Julieta Venegas conversa sobre su primer libro Norteña. Memorias de un comienzo (Almadía, 2026) y cuenta cómo entre la música y la escritura su proceso creativo se transforma: a partir del nacimiento de su hija, la soledad que antes marcaba su forma de crear se diluye y da paso a una práctica más abierta, atravesada por la vida cotidiana. Trabaja desde la obsesión —Baja California, la frontera, Tijuana— y crea un universo propio para el álbum homónimo. Para Venegas escribir en sus diarios es una necesidad para no perderse, una forma de mantener el diálogo consigo misma. En ese tránsito aparecen el duelo y la amistad como fuerzas que sostienen y reconfiguran la experiencia de regresar a vivir a Ciudad de México. Desde una identidad atravesada por la frontera y guiada por la intuición, Venegas traza una memoria que no busca refugio en la nostalgia, sino sentido en el movimiento y en seguir adelante.
Melissa Cassab: Al leer Norteña me llamó la atención la frase “la soledad siempre estuvo enredada con tu proceso creativo”, ¿cómo fue habitar esa soledad al escribir tus memorias? ¿Fue distinto al escribir un libro?
Julieta Venegas: Pues como lo hice todo al mismo tiempo, como que se acompañaban ambos procesos. De hecho, organizaba mi semana: lunes, martes, jueves, escritura; miércoles, viernes, música. Le tenía que dedicar el día a una actividad, no podía tampoco hacerlo todo al mismo tiempo, era demasiado.
Tengo una hija de quince años y fíjate que desde que la tuve mi proceso creativo cambió un montón. Ella entró directo a mi espacio y está todo el tiempo presente. Me da mucha risa porque me dijo “estoy feliz de que salga el disco” y le dije “tú lo has escuchado más que cualquier persona en el planeta”. Pienso que mi mamá le sigue porque le encanta el disco y lo tiene desde hace ya varios meses.
Pero lo que me gustó mucho fue meterme, estaba inmersa. Hacía cualquier actividad y estaba imaginando el paisaje de Baja California. Leí mucho sobre la zona. Por un año estuvo leyendo sólo sobre Baja California y sólo autores de Tijuana. Siempre he sido un poco obsesiva y me dan este tipo de temporadas. He tenido mi temporada japonesa, mis temporadas de leer sobre drogas, mi temporada de sólo leer autoras mexicanas. Siempre voy por temas. Si leo a un húngaro que me gustó, quiero leer a otro húngaro. Voy por obsesiones. En este caso, me gustó muchísimo estar metida completamente, imaginando a Fernanda Jordán diciéndome algo de Baja California, imaginando algo de la poesía de la frontera, algo de ese vivir en la frontera. Sentía como que no lograba terminar mis ganas de seguir ahondando.

MC: ¿Qué buscabas en esas lecturas de Baja California, de Tijuana, de la frontera?
JV: Tenía mucha sed de saber. Si estaba escribiendo algo sobre mi abuelo, leía un libro sobre Santa Rosalía. Y fue muy fuerte porque lo que pasó con la familia de mi abuelo siempre ha estado presente, siempre se ha hablado de eso, de cómo murió su familia y lo fuerte que fue. Pero nunca me había puesto a leer un libro de historia sobre Santa Rosalía, eso fue lindo, aunque me enfurecí. Al mismo tiempo me dio gusto encontrar esa posibilidad de que esté escrito.
De hecho, todo el trabajo estético que hemos hecho en el disco tiene también un background que escribí a un personaje que sale de Santa Rosalía y quiere llegar a Tijuana. Entonces todo ese proceso lo hicimos con Mónica, la estilista, y Fran Cancino, mi director creativo. Entonces esto también tenía una profundidad de historia. Todo para mí, todo el disco era como: “¡Claro! estamos acá y me imagino a Julia caminando y se tiene que poner cositas en el sombrero”. Todo es como un universo que me sigue habitando. El show que viene también tiene que ver mucho con Baja California. Entonces sigo inmersa.
MC: Escribes “La memoria me obsesiona en este momento” pero también te asumes como una persona que no es nostálgica.
JV: ¿Cómo se puede ser ambas al mismo tiempo? [Se ríe]. Más que nada porque quería recordar, pero yo nunca he sido de “¡ay, cómo extraño aquellos días!". Yo suelto y sigo adelante. Pero me gustó mirar atrás. Reconcilié muchas cosas de mi vida, de mis decisiones, de cómo mi familia percibió que me viniera a Ciudad de México. Porque cuando vine mi familia estaba en súper desacuerdo. Después lo aceptaron. Pero me gustó volver a ese momento, me gustó volver a pensar en esos primeros años en Ciudad de México. Cómo me afectaba y me pesaba el hecho de que mi familia no estuviera a favor de toda mi movida.
