LA PROFECÍA DE LA MEMORIA

POR ARNOLDO KRAUS

Los  cementerios han sido siempre sitios de reflexión. Ahí. las tumbas, los entierros, los pinos callados, los amortajadores y la tierra que cubre las sepulturas son venas hinchadas que devienen introspección. Pasear por ellos suele acomodar piezas sueltas, pavimentar encuentros con el alterego y remover los escombros del alma que confrontan recuerdos, vivencias y, en muchas ocasiones, culpas. La razón es simple. El lenguaje de los muertos nunca acaba: escucharlos es un ejercicio que depara infinitos caminos y un arte que puede exaltar los rincones del eros. Estar con los muertos es otra forma de estar con los vivos, con uno mismo, con el athos —morada—, con el daimon —destino— y con el pasado.

En el rito judío los cadáveres son cubiertos exclusivamente con una sábana: los féretros aíslan el cuerpo y el alma de la tierra e impiden que el ser humano regrese a la Tierra. Si bien la idea ancestral “polvo eres y en polvo te convertirás” devuelve al ser humano a sus dimensiones reales, y a su infinita pequeñez, no garantiza ni olvido, ni silencio. Quizá por eso, cuando los muertos y los epitafios inscritos en las lápidas hablan, las historias de los vivos adquieren otros tintes.

Tu nombre en el silencio fue el epitafio y homenaje póstumo que rendía la doctora Ida Pavelling a un médico judío asesinado durante la dictadura nazi. Tu nombre en el silencio rescataba la memoria y expiaba las culpas de uno de los personajes centrales de las múltiples historias y de los infinitos encuentros y desencuentros que circulan por las páginas del libro de Pérez Gay. Ese epitafio —tomado del poeta Rainer María Rilke— pretendía hacer de la muerte del galeno un fenómeno atemporal. Pérez Gay lo dice mejor: “la idea de la muerte como una maduración interior, esa muerte que deja de ser anónima y se convierte en una creación espiritual. La certeza de que cada uno tenía, o debía tener, una muerte propia”.

En el cementerio de St. Annen, a donde transportó los restos del doctor León Halévy, Pavelling depositó amor, confrontó culpas y vidas no resueltas. Los demonios del tiempo nunca le permitieron separar ni su deseo, ni su impulso existencial, ni su historia, de la imagen del amado asesinado. Los lastres, los desamores y los rincones de la memoria que azotan siempre la conciencia de quien pervive las masacres y las muertes inoportunas y preñadas de sinrazón, se adosan a la piel y petrifican las posibilidades del mañana. La historia de Pavelling y Halévy es el recuento de un amor que no finalizó con el fallecimiento del segundo, pues la presencia, otrora amorosa, otrora obsesiva de la pasión perdida, zumo vital y a la vez mortal, demacró la vida de Pavelling y la de sus allegados.

“Cómo has podido dejar tu nombre en el silencio” son las líneas de Rilke con las que Pavelling clausura una historia e inaugura otras: la de un joven mexicano y la de dos estudiantes latinoamericanos que acuden al Berlín de los sesentas en la búsqueda del conocimiento universitario. A un Berlín convulso y vivo. en donde la memoria de la guerra era la memoria del presente, en donde el sabor del conocer se mezclaba con el furor de la inconformidad, con el ascenso de las guerrillas, con el surgimiento de una nueva Cuba, con las rebeliones estudiantiles en Europa y las masacres perpetradas en México. A una ciudad, en donde los ojos del autor cuentan e inventan las pasiones del mundo universitario. A ese Berlín, cuya fisonomía se ha ido para siempre. y en donde los sinsabores reales y los episodios irreales penetran y son la vida de tres estudiantes latinoamericanos, uno de ellos. Cardona, el mexicano, yerno escucha de la Pavelling.

El libro entreteje numerosas historias, ocupa tiempos largos, con junta incontables citas v escombra en las vidas y decir es de numerosos miembros de la comunidad intelectual y política. Ese entramado tiene la magia de transportar la imaginación del lector a través de una narración y un movimiento perpetuo, que entre historias y ficciones salta de un episodio a otro, para luego regresar y retomar el hilo, sin perder nunca ni la continuidad, ni la fluidez. La tensión nunca disminuye, pues la urdimbre, a pesar de estar repleta de información política, literaria e histórica, es tersa, y sumerge al lector en tina espiral ascendente de anécdotas muy ricas que construyen un mosaico asombroso y que continuamente plantean la siguiente disyuntiva: ¿qué tanto es ficción y qué tanto es realidad? Mientras avanza la lectura, el vértigo de las escenas posee la magia de convertir la ficción en realidad y la realidad en ficción.

