EL SLALOM GIGANTE DE HANS MAGNUS ENZENSBERGER

POR JORGE HERRALDE

La obra de Hans Magnus Enzensberger avanza con rigor y elegancia por la pista de la ideas. Macla se le escapa: ni el Partido Comunista Cubano, ni las fantasías apocalípticas, ni la xenofobia en Europa, ni las fallas de Occidente, ni la ironía, ni la belleza. Jorge Herralde. su editor en lengua española, entrega un acercamiento a esa potencia analítica y creadora, reflejo preciso de la aridez intelectual.

La  lectura de una colección de deslumbrantes ensayos de un tal Hans Magnus Enzensberger llamados Culture et mise en condition —publicados, si mal no recuerdo, en la colección “Les Lettres Nouvelles” de Maurice Nadeau— me dejó deslumhrado. Unos análisis agudísimos y rotundamente pioneros sobre la manipulación de las conciencias, la desmitificación de la industria cultural, los mecanismos de la gran prensa burguesa pretendidamente objetiva, la sacudida cultural del libro de bolsillo, las complicadas relaciones entre poesía y política…

Foco después, en mi visita oficial, como futuro editor, a Carlos Barral a principios de 1968, en el legendario despacho de las oficinas de Seix Barral en la calle Mallorca, me comentó su exceso de contratos, de títulos ‘traspasables”: de Merleau-Ponty (“filósofo mediterráneo”), del sociólogo sueco Gunnar Myrdal, y en especial el problema que le planteaba un libro del ensayista y poeta Hans Magnus Enzensberger, a quien Carlos conocía de los tiempos de los Premios Formentor. El libro en cuestión, editado por Suhrkamp, Einzelheiten (o sea Culture et mise en conditionj, había querido traducirlo Gabriel Ferrater, también amigo de Enzensberger de la misma época —alfiles deslumbrantes, ambos, del equipo de intelectuales que flanqueaban a los respectivos editores en los debates de los Premios—, quien, después de una copiosa correspondencia durante años, no había entregado ni una cuartilla, y naturalmente la situación estaba bastante envenenada. Para evitar más problemas con el autor, con el traductor y con Suhrkamp, Carlos me propuso que lo publicara yo; acepté de inmediato, entusiasmado. Encargué la traducción a Nico Ancochea y en mayo del 69 publiqué Einzelheiten. convertido en Detalles, como primer título de la ahora tan veterana colección Argumentos.

En la contraportada utilicé una frase del informe de lectura, muy positivo, que Manuel Sacristán había hecho para Seix Barral: en los ensayos del volumen, estudios en detalle, “se encuentra un tema general subyacente:la importancia del caso particular como revelador de la totalidad concreta de la vida social”. Y también, de mi cosecha, inventé un posible subtítulo para el libro: ‘ Del sarcasmo considerado como una de las Bellas Artes”.

Después publiqué un par de textos breves en la colección Cuadernos Anagrama, Elementos para una teoría de los medios de comunicación (1972), que se convirtió en una especie de manual imprescindible para los profesores y alumnos izquierdosos de las escuelas de periodismo, y Para una crítica de la ecología política (1974).

El interrogatorio de La Habana (1973), compuesto por cuatro textos, fue un libro que “fabricamos” con el autor para Anagrama. Uno, sobre el llamado “turismo revolucionario”: “las delegaciones” de visitantes, convenientemente pilotados, a los países del socialismo real; otro, una apología del padre Las Casas y sus análisis del colonialismo. Los otros dos eran sobre temas cubanos: en el que daba título al volumen, tras la fallida invasión de la Bahía de Cochinos, Enzensberger extractaba las confesiones de los prisioneros, configurando así, con las palabras de otros —un método que practica a menudo—, un “autorretrato de la contrarrevolución”, mientras que en “Imagen de un partido: antecedentes, estructura e ideología del Partido Comunista de Cuba” el autor llevaba a cabo un muy polémico análisis de dicho partido, que levantó ronchas en el aparato castrista.

