero de Checoslovaquia puso la barrera: ¡siete!, ¡siete güeros formaditos con las manos en los huevos! Parecía reunión del politburó en la sala de espera para hacerse la vasectomía. Gérson y Pelé discutían a quién le tocaba cobrar el disparo. La bola estaba orientada a la izquierda del área grande, el portero creyó que Pelé chutaría con la pierna derecha y se puso casi en el centro de la portería, y entonces llegó Rivelino y lanzó una bomba de Hiroshima con la pierna izquierda a la derecha del portero. La bola ni siquiera iba muy cerca del poste, pero el portero, y todo el Jalisco, el mundo entero, estaba preparado para el golazo de Pelé. Golazo de Pelé nada, el gol fue de Rivelino. Pero el gol de Pelé llegó después: Gérson hizo uno de aquellos pases largos que tanto le gustaban y Pelé mató el balón en el pecho y chutó con la derecha. Golazo. Golazazazo. De otro mundo.

Yo estaba ahí, amigos, y les puedo decir que con eso era suficiente, la seleção podría haber vuelto a Brasil en ese instante y con eso hubiera bastado para que fuera recordada y añorada hasta hoy en Guadalajara, ¿me explico? Ese gol de Pelé fue como irse a la cama por primera vez con aquella garota linda y gostosa e inteligente y simpática y hasta fogosa. Con mucha suerte podrías acabarte casando con la garota; pero si la historia acabara ahí ya serías feliz, te quedarías con un recuerdo espectacular para el resto de la vida. Pero el asunto es que la seleção brasileira apenas estaba comenzando y la gente del Jalisco, obviamente, quería más.Y tendría más: un pase espectacular de nuevo de Gérson, esta vez a Jairzinho…
¿Cómo?
Amigos, les advertí que mi declaración iba a tardar un poco.
¿Que qué tiene que ver todo esto con mi historia? ¡Todo, señores, todo! ¿Cómo voy a explicarles por qué me deportaron de Brasil sin contarles primero por qué me fui a vivir allá?
Paciencia, no voy a narrarles todos los goles del Mundial, estoy intentando explicarles bien las cosas. Además, es su trabajo, ¿no? ¿O acaso tienen otra opción? ¿A poco pueden escribir en el acta cualquier cosa que se les antoje?
El caso es que Jairzinho recibió el pase que Gérson le mandó desde el medio campo, le hizo un sombrero fantástico al portero, bajó la pelota con el pecho y chutó a la portería vacía. Gooooooooooooooooool. Go-laaazo. La gente de Guadalajara se quedó pasmada, ¿qué era eso?, ¿qué era ese deporte que nunca habían presenciado? Aquello era el fútbol, mis amigos, el Futbol, con mayúsculas, y no once mariachis panzones arrastrándose en la cancha con la camiseta de las Chivas o del Atlas.
¿Que si le voy a las Chivas?
¿Qué pasó, compañeros? ¿Ya empezamos con las ofensas? Soy atlista, por supuesto.
¿Mucha risa? Ustedes no son tapatíos, en la capital no entienden al Atlas, no saben lo que es la fidelidad a unos sentimientos. ¿Saben lo que es ser atlista? Es como ver todos los días a aquella garota linda y simpática y fogosa e inteligente y saber que nunca vas a poder tocarla, que no vas ni a dirigirle la palabra, que hagas lo que hagas, aunque juegues el mejor futbol del mundo, ella te va a despreciar, ni siquiera se va a dignar a mirarte. ¡Ser atlista es la variante más sofisticada del masoquismo! En fin, déjenme que regrese a mi historia.
El asunto es que cuando Jairzinho salió dando saltos como loco para festejar el tercer gol, yo sentí por primera vez que quería ser brasileiro. Yo quería ser brasileño. Era un niño de siete años, impresionable, pero no era el único: había miles de personas aquel día en el Jalisco que, sin dudarlo, habrían roto sus pasaportes mexicanos y pedido asilo futbolístico en Brasil.