Y es muy loco porque siento que esa construcción de mi vida siempre me pesó un poco por todas las cosas que no había hecho. Porque mi educación era para que yo me casara y tuviera hijos. Entonces no querer eso fue la gran contradicción. Y siempre sentía como que había fallado. Ahora digo: no es que fallé, hice mi vida de otra manera. Sí pienso “wow cuántas mujeres hemos tenido que sentir ese peso de ‘fallé por no haber hecho las cosas como se esperaban de nosotras’”. Yo creo que en México y también en Latinoamérica una hija de familia requiere ciertas cosas que tiene que hacer.
MC: Dices que desde los 14 has llevado un diario, ¿qué te ha dejado el hábito de escribir? De cierta manera, eso es habitar la memoria.
JV: Sí, pero también es habitar la palabra. Yo siento que si no hago el ejercicio de escribir todos los días me traga el silencio. Me quedo hueca. Me pasa algo. Con la escritura diaria siempre he sentido que es un ejercicio de volver a conectar conmigo. A veces escribo estupideces. Puede ser un sueño o de lo poco que me acuerdo de un sueño o si tal cosa pasó. Escribo lo primero que me viene a la cabeza, no me pongo a pensar “¿qué voy a escribir hoy?”. Siento que las palabras son tan importantes para mí que yo me hice compositora porque me convertí en lectora. Fue un punto de partida para mí descubrir que las palabras tenían peso. A la hora de sentarme a escribir una canción la palabra ha sido igual de importante que la melodía o cómo la voy a vestir. Entonces no sé vivir sin lectura ni sin las palabras. Siento que eso me desconecta.
MC: ¿Revisaste tus diarios para escribir estas memorias?
JV: Sí los revisité pero no me gustó la experiencia. Es muy fuerte leer tus diarios porque te transportas. Entonces era como volver a estar ahí y dije “no, esto no”. Yo había hecho un ejercicio hace mil años en un cuaderno, según yo iba a escribir todas mis canciones ahí y explicaba cada canción y de dónde había salido y algunas cosas sí saqué de ahí. Pero después al ponerlas en el texto me di cuenta de que no funcionaba. El tono es diferente porque yo soy diferente. El tono tiene que partir desde mi yo de ahora. Entonces dije “claro, tiene que ser una memoria como está en mí, no como estaba en mis diarios”. No sé, algún día capaz y me divierte más, pero en este momento al entrar –y los tengo todos–, no me gustó. Sentí como que me estaba metiendo demasiado en mí misma. Siento que es mucho yo con yo con yo.
MC: Es sana la distancia que trae el tiempo y la mencionas en el libro.
JV: Esa distancia es buena. Yo creo que es super buena. Y sí me he descubierto extrañando algunas cosas como a mi amiga la que perdí. Ahí es donde sí me siento nostálgica. Me encantaría que volvieran esas épocas en las que ella estaba viva, no se había enfermado, vivíamos cerca. Fue la primera vez que dije “me duele esto”. Y ahora me toca volver a vivir la Ciudad de México sin ella y es súper fuerte. Es como otro proceso de duelo aparte del de haberla perdido. Es como volver a la ciudad donde más hemos compartido ella y yo. Pero los duelos son procesos muy lentos. Hay que ser muy pacientes.
MC: Hablando de la amistad, “la amistad es un amor que sostiene” es otra frase tuya, ¿cómo te ha transformado ese sostener a partir de la pérdida de tu amiga?
JV: Sentí como que perdí una capa protectora cuando se fue. Y ahora me encuentro teniendo diálogos con ella. Cuando hay algo que no sé cómo manejar pienso “¿qué me diría la güera?”. Que además siempre me regañaba pero me daba unos consejos súper concisos y me ayudaba un montón. Ella siempre estaba muy aterrizada en el mundo y a mí me ha costado. Entonces extraño que me aterricen. Que me haga ver la realidad. Ella era muy fuerte porque a la vez era alguien súper volada.Lo que me enseñó es la importancia que tienen las personas en nuestra vida. Me ayudó a valorar mis amistades mucho más. Hay que saber estar sola pero también hay que saber estar muy bien acompañada. Y también acompañar a otras personas.
MC: ¿Crees que ese estar un poco en el aire venga de crecer en un lugar tan volátil como Tijuana? E incluso en tu música, te gusta mezclar géneros y no estar sólo en una cosa.
JV: Sí, lo de la flotada es un poco más cosa mía, pero creo que en cuanto a los estilos y los opuestos y los contrastes sí creo que crecer cotidianamente en un país tan diferente al país que yo siempre imaginé es algo que llevas. En mi casa todo el día se hablaba de México, se pensaba de México, la política era mexicana, todo era mexicano, las mujeres eran mexicanas. Mi papá decía “ay, esas gringas, nunca seas como ellas”. Pero es muy loco porque México era algo que nos imaginábamos más de lo que lo veíamos. Entonces es muy loco ese contraste. Nuestra vida cotidiana estaba más en Estados Unidos que en México. Desde la tele que veíamos era gringa, la radio era gringa, y al mismo tiempo yo siempre sentí que la lengua que me definía emocionalmente es el español. Hay una cosa de tomar lo que necesitas de un lugar pero saber de dónde eres.