Ya había estallado el “caso Padilla” y el cónsul de Cuba en Barcelona, amigo mío y amigo de tantos amigos, tras esa “traición” me retiró dicha amistad y la tradicional invitación a tomar mojitos cuando la Feria de Muestras, un ritual para todos los amigos de Cuba. Unos años después hicimos las paces, tras muchas copas y bromas acerca del visible pistolón del cónsul, en una cena organizada con tal fin en casa del cineasta Manuel Esteban y Magda Oliver, con Octavi Pellissa, Carlos Durán y algún otro amigo de toda confianza cubana.

Enzensberger nos ha obsequiado también con una utilización distinta, un nuevo mode d’emploi, de la erudición histórica en sus Conversaciones con Marx y Engels (1974), un trabajo de investigación realizado durante años, en el que el autor daba la palabra a los contemporáneos de Marx y Engels. A partir de un habilísimo, intencionado y nada ingenuo montaje, los textos formaban una biografía polifónica, rematada en contrapunto por un astuto apéndice: las opiniones que los opinantes les habían merecido a los dos colosos. El resultado en general era demoledor: una relación de elogios escasos e injurias muchas. En el libro aparecía también un episodio que había estado bastante o muy tapado hasta el momento: la hija que Marx tuvo de su criada y que para evitar escándalos había endosado al fiel Engels.

En cuanto a Europa, Europa (1989). fue un proyecto atípico y osado, muy propio de Magnus. La idea era viajar a un país europeo y, tras unas semanas de investigación en el terreno —aparte de la documentación previa—, publicar una serie de reportajes sobre el país en cuestión, pero no sólo en la prensa alemana, con lo que el riesgo sería menor, sino en un periódico de gran tirada de dicho país: éste era el punto importante, el hecho diferencial. Como me comentó Enzensberger, es el trabajo que un extranjero, o sea un no especialista, escribe para ser juzgado por los especialistas en el tema: los nativos. Es obvia la osadía de tal procedimiento que un aficionado al folklore podría calificar de gesto torero, de saltar al ruedo, un “dejarme solo” de indudable riesgo. En El País leyeron los textos italianos y me pidieron que hiciera el contacto con el autor para un reportaje sobre España, a quien naturalmente le gustó mucho la idea, y allí se publicaron —antes de su recopilación en Europa, Europa—, con la previsible polémica levantada por tal experimento, de la que dan fe las cartas al director que suscitaron los reportajes. Es significativo que las cartas más airadas procedieran de la zona más crispada, el País Vasco.

Migajas políticas (1984) y Mediocridad y delirio (1991) eran dos variadas compilaciones de ensayos. En Migajas políticas figuran temas como la lucha por la vivienda; las fantasías del fin del mundo; el malestar en la escuela; el catastrófico estado del Tercer Mundo; el eurocentrismo y la ingobernabilidad; todo ello desde una perspectiva irónica tous azimuts. En Mediocridad y delirio el abanico también es amplio: la situación de la crítica literaria o, mejor dicho, su desaparición; la figura del analfabeto secundario; la televisión como medio de comunicación cero; una investigación sobre dos instituciones tan clave como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional; el dinero negro como engrase en las campañas políticas. Para concluir, un diagnóstico sobre la medianía y el delirio en la sociedad actual, tan “inquietantemente satisfecha y demencialmente normal. Hay que temerla”. Dos textos breves —La gran migración (1992) y Perspectivas de la guerra civil(1994)— se adentran en campo minado y podrían conformar un díptico. En el primero se aborda la xenofobia en Europa, y el segundo versa sobre el autismo de la violencia y la tendencia a la autodestrucción como denominador común de todas ¡as guerras civiles. Temas incómodos, ingredientes ideales, pues, para la “dieta Enzensberger” (Luis Meana dixit), que pone al descubierto las contradicciones cínicas del establishment.

Haciendo alguna de las escasísimas excepciones en la editorial —las otras son los Sonetos de amor de Shakespeare, traducidos por Agustín García Calvo, y Cien poemas apatridas de Erich Fried, ganador del Premio Internacional de los Editores, que fue publicado simultáneamente en Europa por siete sellos editoriales, aparte de un par de libritos de poemas y dibujos de Tim Burton y Roald Dahl —edité dos libros de poemas de Enzensberger, ambos de traducción complicada.

