CARACOL

(SARA)MAGOS Y EXPERTOS

POR CINNA LOMNITZ

Usted llega a San Salvador después de un sismo terrible. Usted es sismólogo y no cree en los expertos —mucho menos en los magos—. Sabe que el desastre no es el sismo, sino las estructuras. Estructuras de fierro o de lodo; estructuras políticas y mentales. Llegamos a San Salvador y no vimos casas caídas ni edificios colapsados. En la gran ciudad había que buscar las grietas, las fisuras. Sin embargo, las pérdidas alcanzaron a más de la mitad del producto nacional bruto.

Nos subimos a un helicóptero de la Fuerza Aérea Salvadoreña, un viejo Huey —que así les decían los americanos que los usaban en Vietnam— y el ingeniero que nos atendió amablemente durante nuestra estadía nos enseñó su pais. Es un país hermoso, como son nuestros países desde el aire. Aterrizamos en Pueblitos de 600 a 2,000 habitantes donde se habían caído las casas. Aldeas cafetaleras en la cumbre de los cerros o simplemente aldeas en cerros, sin medios visibles de comunicación o de subsistencia. No estoy hablando del Valle Central con sus grandes volcanes, sus verdes llanuras y su agricultura comercial. Las casas de estos pueblos eran de bahareque, un entramado de caña o de palos sobre el que se avienta barro. El bahareque no es mala construcción; es artesanal y tradicional. El problema es que los palos se pudren al nivel del piso, y el sismo tira las casas con facilidad. Allá en El Salvador llueve muchísimo. Las casas de tabique no se caen, pero vaya uno a comprar tabiques con lo que le pagan por cortar café. Apenas alcanza para la ropa que uno trae puesta.

En Comasagua, pueblo de una sola calle larga, se cayó un 30% de las casas. Allá nos encontramos a un destacamento del ejército venezolano que había fincado sus tiendas en las afueras del pueblo. Jóvenes soldados, muchachas y muchachos, prestaban servicios médicos a la población. Con una sonrisa. Las señoras y los niños formaban largas colas ante la tienda del dentista. Me fui caminando con una señora que iba con su niñita a que le sacaran una muela. Me dijo que los soldados extranjeros los atendían bien, que eran amables y que no hacían diferencia entre damnificados y gente del pueblo. Que “tenían muy buena medicina”. Su comadre se había aliviado con ellos y “no sintió nada” en el parto. El sismo sirvió para que tuviera su primera atención médica.

El Salvador viene saliendo de doce años de una guerra civil atroz. Los cambios estructurales forzados consiguieron hundir al país en la miseria y en el atraso más espantoso. El ingeniero nos contó que había llegado mucho auxilio de todas partes pero que él prefería tratar con nosotros, porque hablábamos el mismo idioma. No se refería al español solamente. Nuestra ventaja consistía en eso: sabemos lo que se siente. Somos expertos en desastres. El Salvador se parece a México en que falta personal calificado para hacer frente a los cataclismos que se ciernen sobre nuestros pobres países a razón de diez o quince por año.

Les expliqué a los colegas salvadoreños que México no tiene programa de asistencia técnica internacional. Nuestra maltrecha UNAM tiene un programa de postgrado en Ciencias de la Tierra y podría recibir a una veintena de estudiantes salvadoreños para preparar un grupo de competencia técnica en la prevención de desastres: sismos, erupciones volcánicas, inundaciones y deslaves. Tal programa tendría sentido siempre que los egresados pudieran encontrar empleos dignamente remunerados en su país. En otras palabras, no basta perfeccionar los talentos, hay que trasplantarlos a un terreno fértil. La creación de un instituto o centro de investigación de alto nivel en Ciencias de la Tierra, que es lo que América Central necesita, es una tarea que podremos enfrentar con éxito siempre que existan los recursos para ello. Un tercer país, como Alemania o Japón, podría ayudarnos a tender la mano a estos hermanos.

