LOS INDÍGENAS: EL RETORNO IMPOSIBLE

POR LOURDES ARIZPE

La rivalidad étnica es el conflicto más antiguo de la historia humana. Nació en la prehistoria en el momento en que ciertos rasgos culturales identificaban a un grupo con derecho a cazar, pescar o recolectar en un territorio. Significa que la creación cultural sólo se vuelve conflictiva cuando es utilizada como símbolo en la lucha de dos grupos por recursos limitados. El impulso del conflicto proviene, pues, en una gran mayoría de los casos, de la lucha por el poder y no de las diferencias culturales o étnicas.

A través de la historia resulta imposible separar el ingrediente político del cultural, étnico o religioso en las guerras y rebeliones. Se dice, por ejemplo, que el conflicto en Irlanda del Norte es de índole religioso. Pero es un hecho que los católicos han quedado excluidos y marginados de la estructura ocupacional industrial y del acceso a capitales.

Para quienes todavía ven en el pluralismo cultural un obstáculo al desarrollo habría que mencionar que la unidad cultural no es una condición necesaria y mucho menos suficiente, de la industrialización, según lo muestra la historia. Basta con la alianza o hegemonía, incluso temporal, de las clases dominantes. La unificación de países como Alemania e Italia es muy reciente. Ninguno de estos países industrializados —Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón— son uniculturales. Ni se parecen, tampoco, sus culturas. En la etapa postindustrial de hecho la presencia de minorías étnicas es favorable a la reproducción capitalista. En el caso de Estados Unidos, por ejemplo, los negros, portorriqueños, chícanos y mexicanos cumplen una función de mano de obra barata. Asimismo, los trabajadores inmigrantes en países europeos, quienes por su debilidad política producto de su extranjerismo, se ven obligados a aceptar sueldos bajos que permiten la reproducción de esas economías.

La aparente homogeneidad social en países industrializados más bien puede explicarse por la tendencia a que se apacigüen los conflictos culturales en tiempos de prosperidad. Al parecer, cuando hay mucho que repartir alcanza hasta para los marginales. Así ocurrió en tiempos de los imperios español e inglés. En cambio, ahora sus minorías culturales respectivas reclaman con impaciencia la autonomía e incluso el control de sus recursos naturales.

En América Latina se cita con frecuencia la diversidad cultural y étnica como una de las causas que impiden la formación de naciones. Ciertamente, no se puede ser muy exitoso cuando se intenta imponer por la fuerza una hegemonía hispanista criolla a un país en que la mayoría son quechuas y aymaras como ocurre en el Perú.

Tampoco puede hablarse de una nación mexicana mientras 8 millones de ciudadanos indomexicanos hayan quedado de facto excluidos de ella en virtud de un artículo constitucional no escrito que prohibe la libertad de cultura. Su marginación se manifiesta en el hecho de que no han tenido nunca representación política, ni han recibido la cobertura de servicios sociales del Estado, ni sus cuantiosas inversiones, ni han tenido presencia social ni cultural sino en virtud de su diferencia, su folclor. La discriminación hacia ellos se basa en que manifiestan una cultura “india” o “indígena”. De hecho se trata de 56 lenguas distintas y de innumerables variantes locales y regionales. Pero, además, estas culturas ya no son indias en el sentido de que hayan retenidas intactas las costumbres prehispánicas. Al contrario, han cambiado al igual que las culturas campesinas mestizas. Se trata más bien de culturas indomexicanas, que llevan impresas muchas de las formas sincréticas de la cultura nacional. No son, pues, culturas estáticas, que busquen un retorno a lo atávico. El retorno es ya imposible. Se trata de culturas auténticamente populares, llenas de vitalidad y de creación, base de sustento de lo que podría ser una vida cultural nacional creativa y abierta a lo universal.

—Nexos 25. Enero de 1980.