DEMOCRACIA INDÍGENA

POR FERNANDO BENÍTEZ

Somos culpables de la gran miseria de los campesinos y de la miseria de los indios, los más pobres de los campesinos. Indio fue por siglos un término peyorativo y lo sigue siendo. Da dolor ver a un tarahumara pedir limosna en la ciudad de Chihuahua mientras los talamontes se hacen millonarios, da dolor tropezar en los caminos del Mayab con ebrios perdidos, tirados como muertos en los caminos, da dolor entrar en las cavernas donde los mixtéeos tejen sombreros, da dolor asistir a un ritual de embriaguez colectiva escenificado por los indios de Chiapas, da dolor presenciar cómo invaden sus tierras los mestizos de la sierra, da dolor verse asaltado en las calles por las Marías llevando su niñito a la espalda, da dolor pensar en el potencial de los niños indios condenados a un porvenir indigente, da dolor que abandonen sus parcelas sin agua y emigren a las ciudades y pierdan sus valores, da dolor comprobar cómo destruimos su alma encantada, da dolor su degradación de siglos y allí están echándonos en cara su humillación y sus harapos.

México pierde con ellos su magia y su misterio. Nos desacralizamos. Esta herida abierta desde el siglo XVI sangra todavía, somos inconscientes del etnocidio. ¿Cómo hablar de igualdad, de libertad, de dignidad del hombre? Y luego protestamos cuando los sudafricanos esclavizan a los negros y los israelitas a los palestinos.

¿De qué sirvieron Fray Bartolomé de las Casas, los doce primeros franciscanos, el obispo Zumárraga, fundador del Colegio de Tlatelolco, o Don Vasco de Quiroga que trajo a nuestro país la Utopía de Tomás Moro, Lodo un programa de humanismo que los gobiernos nunca han retomado?

—Nexos 133 Enero de 1989.