Cambios estructurales

En sus treinta años de existencia, el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) ha sobrevivido a cinco sexenios y a otros tantos programas científicos de los presidentes en turno. Esto en sí ya representa un logro significativo para cualquier organismo, sobre todo cuando se trata de un esfuerzo modesto en términos de fondos. Se calcula que México gasta apenas el 0.34% del producto interno bruto en investigación, más o menos lo mismo que hace seis años. De ello, una fracción corresponde al Conacyt. La meta señalada en el programa sexenal era de 0.7%.

Desde sus inicios en 1971, el Conacyt ha otorgado 100,000 becas y anualmente da 800 apoyos de investigación a científicos nacionales. La comunidad científica mexicana ha crecido muchísimo: el Sistema Nacional de Investigadores, creado en 1984, ya tiene más de 7,000 miembros. Cierto, es muy poco para un país moderno, sobre todo si se toma en cuenta que 1,300 de esos miembros son candidatos. Además, es necesario pensar en los costos para el país. El Conacyt envía a muchos jóvenes mexicanos a estudiar en el extranjero, pero el programa de becas carece de un seguimiento sistemático o consistente. Se estima que siete de cada diez becarios que regresan del exterior han tenido problemas para integrarse al mercado de trabajo. Muchos acaban laborando en lo que se ofrezca, y su actividad tiene poco que ver con el objetivo de la beca. No son pocos los que se quedan en el extranjero, sobre todo en Estados Unidos —que no es precisamente un país en vías de desarrollo.

Los expertos en educación internacional insisten en señalar que la “circulación de talentos” (ya no se dice fuga de cerebros) es dizque sana y genera ingresos a nivel global. Es buena para la economía mundial. Los talentos van adonde mejor les pagan y eso genera ingresos. Pero se olvidan de agregar que la educación de los talentos la pagó la nación de origen y no la de destino. Un doctorado en el extranjero le cuesta al país más de 300,000 dólares. Conclusión: los países de escasos recursos ayudan a los que más tienen, pagándoles la formación de personal de alto nivel. En cuanto al programa mexicano de repatriación de científicos que se encuentran laborando en el extranjero, nunca se ha informado quiénes son los repatriados y qué han aportado al país. El Conacyt reporta un total de 1,647 científicos repatriados en el último sexenio, y otorga apoyos a razón de 235,000 pesos por repatriado. Parece poco probable que un científico activo que trabaja en Estados Unidos se deje tentar por una oferta tan modesta, cuando el promedio de los apoyos de investigación a científicos nacionales ya rebasa los 700,000 pesos por proyecto.

No debe extrañar que el esfuerzo de repatriación no pueda competir con la fuerza de atracción que ejerce la demanda externa sobre el capital intelectual mexicano. Sería por arte de magia. Existen organismos americanos especializados en detectar, localizar e importar talentos baratos y de alta calidad; uno de ellos tiene filiales en Hungría, Macao, India, México y Rusia. Esto no es ilegal: emigrar es un derecho humano, y estos organismos sienten que ayudan a nuestros becarios a ejercer sus derechos. Tampoco faltan universidades locales que funcionen como agencias de colocaciones en colaboración con estos negreros del nuevo milenio. La situación podrá parecemos injusta pero es probablemente inevitable. Se habla de la ley de San Mateo: al que tiene le será dado, y al que no tiene le será quitado hasta lo que tiene. Gracias a esta ley del (sub)- desarrollo, México paga caro un sistema educativo brutalmente inferior al de nuestros vecinos, quienes se cobran a lo chino por dejarnos usar sus estupendas instituciones universitarias.

El mago Saramago

En su reciente visita a México, el mago Saramago nos ha dado otra muestra de su pensamiento travieso y juguetón. Las declaraciones del Premio Nobel portugués no se contentan con cuestionar el rumbo que ha tomado la sociedad (muchos estamos de acuerdo con tal cuestionamiento), sino que rezuman hostilidad contra los que nos dedicamos a la ciencia y a la tecnología.