¿Creen que estoy diciendo puras pendejadas? ¿Que irse a vivir a otro país por un partido de futbol es el mayor absurdo que oyeron en sus vidas? No es ninguna pendejada, mis amigos, no lo es: fue lo que hice yo en cuanto cumplí dieciocho años, en 1981. Estoy hablando en serio. ¿Cómo van a entenderme si no me dejan que se los explique? ¿Se acuerdan del cuarto gol contra Checoslovaquia, también de Jairzinho? Inventó un gol de Messi cuando todavía faltaban diecisiete años para que naciera el enano argentino.
¿Pero qué cara es esa?
No están entendiendo nada, presten atención, no estoy hablando de futbol, estoy hablando del espíritu que transmitía aquella seleção, y no me refiero a la alegría del futbol brasileiro, no, estoy hablando de una promesa cumplida, de un sueño realizado, ¿me explico? El futbol había sido inventado para eso, para ser jugado así, pero hasta entonces eso no había sido más que un ideal, una cosa en potencia, algo que podría llegar a ser, en resumen: una promesa. Aquel equipo del setenta fue la primera promesa cumplida de la historia del futbol y eso salió de la cancha y fue más allá, fue a la vida e hizo pensar a muchas personas que vivir era una cosa maravillosa de verdad. A mí, por ejemplo. Yo creí que mi felicidad estaba allá, en Brasil, en Río de Janeiro, y eso fue verdad por un tiempo. Luego todo se fue a la chingada, hasta la seleção empezó a jugar mal.
¿Que por qué me quedé tantos años en Brasil? ¿Por qué va a ser?
Mujeres, mis amigos, garotas. Ellas tienen la culpa de todo, pero no importa, no me arrepiento de nada. ¿Que si me casé con una brasileña? Uy, mis amigos, con tres, con tres. Bueno, casarme no me casé, pero tuve tres relaciones serias, como matrimonios, no estoy hablando de aventuras. La primera se llamaba Júlia, allá en los ochenta, Júlia estaba medio orate, la verdad sea dicha. Luego Camila, ay, Camila, estuvimos juntos muchos años. Camila fue el amor de mi vida. La última fue Rosa, a Rosa ya la conocen, ahí tienen todos sus datos en la orden de deportación. Rosa, la más piraña de las pirañas.
***
Cuando cumplí dieciocho años andaba como perro sin hueso, ¿saben lo que es no tener la más mínima idea de lo que quieres en la vida, nada, cero? Mis padres habían muerto un año antes, en un accidente de coche, y yo todavía no me había recuperado. Soy hijo único. Mi papá solo tenía dos hermanos, mi mamá uno, era una familia pequeña. Estaba muy solo, vivía en la casa de una tía solterona que era la reina de las mochas. Estoy hablando de 1981, hoy las cosas son un poco diferentes, Guadalajara se hizo un poco más tolerante, más cosmopolita, más abierta, pero en aquella época era una ciudad provinciana con moral y costumbres de la Colonia. A los dieciocho años, para mí era más sencillo creer que el problema era Guadalajara y no yo, que lo que tenía que hacer era largarme de ahí, lejos, lo más lejos posible. Iba a terminar la preparatoria y me encontré la información de un programa de intercambio entre universidades de América Latina y se me cruzaron los cables, me acordé de aquel verano del setenta y no lo dudé ni un segundo. Era la promesa de felicidad brasileira. ¿Saben cuando te da por creer que lo mejor está en otro lugar? Es un impulso nómada, una pulsión de cambio, por eso hay personas que un día despiertan y abandonan todo y desaparecen, o cambian de trabajo, de pareja, hasta de preferencia sexual, ¿me explico?
¿Que qué iba a estudiar?
Daba igual, la beca me la dieron porque nadie se quería ir a Brasil, en ese entonces había una dictadura terrible, la gente lo que quería era largarse de ahí, si los militares brasileños daban becas era para lavarse la cara, para simular normalidad a nivel internacional. Pero todo eso no importa, yo no me fui a Brasil a hacer la revolución, a luchar contra la dictadura, fui a buscar allá la vida que sabía que no tendría nunca en Guadalajara. Era una fantasía, sí, de acuerdo, pero nadie puede vivir sin una fantasía, no vale la pena, ¿para qué vivir entonces?
Déjenme que les cuente una historia, y nomás se las voy a contar porque me cayeron bien, no me gusta contar esa historia, nunca me recuperé de eso, la verdad fue entonces cuando todo se fue a la chingada, en 2008, cuando Camila me dejó, ¿ya les hablé de Camila?