Uno fue Mausoleo (1979), “37 baladas sobre la historia del progreso”, según rezaba el subtítulo. Tras rebotar en varios traductores, finalmente acabó en las cuidadosas y beneméritas (y un tanto lentas) manos de Kim Vilar, que había regresado a España después de un largo exilio de años en Alemania Oriental, donde había estudiado teatro y colaborado con el Berliner Ensemble. Una versión magnífica de un apasionante friso en forma de elaboradísimas microbiografías, trufadas de collages, dedicadas a una minoría radical que ha marcado las contradicciones del progreso, de Gutenberg a Chopin, de Darwin al Che.

O como Maquiavelo, “incomprendido como todo genio”: “Niccoló, canalla, poeta, oportunista, clásico, verdugo: Eres el puro retrato del pasado y por eso elogio el que pintaste Compadre Niccoló, te juro que no lo olvido, y por ser mil veces Tus mentiras verdad, maldigo otras tantas tu mano torcida”.

O Charles Fourier:

“Colón, Newton, Descartes y yo. ¿Oís bien? Voilá le fou! gritan los chiquillos por el parque del Palais Royal. Pero cuidado, no se confundan: no es un “crítico de la sociedad”, Es su enemigo declarado. Fábula rasa, o La ruptura absoluta”.

O un epitafio, magistral, conmovedor, de Bakunin: “Por doquier ceniza de cigarro, periódicos, cucharas de té. Chivatos Pululan ante la casa. Caos, cochambre por doquier.

El tiempo pasa. Y sigue en Europa oliendo a policía. Y porque nunca y en parte alguna, Bakunin, no ha habido, ni hay, ni habrá monumento a Bakunin, te lo ruego, Bakunin: vuelve, vuelve, vuelve otra vez”.

El otro libro de poemas fue El hundimiento del Titanio (1986), metáfora también de los crujidos del progreso. Kim Vilar no estaba disponible y empecé la ronda de traductores con resultados negativos. El tiempo iba pasando y al final Magnus sugirió una solución de emergencia: que su amigo Heberto Padilla lo tradujera de la edición norteamericana, que había sido minuciosamente revisada por el autor, y el propio Magnus repasaría luego la versión de Padilla. Así se hizo y la traducción suena muy bien.

También otra publicación de un género atípico en Anagrama fue El filántropo (1985), una pieza teatral basada en la figura de un personaje que, naturalmente, interesa muchísimo a nuestro autor: Diderot, el creador de la figura del intelectual.

Y por último, dos recuperaciones: Política y delito (1987), que había publicado antes Seix Barral, un espléndido conjunto de nueve ensayos, en los que Enzensberger se adentra en la oscura dependencia entre asesinato y política, y en los que figuran Al Capone y los gangsters de Chicago, el dictador dominicano Léonidas Trujillo (en quien se ha basado para La fiesta del chivo Mario Vargas Llosa, tan amigo de Magnus), los escándalos y crímenes de la dolce vita romana, y los “soñadores del absoluto” conspirando para derrotar al zar de todas las Rusias. La segunda, muy perseguida por mí, fue El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti (1999), un extraordinario montaje de textos sobre el mítico libertario. Un libro imposible de publicar en su día en España, lo que me fastidió de sobremanera; mi buen amigo Juan Grijalbo lo editó en México y tras la muerte de Franco también en España. Sin embargo seguí al acecho, y cuando los derechos de Grijalbo quedaron cancelados, volví a la carga y pudo publicarse en Anagrama. Enzensberger narró la vida de Durruti basándose sólo en documentos (discursos, tracts, reportajes, memorias, entrevistas con testigos oculares supervivientes): una “novela de Durruti”, así la llama el autor, “contradictoria”, siempre vinculada a las “centelleantes incertidumbres” de la tradición oral, en la que la Historia aparece como “ficción colectiva”. En una entrevista en Barcelona, Enzensberger afirmó: “Fue un trabajo apasionante porque me permitió hablar con un tipo de personas que en el mundo actual ya no serían reales, porque la pureza de aquella gente ya no existe”, y calificó esta etapa del anarquismo español como “una de las aventuras más fascinantes del siglo XX”.

Cuando con Luis Goytisolo, primer cómplice en el proyecto, empezamos a pasar lista de posibles miembros del primer jurado del Premio Anagrama de Ensayo, además de los “barceloneses” Mario Vargas Llosa y Salvador Clotas, a principios de los setentas, invitamos a Juan Benet, quien aparte de Volverás a Región y Una meditación había publicado en Revista de Occidente una admirable colección de ensayos.

