LOS INDÍGENAS Y LA IZQUIERDA

POR JOSÉ ANTONIO AGUILAR RIVERA

Quienes ayer eran fervientes nacionalistas, admiradores de los murales de Rivera y Orozco, ahora se inclinan sin pensarlo dos veces ante la nueva deidad de la Diferencia. Muchos han abrazado la diversidad cultural por default. La izquierda, afirma el teórico político Maurizio Viroli, ha permitido que la derecha monopolice el lenguaje del patriotismo. ¿Es posible una identidad nacional mexicana después de la raza cósmica? El patriotismo cívico podría tal vez ser la respuesta. Para el patriotismo ciudadano la obligación hacia nuestro país es la obligación de defender la libertad común. Estas obligaciones, cree Viroli, pueden definirse con suficiente precisión: “debemos luchar contra cualquiera que intente imponer un interés particular sobre el interés común, debemos oponernos a la discriminación y a la exclusión, pero no estamos obligados a imponer sobre otros una homogeneidad cultural, étnica o religiosa”. Este podría ser un programa para la izquierda mexicana de no ser porque ésta ha optado precisamente por el camino contrario.

El patriotismo cívico no exige pureza étnica —la de la nación mestiza— ni tampoco religiosa —la de la nación católica—. Es, por ello, capaz de incluir en su seno a la diversidad cultural. Sin embargo, sí requiere que todos los ciudadanos aprecien la libertad común y que la defiendan. Y para que haya libertad común es necesario que los ciudadanos tengan derechos y obligaciones comunes. Que se rijan por las mismas leyes. La piedra toral de este régimen es la igualdad jurídica, porque ella permite que la patria se conciba en términos políticos y no culturales. “Desetnifica”, por así decirlo, el bien común. La separación de las comunidades indígenas en unidades políticas de autogobierno crearía derechos y obligaciones diferentes y por eso trabajaría en contra de la formación de este patriotismo cívico que podría reemplazar al quebrado nacionalismo mexicano. El amor al país propio no debe entenderse como el apego a la unidad cultural, étnica o religiosa de un pueblo, sino como el amor a la libertad común y a las instituciones que ayudan a mantenerla. Esas instituciones tienen una historia particular y la lucha por mantenerlas tiene su épica, sus mitos y sus héroes. Eso tenía en mente Daniel Cosío Villegas cuando ensalzaba a la República Restaurada y a la Constitución de 1857. La “cultura” que requiere este tipo de patriotismo es aquella que se nutre de la práctica de la ciudadanía. Y ésta es una ciudadanía política basada en la igualdad jurídica.

Aun desde un punto de vista puramente estratégico la alianza entre el exclusivismo étnico y la izquierda es una mala idea. La postura del PRD en la cuestión chiapaneca no le ha beneficiado en lo absoluto: sólo ha llevado agua al molino del EZLN. Sería muy difícil encontrar razones de realpolitik para justificar esa posición. Para terminar, regreso al principio. En México el discurso que conscientemente dice combatir al racismo inconscientemente lo perpetúa. La amnesia ha hecho presa en nosotros. El camino para construir una nación más justa y más libre existe, pero para verlo primero debemos recobrar la memoria.

—Nexos 248. Agosto 1998.