En ese mapa, el de la Europa de la posguerra, de los amores dolorosos, de las distancias con el México materno, y sumidos en el mare magnum de discusiones filosóficas y reyertas políticas, emerge la figura del poeta Paul Celan —”No busques en mis labios tu boca/ ni en la puerta al extraño/ ni en el ojo la lágrima”—. la imagen del diabólico Goebbels —”el poeta encarnaba todo lo que los nazis combatían”—, la del padre Camilo Torres asesinado por el ejército colombiano— “la única manera de llorarlo está en seguir adelante en todos los caminos de la lucha”, expresa el estudiante colombiano—, la de Ludwig Wittgenstein —”los límites de mi lenguaje significan los límites del mundo”—, la de Alvaro Mutis —”no es posible que un hombre cuente la verdad sobre él mismo o deje de comunicar al lector la verdad sobre él mismo”—, la del pintor ruso alemán Alexei von Jawlensky, cuyo cuadro adornaba la sala de la doctora Pavelling —”un rostro no es nunca un solo rostro, es todo el universo”— y una miríada de pasajes y citas que enriquecen la obra y siembran un escenario en donde la novela deviene historia y la historia deviene literatura. Recorrer esos caminos es repasar algunas de las vicisitudes filosóficas e históricas del siglo XX.

Sugiere Pérez Gay que “el destino tiene dos maneras de herirnos: puede negarse a nuestros deseos, pero también puede cumplirlos”. Y ¿qué es el destino?, ¿acaso existe el destino? En el corpus de Tu Hombre en el silencio, los pasos, las aventuras y desventuras de los tres estudiantes, el asesinato de uno de ellos —el brasileño—, la perseverancia política y moral del colombiano en pos de un mundo mejor a través del socialismo y los vaivenes amorosos del mexicano Ernesto Cardona resultan en un tinglado que introduce al lector en un sin fin de caminos e historias independientes, que se mezclan continuamente. Hacia el final, esos caminos atan vidas y tiempo. Cuando Heráclito afirma que “el ethos es para el hombre su daimon’, nos dice que destino y libertad son bienes continuos y recíprocos, y que, de mil maneras, se retroalimentan. En el libro las moradas internas de sus personajes y el sino de sus vidas retratan las caras de la sociedad germana y el pensar latinoamericano.

Casi tres décadas después de haber iniciado su periplo alemán Cardona acude a un coloquio internacional en Berlín intitulado “Los años ochenta: la década perdida para América Latina”. Su óptica del mundo y de las calles de su Berlín habían cambiado para siempre. Ese Berlín que ya no era suyo, pues, al igual que su recuerdo y al igual que algunas pérdidas que ahora también eran parte de su vida, todo se había modificado. En efecto, nada era igual: las calles, el pueblo de estudiantes, la casa de la familia Pavelling, las personas, eran otros. El Berlín de antaño se había transmutado a! igual que la historia de Cardona.

En ese nuevo Berlín, el de la Alemania reunificada, Cardona camina y finaliza en el cementerio St. Annen, donde había sido enterrado León Halévy. Ahí, cargando el paso de su memoria, de unas calles que no reconocían su paso, de unos edificios cuyos ladrillos nuevos sepultaban viejos recuerdos, de un jardín que había desaparecido y cuyas vidas jamás serían recuperadas, de un supermercado antes lleno, ahora inexistente, y de un auditorio, antaño eco de sabiduría y diálogo y hoy derruido, recomo las tumbas de sus difuntos. En ellas depositó flores, melancolía, reclamos, su alma y, después de treinta y dos años, leyó de nuevo el epitafio sobre la tumba de Halévy: “Cómo has podido dejar tu nombre en el silencio”. Escribe Pérez Gay que entonces Cardona “entendió la profecía de la memoria: supo que entonces todos dejamos nuestro nombre en el silencio, y que Nuno y Dutschke —el primero, uno de los estudiantes latinos, el segundo, joven comunista alemán— ya no podrían envejecer, el peso de los años ya no caería sobre ellos como caía sobre él, estaban detenidos en el Berlín de su vida y sus sueños, y tendrían para siempre veintiocho años”.

En los cementerios la paz de las tumbas, el aparente silencio de los muertos y el aroma de los recuerdos, pueden, paradójicamente, mitigar las angustias de los vivos. Las tumbas y sus muertos son un ejercicio desolador, pero también edificador: las palabras del vivo son tan puras como las memorias de los —sus— muertos. Quizá por eso Edmond Jabés, amigo de Celan en París, y quien fue una de las últimas personas que oyó su voz antes de que el poeta se suicidara, escribió: “La muerte, desde siempre, ha sido discreto confidente del judío; el humilde azogue en que gracias a la claridad de una vela, todas las noches, desde el mismo lugar, ha escrutado su rostro”.   n

Arnoldo Kraus. Colaborador de La Jornada.