ESCRIBIR LO QUE SE LEE

POR FEDERICO REYES HEROLES

Tu nombre en el silencio, la más reciente novela de José María Pérez Ciar, es hija y continuadora de la mejor tradición literaria: la (que fortalece el lenguaje, piensa y desafía a Ia cultura, nombra lo innombrable y crea una visión de mundo Las lecturas de Federico Reyes Heróles y Amoldo Kraus que aquí presentamos la celebran retribuyendo ta inteligencia con inteligencia y la pasión con pasión.

Al decir de Hermann Broch, la misión de la novela es descubrir “lo que sólo una novela puede descubrir”. El autor vienés es radical al respecto: “esa es la única razón de ser de la novela”. Hay, en esa lectura, una especificidad, un territorio al que sólo tiene acceso la novela y que no puede ser abordado por otras expresiones humanas. Si el novelista respeta su oficio y al género, si se arroja a explorar esos territorios indómitos, de verdad aportará algo a la creación. Por el contrario, si permanece en los mismos senderos por los que caminan otras artes, al final del día tendrá que reconocer que, como novelista, se perdió en el camino y, algo aún más grave, su traición a la novela. “La novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral”, nos dice Vargas Llosa y termina su sentencia afirmando: “El conocimiento es la única moral de la novela”. Conocer y no simplemente regodearse con las formas, con las estructuras, con los sonidos, con el embrujo de las palabras, esa es la misión. Conocer lo que sólo la novela puede conocer. El rasero es terrible. Cuántas novelas hemos leído que no aportan nada al conocimiento, que están allí para llenar un hueco y matar el tedio, siempre a partir de la repetición de lo que ya sabemos. Pocas son las novelas que asumen una misión cognoscitiva. Las más cruzan el firmamento veloces para salir a perderse en el olvido. Pocas, insisto, logran una presencia que sirva como referente de nuestros pasos en el mundo.

Quizás entonces lo primero que habría que preguntarse es si la novela de José María Pérez Gay se propuso conocer. Mi respuesta sería afirmativa. Ese espléndido título que es Tu nombre en el silencio es una indagación del porqué de un quiebre en una vida concreta, en una relación de pareja, amorosa, erótica. Es algo muy sencillo, en apariencia, que sin embargo explica un momento crucial que troquela toda una vida. Explicar a cabalidad, o intentarlo por lo menos, algunos instantes que son capaces de desnudar una biografía es un reto mayor. Son esos momentos de lucidez global e intransferible por otra vía que no sea la novela, los que justifican el esfuerzo creativo. Tu nombre en el silencio se propone conocer, que no resolver, un dilema que escapa a la falsa moral de los comunes que condenan sin escuchar y que resulta inasible para los arquetipos que guían la vida de millones. Pero para conocer a fondo ese detalle personalísimo el autor tiene que ir a otro nivel que es el de una generación que escuchaba a Petula Clark cantando “Downtown”, que creció en la Guerra Fría, en esa tensión latente que avisaba lo peor. Conocer a esa generación lo obliga a hablar de cómo fueron los centros de estudio que la formaron, hablar de los jesuítas que los educaron, de la hipocresía que imperaba por todas partes, hablar de cómo se miraban las relaciones matrimoniales de sus padres en donde los segundos y terceros y cuartos frentes eran lo cotidiano, también de las madres calladas, abnegadas, que dejaron a la vida írseles entre las manos, destilando, eso sí, rencor y resentimiento. Pero, de nuevo, como en círculos concéntricos, esa generación creció en un país que tiene nombre y puede ser México, pero también Brasil o Colombia. El autor tiene entonces que descubrir las coordenadas no de la patria oficial que se les quiso imponer, sino de la matria, ese pecho que está en el inconsciente y que los amamantó, los nutrió con esa energía oculta, disfrazada, silente, pero de gran poder que moldea el cerebro. Para ello, de nuevo en ascenso como en espiral, Pérez Gay tiene que hablar de un continente que nos abraza sin preguntar. No es lo mismo los latinos que los africanos o los europeos, allí hay una misión de conocimiento.

Pero claro, conocer, conocerse, es comparar y compararse. Coincidencias y diferencias en la mejor tradición hegeliana tienen que construir el primer mapa para la expedición. Sólo en la indagación profunda de ellas es que llegaremos a conocernos de verdad. Los ejercicios cognoscitivos han dado comienzo. Pérez Gay construye un laboratorio literario. Hay expresamente una misión de conocimiento. Pero entremos al laboratorio, recorramos sus pasillos, sus áreas de seguridad y de riesgo.

