A MEDIA CALLE

ESCLAVITUD

POR SOLEDAD PUÉRTOLAS

Uno de los precios que esta sociedad está pagando para incorporarse a la corriente del desarrollo moderno, a eso que vagamente se llama globalización y que tiene su apóstoles y sus detractores y, sobre todo, cuenta con la profunda ignorancia o impotencia que buena parte de la población tiene o siente hacia los asuntos sociales, es la marginación, la vida tremendamente difícil en ghettos a que se ven condenadas las personas que no nacen en un lugar mínimamente próspero

La problemática integración social de los emigrantes en los países de llegada es ahora mismo uno de los mayores indicativos del malestar social que han generado las reglas económicas mundiales que rigen en Europa y en España.

Han surgido aquí y allá mafias dedicadas a comprar –literalmente- las vidas de quienes desean emprender un nuevo camino en un país, imaginan, con muchas más posibilidades que el suyo. Hace muy poco aparecía en los periódicos españoles la noticia del desmantelamiento de una banda dedicada a la compra de adolescentes. La deuda que adquirían con los jefes de la mafia debían saldarla con el dinero obtenido mediante la prostitución a la que inmediatamente se les condenaba. Una vez en España, a los jóvenes se les hacía firmar el siguiente acuerdo, que ha sido posteriormente publicado en toda la prensa nacional: «Prometo pagar la suma de 40,000 dólares a mi tía Iveve y yo declaro que yo no voy a fallar las normas y que no contaré nada a la policía hasta que esta cantidad sea pagada. Si fallo normas a mi tía Iveve, tienen el derecho de matarme a mí y a mi familia en Nigeria. Mi vida es equivalente a la suma que debo a mi madame. Declaro que este acuerdo es explicado a mí en mi dialecto y que lo comprendo perfectamente y que este documento va a ser destruido cuando pague la suma total”.

Este increíble documento iba acompañado de la foto de la joven que, al firmarlo, entregaba su vida a la banda de su terrible madame. Quizás éste sea un caso extremo, porque no creo que la mayoría de los inmigrantes que han llegado a España de forma ilegal y previo pago a determinados cabecillas hayan llegado a firmar ningún papel con un compromiso tan expreso y tan tremendo. Pero no es la primera vez que descubre dedicada y rentable negocio de la prostitución juvenil mediante la treta de comprar desde dentro de España jóvenes mujeres de países sin expectativas de trabajo. La explotación de estas desdichadas jóvenes que muerden el anzuelo empujadas sin duda por el sueño de una vida mejor no puede ser más perversa. Las jóvenes pierden el dinero ahorrado no se sabe cómo, pero bien podemos dar por supuesto que con enormes esfuerzos, esfuerzos, quizá, de toda la familia de la joven, y por si eso fuera poco, se las codena a la prostitución en un régimen de esclavitud.

Pero el engaño no termina nunca porque, según se ha deducido tras la detención de esta banda, la de madame Iveve, las jóvenes, una vez que habían saldado su deuda, esos nada despreciables 40,000 dólares, no quedaban en libertad. ¡Cómo si la libertad fuera tan fácil!, ¡cómo si una vez dentro del callejón fuera tan sencillo salir de él! Las jóvenes no quedaban liberadas, sino que eran vendidas a otra banda que volvía a emplear con ella el mismo o parecido procedimiento. Y si alguna se quejaba, otra vez las amenazas, otra vez la muerte de ellas y de sus familias a cambio de la suya esclavizada.

Vidas de pesadilla que se desarrollan en nuestra moderna sociedad. Callejones sórdidos de los barrios periféricos, estrechos caminos en los parques oscuros. Si ya resulta intolerable que unas personas se aprovechen de otras con semejante descaro, con tan manifiesta falta de escrúpulos, resulta tremendamente penoso, doloroso, imaginar el estado de ánimo de estas jóvenes condenadas a vender sus cuerpos en callejones y parques: esa es la vida que han comprado. Una vida donde la palabra “dignidad” no tiene cabida.

¿Y si una de estas jóvenes recién llegadas a la casa de la madame, con la cabeza aún llena de los sueños que la empujaron a abandonar a su familia y su país y a pagar por el viaje una alta suma de dinero, se hubiera negado a firmar el despreciable contrato? ¿Cabía la posibilidad de negarse?, ¿de qué forma se podía hacer que una joven díscola entrara en razón? La pesadilla es interminable.

Me pregunto qué será de estas jóvenes ahora que la banda que las compró y que las explotaba ha sido detenida. Por lo que pude saber el día en que leí la noticia, a las jóvenes que no tenían aún permiso de residencia en España se les había abierto un expediente para proceder a su expulsión. Otras mujeres tenían ya permiso de residencia. No sé el futuro que les aguarda a éstas, pero el de las otras podemos imaginarlo: regreso a su país en calidad de delincuentes. ¿Es esto lo que se merecen estas jóvenes tan malévolamente engañadas, tan despiadadamente explotadas? ¿Este es el concepto de justicia que tiene nuestra moderna sociedad?

¿Es que no puede destinarse una pequeña partida del presupuesto a la creación de centros de acogida a los que pueden acudir las personas que de repente se encuentran en la calle, en el desamparo más absoluto? Y, ya en estos centros, ayudarles a rehacer sus vidas. Si desean volver con los suyos, de acuerdo, pero si aún les queda un resto de esperanza, que se les dé todo el apoyo posible. No sería tan difícil. No se trata de tanto dinero. Por fortuna, no estamos hablando de un caso habitual. Se trata de querer hacerlo. De que exista en esta sociedad la voluntad de ayudar a las personas con dificultades, en especial, a los inmigrantes. No basta con escandalizarse, hay que buscar soluciones razonables, soluciones que profundicen en la naturaleza de los casos. ¿Dónde está nuestra sensibilidad?

Nos horrorizamos con las desgracias ajenas y no vemos lo que ocurre delante de nuestros propios ojos.

Busco a partir de ese día más noticias de este asunto en los periódicos, pero ya no han vuelto a aparecer. Cada día tiene su noticia. El mundo gira. Todo ocurre muy deprisa. El periodismo ha ido derivando hacia la superficialidad. Se dan muchas noticias, se presentan como grandes espectáculos, pero todo pasa, otro espectáculo se impone. Naturalmente, ante tanto caudal de noticias, y tantas catastróficas, nos sentimos impotentes, nos decimos que es muy poco lo que podemos hacer.

Quizá, sólo ir más despacio, reflexionar, indagar por debajo de la superficie. Rastreemos estas noticias, pidamos explicaciones a nuestros gobernantes sobre sus métodos, examinemos sus leyes. Porque, entre tanto, si no lo hacemos, estamos dejando que ocurra a nuestro lado lo que nos horroriza que ocurra lejos de casa. Lo que jamás desearíamos que nos sucediera ni en la peor de las pesadillas. No hemos nacido para ser esclavos. Una lluvia de indignidad cae sobre nosotros cuando comprendemos que aún existe la esclavitud. Ojalá fuéramos capaces de detener ese aguacero, detenerlo para siempre.   n

Soledad Puértolas. Escritora. Entre sus libros, Una vida inesperada y Gente que vino a mi boda.