MC: Ahora que mencionas el lenguaje, ¿crees que la libertad que encontraste al escribir era porque no tenías referencias tan marcadas como en la música? Por ejemplo, cuando descubres que la música que compones quieres que la escuche tu mamá.
JV: Sí, eso cambió mi camino como compositora. Yo quería esa calidez y quería sentir cosas cuando cantaba. Pero el tema de la libertad al escribir tenía que ver con que en mi casa estábamos muy limitados de todo. Si yo escondía lo suficiente ese diario, ahí podía escribir cualquier cosa. Y eso para mí fue un descubrimiento muy hermoso, tener ese espacio. Sobre todo darme cuenta de que ahí podía decir lo que se me ocurriera y nadie me iba juzgar. Eso para mí fue muy importante. Creo que fue mi hermana incluso la que me lo regaló, pero fue algo que me cambió la vida.
MC: ¿Crees que el ejercicio de escribir en un diario ayudó a fortalecer la intuición de la que hablas? Que es la que te ha guiado en tu vida, en tu carrera.
JV: Yo creo que sí. Creo mucho en una voz interior. A veces le puedes decir espiritual o de muchas otras maneras, pero siento que hay que escucharse. Cada vez siento que hay menos tiempo de diferencia entre que lo escucho y le hago caso. Ya cada vez me escucho más, en mis procesos creativos, en la música, en todo voy más fluidamente diciendo “me parece que esto tiene que ser así”.

MC: ¿Qué lecturas te gustaría recordar de las que hiciste para escribir tus memorias y componer el disco? O incluso recomendaciones de ensayo personal o bibliografía similar a tu libro.
JV: La primera persona que leí de ensayo personal que me impactó mucho fue Vivian Gornick, creo que ella fue la autora que me hizo interesarme en el género. También Patti Smith, me encantan sus memorias. Últimamente Iveth Luna Flores, el de Neblina afuera. Está padrísimo porque es ensayo personal. Lidia Yuknavitch escribió unas memorias muy padres. También me gusta Leslie Jamison, que escribe ensayo personal.
También Fernando Jordán, escritor y periodista de la revista Impacto, empezó a hacer reportajes en diferentes zonas del país y luego llegó a Baja California y se enamoró. Escribió un libro que se llama El otro México que, para mí, fue como el que sentí más cerca de mi corazón en todo este proceso. Es un viaje por Baja California y todos los paisajes y las personas, pero especialmente las personas. Ese libro fue muy importante en este proceso. Y luego hay otro que a mí me divierte un montón y la escena de la línea me inspiré mucho en ese libro: Instrucciones para cruzar la frontera de Luis Humberto Crosthwaite. Siento que él habla de la frontera de una manera que dije “esto es”, lo describió perfecto y lo hizo además muy chistoso. Otro libro que me gustó muchísimo es el de Humberto Félix Berumen, Tijuana la horrible, habla de toda la manera en la que Tijuana ha sido retratada en Hollywood. Describe el mito de Tijuana y cómo a través del cine, de la literatura se ha creado esa historia; esa historia entre Tijuana y Estados Unidos, cómo el lado mexicano ha sido retratado y cómo siempre la visten como una ciudad de decadencia, de fiesta. Ese libro me gustó muchísimo y siento que me acompañó en la sensación de que yo crecí en Tijuana, soy de Tijuana y amo Tijuana porque mi papá me inculcó ese amor. Pero siempre que digo que soy de ahí la gente reacciona como “oh, Tijuana”.
MC: Por último, dices que terminas una canción y ya estás pensando en escribir la siguiente, ¿te sucedió lo mismo con el libro?
JV: No, porque es mucho más lento. Me sorprendió la intensidad. Primero, no sabía si lo iba a terminar. Decía, “¿voy a llegar al final de esto?”. Pero mi editora Raquel y un amigo ya lo habían leído y me decían: “ya estás casi ahí". Y yo pensaba “¿qué es casi ahí?”. Pero cuando lo terminé más bien dije: “¡No lo puedo creer!”. Es bien loco porque yo hubiera pensado que no me iba a dar cuenta de cuando escribiera la última línea pero sí. Porque lo sentí. Y después lo seguimos trabajando y corrigiendo pero me di cuenta. En las canciones yo lo tengo muy claro, pero en un libro no pensé que me fuera a pasar. Fue bonita esa sensación, pero quién sabe. Ya veré si surge otro pero esta manera de hacer el disco y el libro al mismo tiempo fue hermosa. Me gustaría volver a meterme en un universo así que me rodee pero voy a subir el nivel de exigencia porque ya me gustó hacer un disco y un libro. Pero quién sabe, a lo mejor mis siguientes proyectos van a ser así.
Melissa Cassab
Editora en nexos