Camila y yo duramos quince años, mis amigos, quince años. Ella era carioca, del barrio de Botafogo, había nacido y crecido en la rua Real Grandeza, siempre me pareció exageradísimo ese nombre para esa pinche calle. Tuvimos una vida de pareja normal, en esos quince años yo pasé por varios trabajos, Camila también, la mayoría chambitas administrativas, también durante una época trabajé como responsable de una tienda de ropa en Leblon. Ella había estudiado letras, yo había pasado por la facultad de teatro, por eso nos entendimos al principio, y porque a ella también le gustaba el futbol, aunque fuera del Botafogo.
¿Que yo a quién le voy en Brasil?
¿A quién le voy a ir?
¡Al Flamengo! ¿A quién más? ¡Llegué en el ochenta y uno! Fue el año en que ganamos la Libertadores, le metimos tres a cero al Liverpool en el Mundial Interclubes. Y por si fuera poco también son rojinegros como el Atlas. Pero ya estamos otra vez saliéndonos del tema, estaba hablando de Camila.
Teníamos una vida de pareja normal. Nos gustaba ir al cine, al teatro, a las librerías de viejo, al boteco después de la chamba. A la cantina, quiero decir. Ir al Maracanã de vez en cuando. Una “vidiña” normal. Pero a nosotros nos gustaba esa vida, nos gustaba tanto que ni pensamos en tener hijos, nos parecía que con los hijos íbamos a perder libertad, que íbamos a acabar aburriéndonos o peleándonos por las exigencias del día a día. En el 2005, Camila consiguió un buen trabajo en el aeropuerto del Galeão, la nombraron gerente de servicio a clientes de una línea aérea. Nuestra economía mejoró, nos mudamos a un departamento más grande, íbamos más al cine y al teatro y al Maracanã, comprábamos más libros, íbamos a mejores restaurantes, la “vidiña” se puso más gostosa por un tiempo. Hasta que un día Camila vino con una historia.
Camila estaba una tarde en el aeropuerto, casi a la hora de la salida, cuando se encontró a un extranjero perdido. El tipo hablaba inglés e iba vestido de manera muy sencilla, parecía medio confundido y no encontraba su puerta de embarque. Como Camila sabía que
el personal del aeropuerto era medio ojete, no era muy servicial que digamos, pensó que el tipo iba a perder el vuelo, así que lo acompañó y se quedó con él hasta que se subió al avión. Ella hacía ese tipo de cosas todo el tiempo, era buena onda, buena persona de verdad. El tipo fue muy amable, muy educado, muy modesto. Al momento de despedirse, le dio a Camila su tarjeta de presentación. La tarjetita tenía un montón de títulos y siglas y parecía ser de una persona importante. A Camila le dio curiosidad y fue a buscarlo en internet. Resultó que había ganado el premio Nobel de Química dos años atrás. Claro, a ella todo eso la impactó mucho. Al día siguiente le escribió un correo para decirle que esperaba que hubiera tenido un buen viaje y él le respondió que gracias a ella estaba en la República del Congo haciendo una investigación sobre la malaria. Camila se desmoronó, imagínense: el tipo estaba salvando vidas de niños en África y aquella noche nuestra gran contribución al mundo era ir a un concierto de Marisa Monte.
¿Saben lo que pasó?
Camila abandonó todo. Todo, incluso me abandonó a mí. Me dijo que tenía que hacer algo diferente con su vida. Que la vida no podía ser nada más chambear, divertirse y tener buena compañía en la cama. Que ella no podía regresar a nuestra “vidiña”, necesitaba imaginar otra vida. Yo la entendí perfectamente, porque eso era justo lo que había sentido cuando pensé en largarme a Brasil. La promesa de felicidad, que para Camila era una promesa de trascendencia, o sea, la fantasía de que tu vida podría llegar a ser importante, significar algo para los demás, no solo para ti. La dejé ir sin reclamar, mis amigos, yo sabía que contra eso no se puede luchar.
¿Que dónde está Camila ahora? ¿Que si se fue al Congo a trabajar con el premio Nobel?
Chingada, de verdad que no están entendiendo nada.
Juan Pablo Villalobos
Escritor mexicano