Otro invitado, que también aceptó, fue Enzensberger, muy amigo de José Agustín Goytisolo, traductor de Vallejo y Neruda, que viajaba asiduamente a Cuba, y que también visitaba con frecuencia España debido al rodaje de un documental sobre Durruti. Durante el rodaje, clandestino, Enzensberger, asistido por un jovencísimo periodista, Ángel Montoto, enviaba cada día el material rodado a Alemania, así que cuando hubo chivatazo y problemas con la policía, las cintas estaban a buen recaudo. Enzensberger participó activamente como jurado durante los primeros años. Más tarde, ya con el tiempo más ocupado, sólo le enviábamos originales ya muy descremados aquellos años en que sabíamos que la temática le podía interesar, como en el caso de Usos amorosos de la postguerra española de Carmen Martín Gaite, La Escuela de Barcelona de Carmen Riera y, en 1990. El arte de la manipulación política de Josep M. Colomer, último año en que participó en las deliberaciones.

También visitó Barcelona, en los primeros setentas, precedido de una carta de Magnus —para quien, según sus palabras, era más que un hermano—, el chileno Gastón Salvatore, líder estudiantil de la izquierda extraparlamentaria, luego autor teatral. Estaba buscando contactos para una investigación sobre el ejército franquista o la guardia civil, no recuerdo bien, un proyecto que parecía no sólo singularmente arriesgado, sino también bastante imposible, y que no sé dónde desembocó. Unos cuantos amigos, entonces independientes de izquierdas, habíamos formado un grupo de debate, el Cercle 76—en el que estaban Castellet. Barral, Clotas, Bohigas y otros—, y habíamos tenido un encuentro informativo con Jordi Busquets y otros dos oficiales “úmedos”, es decir militares de la clandestina UMD. Le di a Gastón, para que los contactara, el teléfono del abogado Ramón Viladás, también del Cercle 76, y fundador en su día de la editorial Ruedo Ibérico, y no supe más del asunto. Durante largas temporadas Magnus y Gastón, codirectores del mensual Transatlantik, compartieron vivienda en Venecia, con lo que a Magnus el español y el italiano, tan próximos, se le encabalgaban en la conversación, un misto aleatorio.

Recuerdo que en uno de los viajes visitamos la Fundación Miró, el magnífico edificio de Sert, cuyo primer director fue Francesc Vicens, a su regreso a España tras los avatares y expulsión del partido comunista al igual que sus amigos Claudín y Semprún. Las explicaciones de la visita guiada por el muy sabio Francesc Vicens fueron tan minuciosas que Magnus me dijo en un aparte: “Ha sido como una visita para ciegos”.

Aunque no todo era cultura y debates ideológicos, obvio es decirlo, sino también cenas y copas en Bocac- cio. Le llamaron la atención tres fiestas. En uno de sus primerísimos viajes a Barcelona, a finales de los sesentas, preparando el documental sobre Durruti, coincidió con una sonada función del Living Theater en el Romea; luego José Agustín Goytisolo los llevó a todos, y a Magnus, a casa de Ricardo Bofill, gran juerga, todos a calzón quitado, en el sentido más expreso; un contraste notable con sus experiencias previas en la España franquista. Una de las veces que vino de jurado, lo llevamos a un gran baile en el Ritz que Carmen Balcells, en plena forma, había organizado para el lanzamiento de Gramática parda de Juan García Hortelano, que acababa de publicar Argos-Vergara; sorprendido y feliz ante una fiestaza de tal envergadura por motivos literarios, Magnus bailó unos cuantos valses con un estilo algo envarado pero voluntarioso. En otra ocasión, cuando hacía los reportajes para el libro Europa, Europa, tuvo lugar la fiesta del Cervantes, el 23 de abril, y lo llevamos al Palacio de la Zarzuela: atónito también ante una recepción real, con Juan Carlos, Sofía y las infantas departiendo tan campantes con la “infame turba”, algunos escritores, editores y similares, con elevado grado de alcohol. Impensable una “promiscuidad” similar en Alemania, comentó.