Para Saramago la democracia es una trampa y la ciencia es un invento de los dueños de supermercados y centros comerciales. El hombre superior debe escupir las leyes del mercado y armarse de ignorancia purificadora en aras de la victoria de las razas ancestrales y de las profesiones artesanales. Pero el torno del alfarero es tecnología. La palanca es tecnología. El pesebre de Belén era tecnología y la pipa de Marcos es tecnología. La imprenta es tecnología y los anteojos de Saramago son también tecnología. Lástima del desperdicio de óptica moderna: su dueño no es capaz de ver que la tecnología es lo que nos hace humanos.

Esta columna de actualidad científica tiene que ocuparse de vez en cuando, a regañadientes, de la anticiencia. ¿Por qué renace a cada paso, hasta en las mejores mentes, esta ideología reaccionaria? ¿Por qué atrae a Saramago el idealizar al hombre de las cavernas? La ciencia moderna no nació de ningún complot neoliberal. Arquímedes no conoció los centros comerciales. La ciencia es anterior al Fondo Monetario Internacional.

Cuando visité por primera vez Estados Unidos yo también pensaba que la técnica deshumanizaba al hombre, pero tenía apenas veinticinco años y no sabía en qué consiste ser hombre. Saramago es un hombre maduro y no le cabe en la mente la verdadera naturaleza de la revolución tecnológica que está presenciando. Desconoce sus raíces, ignora su futuro. Dice el escritor, parafraseando a Hegel: “No se debe descartar a los seres humanos por el hecho de que ya no sirven. Es necesario colocar el bienestar del ser humano como prioridad absoluta sobre el desarrollo tecnológico moderno”. Los descartados son los artesanos del siglo XVIII desplazados por la industrialización, que fueron obligados a convertir “la totalidad de su tiempo concretizado en su trabajo y la totalidad de su producción.

su actividad y realidad, su personalidad, en propiedad de otro” (Hegel, 1821). Pero ni Hegel ni su discípulo Marx cometieron el error de echar la culpa al desarrollo tecnológico.

Quisiera ser más elocuente; en tales momentos, uno se da cuenta de sus limitaciones. Saramago, hombre de ideas, ojalá no desprecies las ideas que dieron origen al desarrollo científico y tecnológico moderno. Amigo, eso no estaría bien.

Cambio estructural

El nuevo director general del Conacyt, Jaime Parada Avila, asumió su cargo en medio de grandes expectativas. Se trata de un funcionario joven, que ha tenido cargos en la industria y conoce el ambiente del sector privado. Además, es egresado de la UNAM. Explica el ingeniero Parada, a propósito de la estampida de talentos: “Vamos a darle un nuevo enfoque al programa de becas, para que a su regreso los becarios lleguen a trabajar en las áreas para que fueron capacitados. Haremos compromisos institucionales para crear las condiciones laborales y de infraestructura para aprovecharlos”.

Es el problema del huevo y la gallina. Para que nuestros becarios se queden en el país es necesario crear plazas, y estas plazas no se crearán por arte de magia. Sólo serán creadas por mentes jóvenes. La UNAM no ha abierto nuevas plazas en seis años y se nota: el congelamiento ha sido la causa de los estragos que vemos. En la Ciudad de México no se han creado nuevas universidades públicas en un cuarto de siglo, y se nota. ¿Podrá una nueva universidad del DF. creada al vapor y a espaldas de los jóvenes científicos, atraer talentos nuevos? Entre todas las instituciones mexicanas que se dedican a empollarlos, una de las que absorben menos talentos nuevos es el propio Conacyt.

El cambio estructural que anuncian las autoridades no significa nada a menos que nos propongamos construir una economía que pueda medirse con la de Estados Unidos o Canadá. Vamos a crear universidades más competitivas y menos burocráticas, empresas que compitan entre ellas para ofrecer carreras estimulantes y condiciones atrayentes a los talentos que regresan al país. La materia prima abunda; hay muchos jóvenes con talento. Es preciso desarrollar ese talento. Pero ahí está el detalle: para desarrollarlo se necesita… talento.   n

Cinna Lomnitz Geofísico. Investigador de la UNAM.