Para comenzar, el autor recurre a una de las más ricas vetas de la literatura. Me refiero a la idea del viaje: de La llíada a Los pasos perdidos de. Carpentier. El viaje como rompimiento necesario. Nada más lejano a la idea de viaje que la administración del mismo. Me voy tal día y regreso un mes o un año o dos o tres después. El viaje verdadero supone perder el control de la situación, estar a la deriva en un paréntesis vital. El viaje es una ruptura liberadora pues acaba con los amarres, con los anclajes de la vida cotidiana, de las costumbres, acaba con ese continuum esclavizante. ¿Y cuándo termina el viaje? Pues precisamente cuando deja de ser ruptura y se convierte en una nueva esclavitud. Esa es la primera propuesta del laboratorio de Pérez Gay.

Pero hay más. El viaje le permitirá a uno de sus personajes principales, un mexicano, entrar al rico territorio de la lejanía. Esa lejanía que no puede ser eliminada ni por los Boings 747, ni por las largas distancias, ni por la comunicación instantánea de los satélites y el Internet. Es una lejanía que ha sido una de las grandes intrigas literarias pues a través de ella conquistamos la cima del desprendimiento, del verse también a lo lejos. Aldoux Huxley, entre otros, lo propone como uno de los grandes momentos, quizás el culminante, de los otros viajes provocados por la droga. El viaje se convierte en el lugar de encuentro de muchos elementos que habrán de mezclarse. La probeta se inclina y cae Colombia con Rojas Pinilla y todo el horror de la dictadura. Poco después se le agrega Brasil con Goulart, con los militares y el golpe en la memoria. Cada uno habla de su historia particular y también de la compartida. Los contiene la Universidad Libre de Berlín y la coincidencia nace de una beca prolongada. El escenario no podía ser más atractivo por difícil. Se trata del Berlín de la posguerra, el Berlín dividido y sangrante, el Berlín que ve levantar el Muro, el Berlín del Check Point Charlie, el Berlín del Studen- tendorf que mira a Postdam en el recuerdo. Cada vez más lejos está la exuberancia brasileña o la latente tensión étnica y de clase colombiana, o la colonia Condesa de la Ciudad de México. Claro, estos estudiantes tienen un lenguaje común que va de los Rolling Stones cantando “Ican’t get no satisfaction” a Roben Mitchum y Shirley McLaine en Dos buscando un destino.