Otra de sus acompañantes y su pareja durante tiempo fue una principessa, simpática, rápida, muy guapa, que colaboraba en Quotidiano dei Lavoratori. una publicación de la extrema izquierda italiana. Unos pocos años después la vi en la Feria de Frankfurt, acababa de publicar en Garzanti un libro, Harem, sobre el mundo musulmán que le había interesado siempre (su familia tenía un castillo sarraceno en Sicilia). El editor, Livio Garzanti, paseaba orgulloso por Frankfurt junto a la espectacular princesa. Magnus también vino una vez a Barcelona con su actual pareja, con la que vive en Munich desde hace ya bastantes años y le ha hecho de nuevo muy feliz papá.

Además de sus propios libros cabe destacar en Magnus otras facetas. Así en los sesentas fundó Kursbuch, la revista teórica de la izquierda (extraparlamentaria) alemana, y en los ochentas, junto con Salvatore, Transatlantik, en la que se perseguía una nueva forma de reportajes, trabajada y rigurosa pero a la vez amena, legible y estimulante. También fundó hace años una espléndida colección, Die Andere Bibliotbek, albergada primero en Greno Verlag y luego en Eichborn. En la selección de textos —de diversos géneros y épocas— figuran desde “clásicos” como Herzen hasta descubrimientos como Christoph Ransmayer y sobre todo W. G. Sebald. Singularidades: ediciones cuidadísimas en tapa dura, tipografía de plomo ancien régime, todos los libros tienen el mismo precio y no se reeditan jamás en dicha colección.

Como tantos intelectuales de los radicales años sesentas, Enzensberger ha variado notoriamente sus posiciones políticas. Se esté o no de acuerdo con algunas de sus opiniones, en todos los escritos resplandece su extraordinaria agudeza, la mirada inesperada, el horror al tópico (o mejor, la imposibilidad de pensarlo), el regate seco e inapelable, la paradoja súbitamente luminosa. Posiblemente pocos intelectuales contemporáneos pueden rivalizar con él. Y desde luego, para el catálogo de Anagrama y para mí como lector, pocos, si es que alguno, pueden comparársele.

Durante bastantes años tuvimos una correspondencia bastante nutrida y fluida. También visitó Barcelona a menudo (y yo jamás he visitado Munich, donde reside, pese a su insistencia y para mi vergüenza). Durante años se me consideró algo así como cónsul general de Enzensberger en España y me llamaban continuamente para cursarle alguna invitación, hasta que un día me dijo que se concentraba en su obra, evitaba dispersiones (que no le dieran más la lata, ése era el mensaje). Así que dejé de ser correo transmisor. Sólo le insistí para la fiesta de los 25 años de Anagrama en Barcelona, a la que asistió, vivaracho y, como todos, al final bastante borrachín en los jardines del Hotel Juan Carlos.

Un penúltimo episodio: un buen amigo me llamó hace un tiempo diciéndome que tenía muchísimas posibilidades de que le concedieran en España un prestigioso premio de periodismo; que le sondeara para saber si tenía algún inconveniente. Llamé a Magnus y me dijo que se sentía muy halagado por el historial del premio, pero que le resultaba imposible aceptarlo: justamente acababa de publicar un artículo cuya tesis era que él y los de su generación deberían renunciar a copar todos los premios y dejar el campo libre a generaciones más jóvenes… Así se lo comuniqué a mi amigo y. siguiendo instrucciones, pasé el artículo a El País.

Y una última información. Las versiones de García Lorca en Alemania eran, según criterio general, muy insatisfactorias, pero el traductor tenía un contrato férreo que bloqueaba los derechos. La editorial Suhrkamp empezó una serie de largas y dificultosas negociaciones para vencer esta barrera. Magnus apoyó tal iniciativa realizando una nueva traducción de La casa de Bernarda Alba que se publicó en edición no venal: una demostración elocuente del “secuestro” lorquiano. No hace mucho, Suhrkamp ha empezado, finalmente, las nuevas y necesarias traducciones de García Lorca.

Magnus cumplió los 70 en otoño de 1999 colmado de homenajes, pero tan vivaz y ontológicamente joven como siempre. El mismo año publicamos su última colección de ensayos. Zigzag, un libro excelente empezando por el título, una fórmula-broche de su démarche. de su slalom, su slalom gigante por la pista de las ideas. Vielen Dank. Magnus. n

Jorge Herralde. Editor y escritor. Dirige la editorial Anagrama.