El andamiaje para el experimento se levanta poco a poco. El lector no es advertido pomposamente de la complejidad narrativa por la que se le conduce. No hay fanfarrias que anuncien una revolución de las estructuras. La prosa fluye como si se tratase del mismo tejido que tan bien conocemos: una novela lineal, sin enredos cronológicos ni polifonías elaboradas. Pero quizás allí surge una de las mayores propuestas literarias de Tu nombre en el silencio. “¿Cuál es la historia?”, me preguntaba una intrigada comensal tergiversando el idioma. ¿”Cuál es la trama” hubiera sido la pregunta correcta? José María Pérez Gay nos narra la historia de un amor, sí es cierto, pero no es ella la que construye el hilo conductor inevitable. Es también la historia de su país en el encierro y el autoritarismo culminando con el 68. Sí, es cierto, pero no sería preciso presentar la novela de esa forma. ¿Cuál es entonces la trama? En la mejor tradición de la mejor narrativa alemana —José María Pérez Gay es quizás el mexicano que mejor la conoce—. Tu nombre en el silencio camina por el sendero de Alfred Dóblin, de Broch, de Musil, de Thomas Mann. Otro es el camino. Con todas las abismales diferencias entre ellos, sus grandes obras son historias en que la trama tiende a perder importancia hasta desaparecer por momentos. Esa es parte del reto. La tensión dramática, ese riel que obliga artificialmente al lector a seguir adelante en busca del desenlace, es sustituida, lentamente, por episodios que se suceden y que tienen un contenido por sí mismos. La interconexión entre unos y otros está allí, pero es mucho más sutil y delicada. Lo que en apariencia es periférico termina por ser central. ¿Cuál es la trama de En busca del tiempo perdido! No que no exista un relato con coherencia temporal, por supuesto que está allí, es simplemente que resulta irrelevante frente a las fantásticas disquisiciones que nos llevan a descubrir territorios de la sensibilidad humana que son exclusivos de la novela. Recordemos la advertencia de Broch Tomemos el caso de Thomas Mann en La montaña mágica. Lo primero que asalta a la memoria son aquellas riquísimas argumentaciones, discusiones, entre Hans Castorp y Joachim, sus digresiones sobre el tiempo, sobre la libertad, etcétera, no necesitan trama. La vida en el hospital para tuberculosos, la cotidianeidad y la cura posible están allí para permitir lo otro: esa exposición del tejido subjetivo, esa exploración de la conciencia de los dogmas de fe, de las costumbres, de los miedos y las pasiones. El diálogo se convierte, en ese sentido, en el instrumento esencial de narración. José María Pérez Gay introduce, además, a un actor permanente. Me refiero al alimento del intelecto y, por qué no decirlo, en última instancia del espíritu, del alma tan de moda ahora. Qué música se escucha y qué marcas ha dejado ésta, qué cine apasiona, pero sobre todo, a quién se ha leído. El desfile comienza y es variado, nutrido, lleno de colores. Aparecen los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola: “Ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos y las ánimas como cuernos ígneos”; “Oír con orejas llantos, alaridos”. Pero después viene la teoría del Estado y Cari Schmitt y Mannheim y Lukacs y Adorno y Karl Jaspers o los fantásticos mandamientos postumos de Nietzsche: “No debes admirar ni odiar a los pueblos. No debes dedicarte a la política. No debes ser millonario ni mendigo. Debes evadir a los poderosos y a los influyentes”. Parafraseando a Feuerbach en versión idealista: se es lo que se lee.

La prosa de Pérez Gay tiene momentos luminosos de construcción poética. ¿Podía ser de otra forma? No en balde ha empleado mucho tiempo de su vida en la puntual pero viva traducción de grandes prosistas: Canetti, Kraus, Mussil; o de ensayistas como Enzensberger. Pero también poesía: de Goethe a Paul Celan en una bella edición reciente.

Pero esas apariciones poéticas que son administradas con cautela, que dan probadas sistemáticas de fina melancolía, no impiden, por ejemplo, el humor que por fortuna es un estado inevitable en el trayecto del alma. Me brinca en la memoria un pasaje fantástico donde un toro mecánico, dirigido a control remoto, hace su aparición en la arena. El éxito del experimento lleva a la vana ilusión empresarial de la compañía Toros en Inglés, S. A. de C. V. Todo va viento en popa hasta que un día el metálico animal parece cobrar vida. Incontrolable y furioso embiste a una mesa de holandeses que vuelan por los aires. El erotismo también hace acto de presencia. Ello es no sólo necesario sino inevitable. La vida intelectual, las huellas de Sartre y Camus fomentan esa llama: por eso había que hablar de las piernas de Karín, aquella mujer de 25 años, alta, de pelo castaño y ojos claros. Sus piernas perfectas provocaban el asombro y la ilusión, peor aún o mejor aún, incitaron con jueces gozosos más que severos un concurso sobre la belleza de esas extremidades de 94 centímetros de la cadera a los pies que enloquecía a más de uno.

Pero Tu nombre en el silencio no es sólo un recorrido por un mosaico de recuerdos personales. Se trata de una travesía bien organizada por los túneles de la cultura política que marcó una época. ¿Dónde quedó la lucha de clases? ¿Cómo se miraba el maoísmo desde Colombia? ¿Cómo se entendió al llamado sujeto histórico desde dentro, en particular desde las organizaciones estudiantiles? ¿Qué hacer con Stalin? Rudi Dutschke llamado Red Rud o Revolutionary Rudi. líder del ala izquierda de la Federación de Estudiantes Alemanes Socialistas, es el eje conductor de una discusión que muta mostrando sus debilidades y retruécanos. La revolución está allí como referente cada vez más lejano para el estudiante mexicano, como ambición insuperable de sus compañeros de viaje. La muerte de Martin Luther King. Lindon B. Johnson, Vietnam aparecen para recordar los cambios internacionales. Central es la terrible llaga del 68. A 14,000 kilómetros de distancia Cardona lee ese traumático suceso. ¿Guerra popular prolongada, propuesta revolucionaria, de qué carambas estamos hablando? Herbert Marcuse, Regis Debray y Günther Grass, deambulan por la conciencia de muchos estudiantes. El asalto al cuartel Moneada, la exaltación de lo propio frente a lo lejano, los espejismos de la pujanza juvenil. Del otro lado Díaz Ordaz como conductor visible de una pesada maquinaria política. ¿Quién gobernaba a quién? ¿El duro presidente con desplantes despóticos o la implacable oruga del tanque autoritario? Allí, por fortuna, algo, mucho se quebró y de los pedazos siguen saliendo reflexiones. José María Pérez Gay relata además, desde la atalaya de la literatura, una historia contemporánea de uno de los países centrales en el siglo XX: Alemania. Los lugares simbólicos de inicio y terminación son claros: el suicidio del poeta Heinrich von Kleist en 1811, quien se hizo acompañar hacia la muerte de Henriette Vogel. hasta la llegada de Willy Brandt a la Cancillería de la República Federal Alemana en 1969- En medio está el nazismo como fantasma que sigue amenazando y recordándonos su existencia con furtivas apariciones.

Se trata del rostro visible de una mentalidad autoritaria que desaparecería el epitafio del poeta suicida por las dudas de su origen ario.

Terminemos. El tiempo obliga. En el tintero se quedan temas como la percepción de la ciudad, de Berlín y su arquitectura o de la plástica europea con Kokotschka, Otto Dix, Kirchner a la cabeza. Pistas interesantes hay muchas: la evolución de un amasiato en libertad, sin presiones, si es que algo así existe. Pero quizás una aproximación así empequeñezca la dimensión de esta novela. Tu nombre en el silencio tiene para mí una valía excepcional que de tan evidente pasa desapercibida. En un momento donde el predominio, el imperio de los mercados ha hecho de la literatura un entretenimiento de sala de espera, en un momento en que lo light que comenzó por el tabaco y se cruzó a los refrescos, las mayonesas e invadió también la literatura, justo ahora José María Pérez Gay nos entrega una novela en todos sentidos de peso completo. Recupera así la pretensión que un novelista que se respete debe siempre llevar con él. La novela es un ejercicio totalizador. Cada una de las pequeñas, múltiples e incontables partes de la vida juegan un papel. La comida, el vestido, la ciudad, los olores, las lecturas, los rasgos físicos, la arquitectura, la luminosidad del cielo, lo abrazador de un verano o lo penetrante de un invierno, todo juega en la conciencia del ser humano. La parcialización, la elección es siempre inevitable, contar todo es en verdad imposible. Pero mutilar por voluntad, por facilismo, por comodidad, por interés comercial es envilecer la novela. ¿Cuántos ejemplares se van a vender de Tu nombre en el silenció? No lo sé, espero que muchos, pero no debe importarnos demasiado.

La popularidad puede ser una característica pero no debe situarse como objetivo primordial. Esta entrega de José María Pérez Gay es otro peldaño importantísimo que muestra su solidez literaria y nos muestra sus obsesiones, sus fantasmas diría Sábato, pues el cónsul de La extraña costumbre de estar lejos sigue caminando como cuando en la página 109 Alfonso nos confiesa su urgencia de estar lejos, o cuando Ida Pavelin se regocija por encontrarse, por fin, a sí misma en pleno abandono o cuando Cardona le declara a Erika que se dedicará a su ausencia.

Pero está también la otra entrega de José María Pérez Gay, la que habla de su oficio, de su amor por la literatura, por las letras. Allí están los primeros aforismos de Canetti publicados hace quizá veinte años o más, cuando nadie en México los conocía o sus impactantes artículos alertándonos sobre Pol Pot, o sus múltiples esfuerzos pedagógicos para introducir la literatura alemana, todo en paralelo a sus cátedras, sus conferencias y sus desempeños diplomáticos o como gran promotor de una televisión cultural de calidad. Esa otra entrega nos garantiza, a sus lectores, que esté donde esté nuestro cónsul, que seguramente será muy pronto embajador espiritual, no habrá traición al oficio. Nuestro orgullo por el espléndido escritor mexicano sólo es derrotado por el orgullo de ser su amigo.

Gracias, Chema. ¿Cuándo sale la otra? .                n

Federico Reyes Heroles. Analista político. Director de Este País.